Entre autor y lector, siempre hubo un cajista

La figura de los tipógrafos del siglo diecinueve salía a la superficie de los diarios, en ocasiones, como signo de las disputas internas entre periodistas y trabajadores gráficos, por los errores con que éstos traducían sus textos al plomo para la impresión.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

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Un cajista dibujado por Monnier y, a su lado, la carta con el orden en que debían guardarse los tipos en las cajas.

La presencia de los cajistas o tipógrafos en las imprentas donde se editaban los diarios era imprescindible, ya que de su buen oficio dependía lo que llegaba en última instancia al lector. Entre el periodista que escribía y el ciudadano que leía el diario en su casa o en un café, siempre estaba el cajista. Cuanto más experto y competente el tipógrafo, más invisible se volvía su figura para el común de las personas. En el otro platillo, el pulido texto que publicaba el diario podía ser traicionado por el oficio torpe de un cajista novato, lo que haría mesarse los pelos al autor y a todos los responsables en la imprenta del prestigio del medio gráfico. A veces no se trataba de torpeza ni de impericia, sino del paso de los años y la fatiga de los ojos de un viejo tipógrafo, para cuya dignidad como trabajador cada error era un baldón que lo acercaba al retiro. Era un trabajo muy especializado y requería mucha práctica, ya que había que armar las páginas letra por letra, cada línea, cada párrafo, notas enteras que debían leerse al revés, de derecha a izquierda como en un espejo.
Por supuesto que había una tropa de especialistas en cada tramo de la impresión, se imprimían hojas de prueba, había correctores; pero los errores humanos a veces esquivaban los controles. El ritmo de una edición de diario es una cadena de producción muy exigida por la calidad y velocidad prácticamente instantáneas, para un producto que horas después va a ser consumido y cuyo contenido es diferente al anterior cada día. Cuanto más primitiva la tecnología gráfica disponible, más frecuente eran los errores, como se ve en los viejos diarios. Las máquinas fueron reemplazando aquel trabajo artesanal que era parte de la calidad de las propuestas periodística, y sólo siguieron quedando los errores humanos de los propios periodistas, quienes ya no tuvieron a quién echarle la culpa de los propios.
No faltan las menciones a los cajistas en la prensa diaria del siglo diecinueve en Córdoba. Ya han sido objeto del interés de esta página, aunque los propios diarios renuevan el material con nuevas citas encontradas. Para empezar, aquí va un breve aviso publicado por El Imparcial en julio de 1856, en solicitud de trabajadores gráficos.

“Avisos Nuevos Imprenta 3 de Febrero
Se necesitan un oficial cajista y dos jóvenes que sepan distribuir, previniendo que el que se presente deberá traer una persona que garanta su conducta en el cumplimiento de su deber.”
Los tipos (las letras y demás caracteres en plomo) debían ser distribuidos en cajas, en un orden alfabético y una disposición tal que permitiese tomarlos uno a uno con rapidez, para ir armando el texto en la caja tipográfica.
Por su parte, el diario La Carcajada, a fines de abril de 1873, se divierte a costa de un error tipográfico de una publicación colega, que no es en realidad sin duda más que un error de transcripción de un nombre por otro. En virtud de chanza, La Carcajada alaba el poder de los tipógrafos y aprovecha para reírse de los políticos, en particular del ministro Tomás Garzón, a quien el diario apodaba invariablemente “Botón Bumbula”, confundido con el poeta y educador Tobías Garzón. Se aclara de paso que la cita va con errores ortográficos originales:
“Oh poder de los cajistas! – Difícilmente hay una raza más rara y estravagante que esta, ni que tenga mas facultades estraordinarias.
Con su poder es capaz de poner en ridículo al hijo del sol y elevar a las alturas al ser más insignificante.
Supongas Vdes. que cuando menos lo esperábamos y sin decirnos siquiera agua va, toma al ministro Boton y lo reduce a cero y coloca en su lugar como quien no dice nada al humilde joven Tobías Garzon.
Por lo menos, éste es el que aparece firmando como ministro en la última nota que el Poder Ejecutivo dirije a la Cámara y que se ha publicado en el «Independiente».
Qué gustaso no habrá experimentado Tobías al verse colocado y como Ministro al lado de D. Antonio! (…) Oh! Estos cajistas son capaces de hacer cosas estupendas!”
Al año siguiente, el diario El Progreso, a raíz del comentario de un diario de Chile al que cita, a su vez, se refiere a la tradicional dialéctica entre trabajadores periodísticos y gráficos, abrazados ambos gremios en la misma línea de producción:
“Los cajistas – Estamos muy de acuerdo con un colega Chileno en la injusta inculpación q’ se hace a los cajistas en cada error de pluma o de concepto que hacen los redactores o boletineros del diario.
El Progreso ha sido con sus cajistas imparcial pues les ha hecho cumplida justicia, así como ha sido inexorable con sus faltas.
Tiene razón el colega trasandino:
«Es manía de todo el que escribe en letras de molde, el quejarse de los errores de los cajistas, muchas veces con razón pero las mas sin ella.
Nosotros enemigos personales de las fées de erratas, profesamos la doctrina de la tolerancia en materia de errores tipográficos y nos encojemos de hombres siempre que el cajista nos endosa cada desatino como un camello.
Salen a veces estos “asuntos varios” tan desfigurados que no los conocemos nosotros mismos que los concebimos, incubamos y damos a luz con bastantes apuros del cerebro.
Cuando no nos hacen decir “canalla” por “canilla”, “bolas” por “bulas” y “bigardo” por “Bayardo”, nos intercalan entre renglón y renglón, un intruso de la sección de avisos o de crónica judicial, de manera que sale un despropósito piramidal.
Vean ustedes, lectores, lo que nos hicieron una vez. Escribimos un diálogo siguiente de una niña con ribetes de polla: lástima que la señorita Dᵃ Fulana de Tal, no esté en estado de entrar en los salones, pero el cajista intercaló entre dos renglones otro del parte de policía en que se daba cuenta de haber apresado a una mujer por faltas contra el reglamento, de suerte que la frase quedó quizá de este modo:
Lastima que la señorita Fulana de Tal, por borracha escandalosa, no esté en estado de entrar en los salones.
Figúrense ustedes la gresca que se armaría. (…) (Se descubrió) felizmente cuando la edición no se había aun distribuido, y era fácil la enmienda.»”