La juventud fantasma

Según se ha anunciado, el suplemento Sí! sale hoy por última vez junto a Clarín. Y más allá de la tristeza que produce esa noticia, también puede ser leída como el fin de una época. Como el epílogo de una era en la que el rock y la cultura juvenil representaban la esperanza de un futuro mejor.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

2016-10-06_sDespués de que durante la dictadura se mirase a todo lo juvenil como sospechoso de fines subversivos, el arribo de la democracia en 1983 permitió que esos jóvenes censurados y reprimidos pudiesen dar rienda suelta a sus impulsos políticos, sociales y creativos. De a poco, se fue retomando ese clamor bullicioso que durante los años sesenta y setenta había dado lugar al surgimiento de una gran renovación en todos los ámbitos, desde cuestiones como la vestimenta y el pelo hasta ideas relacionadas con lo científico y lo cultural. A mediados de los ochenta, la juventud brotaba de debajo de las piedras y eso se traducía en una atmósfera de apertura a nuevas experiencias.
La televisión, la radio, el cine, la música y muchos otros espacios de expresión atravesaron un proceso de rejuvenecimiento que desacartonó sus formas y contenidos, para ponerlos en sintonía con lo que estaba ocurriendo en otros lugares del mundo. En el mercado publicitario se reafirmó esta tendencia, porque se verificó que los menores de 30 estaban más predispuestos al consumo que los mayores de esa edad. Las campañas empezaron a dirigirse en concreto a ese segmento de la población y apelaron al infalible recurso de la complicidad para captar su atención.
A mediados de los ochenta, el rock nacional asumía el comando del gusto musical mayoritario, como género representativo de las preferencias de los estudiantes secundarios y universitarios. Su liderazgo en las ventas y en la difusión formaba parte de esa avanzada juvenil que se había tornado irrefrenable y que presagiaba una especie de “Guerra del Cerdo” como la que había ficcionalizado Adolfo Bioy Casares en uno de sus relatos. Había que ser joven y escuchar rock, un estado de cosas que parodiaba Marcos Zucker en un sketch de “Calabromas” en el que hablaba de “la onda ñu ñu de los boliches yes”.
No llamó la atención entonces que, en 1985, el diario Clarín lanzara con bombos y platillos el suplemento Sí!, al que se definía como “joven”. Ese calificativo era, en ese momento, una definición de principios. Se trataba de una publicación destinada a satisfacer las necesidades informativas de esa generación que, al amparo de los aires democráticos, canalizaba sus ansias de protagonismo donde le dieran lugar.
Y el rock era allí el amo y señor, porque sus canciones conformaban la banda de sonido de un tiempo en el que la fe rockera contagiaba de fervor a las multitudes.
Han pasado algo más de treinta años de aquella polaroid ochentosa. Y tanto el suplemento Sí! como la sociedad fueron evolucionando hacia otro norte, en el que esas virtudes que antes se le adjudicaban en exclusiva a la juventud, ahora se hacen extensivas a gente de todas las edades. El imperialismo juvenil ya nos envuelve a todos, desde los niños, que adquieren rápidamente modos de adolescente, hasta los adultos mayores, que intentan conservar todo lo que puedan sus hábitos de teenagers. Hoy no tendría sentido distinguir a algo como “joven”, porque todo lo es. O, al menos, procura serlo desembozadamente.
Según se ha anunciado, el suplemento Sí! sale hoy por última vez junto a Clarín. Y más allá de la tristeza que produce esa noticia, también puede ser leída como el fin de una época. Como el epílogo de una era en la que el rock y la cultura juvenil representaban la esperanza de un futuro mejor. Ahora, con el rocanrol colonizado por la gerontofilia y el revival, toda aquella fantasía de los ochenta ha tomado ribetes de pesadilla. La ausencia del Sí! nos recordará, de hoy en adelante, que los sueños del pasado muchas veces siguen vigentes… pero travestidos en fantasmas de sí mismos.