Milagro Sala, el contenido de una mamushka contradictoria

El premio que le ha otorgado Filosofía omite cuestiones básicas, y equipara la cárcel con la persecución política, como si nada hubiera sucedido desde 1976 a esta fecha.

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra-podio-con-baez-lopez-y-salaLa autonomía universitaria es como una muñeca rusa, una mamushka que contiene, dentro de ella, otras múltiples autonomías, aunque invisibles desde el exterior. No obstante, a diferencia de las originales, las versiones intestinas de esta mamushka de altos estudios suelen ser muy diferentes al recipiente externo que las contiene. Es lo que acaba de suceder entre la Facultad de Filosofía y el rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba.
La historia es sencilla de contar, aunque mucho más difícil de entender. El Consejo Directivo de la Facultad concedió el premio “José María Aricó” al compromiso social y político a la referente K Milagro Sala, quien se encuentra detenida en Jujuy. El Consejo señaló que la mujer se encuentra “encarcelada ilegalmente en el penal de Alto Comedero desde el 16 de enero pasado”, en tanto que uno de los docentes destacó, a modo de justificación, que “Milagro es un símbolo” y que sufre una persecución por ser una luchadora social.
El Rector, Hugo Juri, se apresuró a tomar distancia de la distinción. Dijo que era una decisión autónoma de la Facultad y que, en lo que a él respecta, no se la hubiera concedido porque la dirigente “está procesada”. Pero, y más allá sus modos de diplomático, las cartas están sobre la mesa. Es un hecho que el rectorado está escandalizado, mientras que el decanato filosófico se regodea con el insólito galardón. En otro contexto, el asunto podría ser considerado como una puja de poder entre sectores más moderados y otros kirchneristas dentro de la compleja vida universitaria, pero el tema excede el análisis desapasionado. Se trata de algo más grave.
La señora Sala no está procesada por una dictadura o por un gobierno de dudosas credenciales democráticas, como fue el caso de Nelson Mandela y otros tantos líderes que padecieron la injusticia de la cárcel. Nada de eso. Se la acusa de delitos comunes, perfectamente tipificados en el código penal, y está sujeta a un proceso con las garantías de la ley. No es una presa política. Sus credenciales de luchadora social, que nadie discute, no están en juego. Está detenida porque está acusada de instigación al delito, asociación ilícita, fraude y extorsión, y no por defender a los pobres. Decir lo contrario es faltar a la verdad.
Esto es, precisamente, lo que ha hecho Filosofía: falsear las cosas. El premio que le ha otorgado omite cuestiones básicas, y equipara la cárcel con la persecución política, como si nada hubiera sucedido desde 1976 a esta fecha. Con semejante criterio, la Facultad podría haber propuesto un premio equivalente al comisario Rafael Sosa, que estuvo dos años preso por un narcoescándalo inventadopor el señor Juan Viarnes y el periodista Tomás Méndez, cuyo programa dependía de la propia universidad. A la distancia, Sosa fue víctima de un caso de gatillo fácil televisivo sin que nadie en la elite filosófica de Trejo se escandalizara por el caso. La analogía no es arbitraria: mientras que a Sala se la reivindica por luchar contra la pobreza, Sosa lo hacía contra el narcotráfico. Ambos son flagelos; ¿quién lo duda? A menos que el paco y la cocaína no sean suficientemente importantes.
Estas cosas, por supuesto, no interesan mucho. Para los filósofos de la Casa de Trejo, el debido proceso, el Código Penal o el imperio de la Ley forman parte de la democracia burguesa que, abiertamente, ellos desprecian y descalifican. ¡Cuanta más libertad se goza en Cuba (la meca política buena parte de sus estudiantes) o en Corea del Norte, el epítome de las ideas socialistas! ¿Serán esos los modelos que alientan a su rebelión contra las decisiones del Poder Judicial?
Lo más notable del caso es que, si se tomase otras de las muñequitas de la mamushka universitaria, el razonamiento sería exactamente el opuesto. La facultad de Derecho, por caso, probablemente reclamaría que Sala fuese tratada como cualquier otro ciudadano ante la sospecha de similares delitos. “Lex sed dura lex”, dirían los abogados. Otros dirigentes, de facultades más lejanas a los tribunales, piensan exactamente lo mismo.
¿Esto es pluralismo o esquizofrenia institucional? Para los que ven el vaso medio lleno y hablan de pluralismo –al fin y al cabo uno de los valores de la democracia liberal– sería interesante recordarles que, en este caso, se intenta reivindicar a alguien procesado por un delito sólo por gozar de atributos de luchadora social, lo que constituye un caso de argumento ad hominem invertido, todo lo contrario al saber científico. Si la universidad es, precisamente, el lugar en donde se preserva y acrecienta el conocimiento, los fundamentos para otorgar tal o cual distinción deberían, al menos, ser consistentes con esta teleología. Cuando los claustros sólo opinan como políticos de comité, su legitimidad académica corre el riesgo de desplomarse como castillos de naipes.
Cierto es que no sólo Filosofía en Córdoba tiene el dudoso mérito de premiar a quienes, en rigor, debería amonestarse. En marzo de 2011, la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata otorgó el premio Rodolfo Walsh al bolivariano Hugo Chávez“por su compromiso incuestionable y auténtico en afianzar la libertad de los pueblos”. La impertinencia de tal distinción fue evidente para todo el mundo, excepto para la decana Florencia Saintout, quien intentó justificarla con argumentos vaporosos y de profundo contenido dogmático, tales como los aportes de Chávez “a la realidad de su país y de los pueblos hermanos de América latina” o a su compromiso para “consolidar la unidad latinoamericana, defender los derechos humanos y ser consecuente con la verdad y los valores democráticos”, aspectos que la realidad venezolana se ha encargado de desmentir.
Pero, lo más grave de aquello, fue que Chávez había hecho todo lo posible para destruir cualquier noción de libertad de prensa en su país. Años antes de la presea con la que le obsequiara Saintout, el mandatario liquidó al canal opositor RCTV y, con el tiempo, forzó el cierre de 34 radios. Globovisión también sufrió este embate autoritario. Su sucesor, Nicolás Maduro, no ha hecho otra cosa que pulverizar los últimos rastros de prensa libre y de república que quedaban. Esto es, aparentemente, lo que hace feliz a la gente de comunicación en aquella facultad.
Tal vez, al final, lo que más desconcierte al analista no sea la contradicción entre la mamushka mayor (el rectorado) y una de sus contenidas, sino el nivel de desacople entre objetivos que no deberían ser opuestos entre sí. De esta manera, mientras que el señor Juri intenta cimentar una universidad de excelencia, los conducidos por el señor Tatián profundizan su análisis berreta y esotérico de la realidad. La sociedad, cuyos impuestos pagan la famosa autonomía, observa con resignación este dilema, a la espera que alguna vez se resuelva a favor del conocimiento y sin que haya ningún Milagro de por medio.