La historia más increíble jamás contada

Para el mundo, el avión desapareció. Fue buscado durante el tiempo que establecen los protocolos de desastres aéreos, y luego fue olvidado. El 22 de diciembre de 1972, en vísperas de la Navidad, el planeta se conmovió con la noticia de que habían aparecido dos de los uruguayos en las faldas de la cordillera chilena. Y que arriba, en la montaña, había catorce más.

Por Daniel Gentile

2016-10-13_avion_nieve“Cuando llegué a la cumbre, no podía creer lo que veía. Esperaba encontrar algo verde, los verdes valles de Chile con los que habíamos soñado. Pero todo a mi alrededor era blanco. Montañas y montañas cubiertas de nieve. Tomé en ese momento la decisión más importante de mi vida. Elegí la manera de morir. Podía desandar el camino y volver al fuselaje, para esperar la muerte, y verme como en un espejo en las caras de mis amigos que se morirían antes que yo. O podía seguir adelante hasta que mi cabeza chocara contra el hielo. Elegí lo segundo.”
Miles de veces ha contado esto Nando Parrado. Es lo que sintió cuando llegó a la cima de la montaña que escaló junto a Roberto Canessa y Antonio Vizintin en el comienzo de la expedición que sería coronada con el rescate. Parrado y Canessa, luego de una travesía de diez días y más de cincuenta kilómetros por la cordillera, sin equipos, con hambre y exhaustos, lograron ser avistados por el arriero chileno Sergio Catalán. Lo imposible se había hecho realidad. Esta historia, que se conoce como “el milagro de los Andes”, comenzó el viernes 13 de octubre de 1972, cuando el Fairchild 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya despegó desde Mendoza, donde había hecho escala técnica en su vuelo desde Montevideo, con destino a Santiago de Chile. Este es el episodio de supervivencia más increíble que registra la humanidad.
El avión, que llevaba a un grupo de jóvenes deportistas uruguayos, integrantes del equipo de rugby Old Christians, más algunos allegados y familiares, se estrelló en las montañas.
La historia se escribió, en realidad, en dos escenarios. Uno, se mantuvo durante más de setenta días oculto. Allí, en la montaña, vivieron y forjaron la hazaña los protagonistas directos. Los que sufrieron la tragedia, los que la padecieron y los que lograron lo que parecía imposible. Regresar desde el infierno.
El otro escenario fue el mundo. Para el mundo, el avión desapareció. Fue buscado durante el tiempo que establecen los protocolos de desastres aéreos, y luego fue olvidado.
El 22 de diciembre de 1972, en vísperas de la Navidad, el planeta se conmovió con la noticia de que habían aparecido dos de los uruguayos en las faldas de la cordillera chilena. Y que arriba, en la montaña, había catorce más. Era, literalmente, el regreso de los muertos vivos.
Unos días después, luego del asombro y la emoción del milagro, el mundo fue nuevamente sacudido. En Montevideo, los sobrevivientes, en conferencia de prensa, hicieron una revelación que estremeció. En metáfora de eucaristía, Alfredo Delgado, dijo lo que muchos sospechaban pero nadie quería oír. Se habían alimentado con los cadáveres. Se habían comido a los muertos.
Este ingrediente de morbo fue lo, hace cuarenta y cuatro años, marcó a la historia. Hoy sabemos que no fue lo más importante.
Luego del primer libro y la primera película, el mundo se encargó de olvidarlos nuevamente. Mientras tanto, los héroes volvieron a sus vidas.
Pasaron los años, y los jóvenes se convirtieron en hombres maduros y luego en lo que hoy son. Venerables sexagenarios y septuagenarios que se dedican a contar aquélla vivencia, que parece inagotable. Evidentemente, estos viejos de hoy, son mucho más interesantes que aquellos jóvenes del 72. Aquéllos eran descriptivos; éstos son reflexivos.
Estos hombres pudieron vivir una experiencia reservada para muy pocos. Volver a un mundo que los había dado por muertos.
“¿Sabes lo que es volver a tu casa, a tu cuarto, donde está tu foto, una especie de santuario, casi una necrológica?”, se preguntan. “¿Sabes lo que es ver lo que pasa con el mundo cuanto te mueres? ¿Y sabes qué pasa? Nada. No pasa nada. Es entonces cuando te das cuenta de que tu familia te ha llorado un tiempo, tus amigos te han llorado un tiempo, y luego han seguido sus vidas. La tierra, tranquilamente, siguió girando…”
Esta indiferencia discepoliana se parece mucho a los silencios de la montaña. Mientras estuvieron rodeados de nieve a cuatro mil metros de altura, con cuarenta grados bajo cero, cercados por la sed, el hambre y el abandono, parecían esperar que la montaña que se había convertido en cárcel dijera algo. Sintieron entonces que hacía millones de años que estaba allí y que no estaba en absoluto preocupada por sus destinos individuales.
Todos admiten que hubo cosas mucho más importantes que el problema de la alimentación. Las claves de la convivencia y la búsqueda de la salida fueron la solidaridad y el amor. Se ayudaron a vivir y en algunos casos a morir. Es conmovedor el relato de Gustavo Zerbino, que con diecinueve años y unos meses de Facultad fue, junto a Roberto Canessa, uno de los médicos de la montaña. Cuenta Gustavo: “Arturo Nogueira murió en brazos de su mejor amigo, Pedro Algorta, después de que lo mantuve con vida durante dos horas…Esas dos horas le hice respiración artificial; presionaba su pecho y él respiraba. Pero cuando yo aflojaba, él sentía que se moría, como que se iba y se asustaba. Entonces le agarraba la mano unos segundos y se la soltaba despacito, pero cuando lo largaba él me decía “no me dejes”, con la misma mano, presionándomela apenas, y yo le decía “tranquilo, tranquilo, Arturo”. Empezaba de vuelta, le acariciaba la mano, y cuando se la quería soltar despacito, para que se fuera en paz, volvía a tomármela, “no me sueltes”, y así fueron tres, cuatro, cinco veces, y yo le decía: “Arturo, déjate ir en paz, me quedo a tu lado, Pedro está aquí, déjate ir, ya está.” Él respiraba porque yo le contraía el diafragma, lo hacía respirar artificialmente con la mano. “Déjate ir, verás que es mucho mejor para ti”. Esa última vez se lo dije al oído, y terminé besándolo aquí, en la sien, hasta que al final lo aceptó, y se fue. En paz, porque se le había ido el miedo. Por eso no me llamó más y con la mano me hizo así, y la abandonó sobre la mía.”
Aunque no todos eran dueños de una fe poderosa, cotidianamente rezaban el Rosario. Este rito afianzaba la pertenencia al grupo. Buscaron a Dios, lo invocaron, lo llamaron, le pidieron un milagro, y a veces se enojaron con Él y hasta lo insultaron. Hoy casi todos confiesan haber vivido una experiencia mística. Por eso Daniel Fernández Strauch dice que en la montaña pasó los peores momentos de su vida, pero también los mejores. Aclara que probablemente nunca podrá alcanzar el grado de espiritualidad que logró entonces.
Javier Methol, que con treinta y siete años era “el viejo” del grupo, murió el año pasado, a los setenta y nueve años. La muerte de Javier golpeó duramente a los quince restantes. Es evidente, al escucharlos, que están unidos por un lazo más fuerte que la sangre. Se llaman entre sí “hermanos de montaña”. Dan la sensación de formar una logia o una secta. Esto se debe, probablemente, a que son poseedores de secretos que pertenecen sólo al grupo, y que cada uno se llevará a su tumba.
Aunque la montaña no habló, estos hombres han sabido poner en palabras la tragedia y el milagro. De los muchos relatos de los Andes, el que más me conmueve es el de Gustavo Zerbino narrando la muerte de Arturo Nogueira, y el que más me motiva es aquél de Nando Parrado. “Antes que volver al fuselaje para prolongar la agonía, preferí seguir adelante para morir de otra manera o, tal vez, para encontrar la salida.”