¿Qué hacía Borges en el Mundial 78?

“Borges, qué piensa del próximo Mundial?”. La pregunta puede haber sido una provocación, pues era de sobra conocida la opinión del entrevistado sobre el fútbol y sobre los acontecimientos multitudinarios, en particular los que despiertan fervores patrióticos.

2016-10-06_borges“Borges, qué piensa del próximo Mundial?”. La pregunta puede haber sido una provocación, pues era de sobra conocida la opinión del entrevistado sobre el fútbol y sobre los acontecimientos multitudinarios, en particular los que despiertan fervores patrióticos. Era también el tiempo en que el escritor comenzaba a cambiar de posición con respecto al gobierno militar, al que inicialmente, como casi todos, saludó con el alivio con el que se recibe lo que tiene la apariencia de una paz recuperada. Ya se insinuaba en el horizonte el conflicto con Chile, una guerra que trataron de inventar los dictadores hasta que se les ocurrió la de las Malvinas. Creo que aquel episodio limítrofe con el país trasandino fue el detonante para que Borges conociera el verdadero rostro de los tiranos.
“-Es una calamidad que pronto pasará”, respondió a la pregunta del periodista. Como casi siempre, Borges tuvo razón. El Mundial fue una calamidad y pasó pronto. Pero dejó su huella, que tiene un alto contenido simbólico. Aquel acontecimiento de 1978 es en la historia el icono de una época caracterizada por la hipocresía o la idiotez del pueblo argentino, que, como otras veces, pobló las calles y las plazas del país henchido de nacionalismo futbolístico, que no es mejor que otros nacionalismos. Las multitudes que festejaban las victorias (una de ellas gravemente sospechada de fraude), no hicieron más que fortalecer a la dictadura y colocar a Videla en su mejor momento. No olvidemos que el presidente de facto fue ovacionado en el Monumental de Núñez cuando Daniel Passarella levantó la copa. O unos minutos antes. O unos minutos después.
Releyendo “Borges oral”, recopilación de una serie de conferencias dictadas en la Universidad de Belgrano, advierto un detalle que hasta ahora no ha sido señalado. Las charlas fueron pronunciadas entre fines de mayo y fines de junio del 78. La elección de la fecha puede haber sido casual (salvo que “aquello que llamamos azar es apenas el nombre que le damos a nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”), pero el hecho cierto es que, mientras las muchedumbres callejeras acallaban con su vocinglería los reclamos por las persecuciones, los tormentos y los asesinatos, Borges se refugiaba de la barbarie en un modesto auditorio, junto a unas cuantas decenas de acólitos.
Los temas de las conferencias fueron “El libro”, “La inmortalidad”, “El tiempo”, “Emmanuel Swedenborg” y “El cuanto policial”.
Pasan las multitudes de fanáticos aclamando a Menotti y a Kempes y gritándole al mundo que los argentinos somos derechos y humanos, mientras Borges, ajeno a esos sonidos furibundos, recuerda que, así como en la milenaria imagen de Heráclito nadie baja dos veces al mismo río, tampoco es posible leer dos veces el mismo libro, porque el libro también cambia, el libro está cargado de pasado.
José María Muñoz, desde su micrófono multiplicado en millones de receptores, vocifera contra esos malos periodistas que vienen desde el exterior a difamar a los argentinos. Borges, parapetado tras una pila de libros en el salón de conferencias, recuerda que nadie sintió con más intensidad que San Agustín el problema del tiempo; Agustín dice que su alma está ardiendo porque quiere saber qué es el tiempo y le pide a Dios que le revele ese misterio, no por vana curiosidad, sino porque no puede vivir sin conocerlo.
Desde su tira cómica en la contratapa de un matutino porteño, Clemente, el simpático personaje de Caloi, alcanza su máximo gesto de rebeldía desafiando a quienes quieren prohibir que la gente arroje papelitos en los estadios. Mientras esto ocurre, Borges evoca aquella terrible sentencia de Carlyle, que afirma que la historia universal es un texto que todos escribimos y en el que nos escriben.
Pasan finalmente las hordas casi a centímetros del auditorio. Esa masa informe en la que “el sentimiento se suma y el pensamiento se resta”, avanza aclamando a los vencedores, vivando a la patria y desafiando a quienes desde el extranjero vienen a hablar mal de los argentinos. Borges, tranquilamente atrincherado, declara impasible que la inmortalidad es la esperanza o la amenaza que han soñado las generaciones de los hombres y que postula buena parte de la poesía.