Cristina vs. Margarita, o la gran Xipolitakis

Carrió y Stolbizer, entre tantos otros, han sobrevivido durante años gracias al expediente de la acusación ligera pero efectista.

Por Pablo Esteban Dávila

cristina y margaritaCuando los políticos pretenden que la política la manejen los jueces estamos en el horno. Por definición la política es lucha, pasión y conflicto, pero también acuerdo y construcción. Si se la reduce sólo a su faceta agonal, sólo queda la alternativa de buscar un árbitro que, idealmente, ponga las cosas en su lugar. Este es el rol que muchos dirigentes han transferido a los jueces, con resultados harto opinables.
La reflexión viene a cuento tras leer el inevitable desenlace de la boutade que, por estas horas, protagonizan las señoras Margarita Stolbizer y Cristina Fernández de Kirchner. Llamadas a una audiencia de conciliación por el juez que interviene en la trifulca, el resultado fue que no hubo avenencia entre ellas. La justicia deberá determinar, en consecuencia, cuál de las dos tiene razón. Si la agraviada (Cristina) o la denunciante (Margarita). El final de la historia, cualquiera sea, será anodino.
Convéngase en que Stolbizer tiene todo el derecho del mundo a denunciar a quién quiera y que a Fernández de Kirchner le asiste similar facultad para demandar a quién le viniese en real gana. No se trata de un debate sobre quién puede o quién no pude recurrir a los tribunales. La cuestión es mucho más profunda. Tiene que ver, nada menos, con el rol que le estamos dejando a la política como la actividad rectora de una sociedad moderna.
Antes de Chacho Álvarez, a pocos dirigentes se les ocurría decirle a un juez que sacara de pista a determinado competidor bajo sospechas de corruptela. Un político tradicional pensaba que era más importante derrotar al adversario en una contienda electoral antes que en algún misterioso expediente judicial, apto sólo para iniciados. Pero ahora todo es distinto. Cualquier cosa es susceptible de denuncias aunque, bajo un análisis estricto, muchas de éstas suelan ser materia risible más que justiciable.
La culpa, como en todas las cosas, no es sólo del chancho. La opinión pública aporta lo suyo para este vodevil de abogados, procesos interminables y políticos ofendidos versus ofensores. Para un ciudadano promedio, la virtud de un dirigente ya no pasa por su capacidad de oratoria, su poder de convencimiento o su programa de transformación. Ahora es más importante la transparencia, la honestidad o la ética, aunque tales atributos suelan constituir más en sobreactuaciones decididamente burdas antes que realidades ontológicas. “La gente” (¡como detestamos esta coartada semántica!) se conforma con poco. Basta protagonizar denuncias rimbombantes por cualquier tontería para que se le extienda al acusador el certificado de honorabilidad necesario para sobrevivir en estos tiempos.
Lilita Carrió, Graciela Ocaña y Stolbizer, entre tantos otros, han sobrevivido durante años gracias al expediente de la acusación ligera pero efectista. Los medios de comunicación, ávidos de sangre y escándalos, han potenciado a estas estrellas hasta transformarlas en modelos de rol para aprendices de políticos. Los constructores, aquellos que aprendieron desde los palotes de la actividad pública que la política implica acertar y equivocarse, están devaluados a niveles irrisorios. ¿Para qué arriesgarse a tomar decisiones de fondo cuando, por cualquier cosa, puede ligarse una denuncia de personajes de la estirpe de aquellas señoras? Néstor Kirchner decía, con su característico cinismo, que “ser de izquierda compra impunidad”; parafraseándolo, debería incluirse en esta certeza el hecho de denunciar mucho todo el tiempo. Si alguien es progresista y, a mayor abundancia, experto en la coprofagia política, su romance con la sociedad parece estar asegurado.
Por supuesto, semejante estado de cosas genera reacciones, aún de los personajes más grotescos y objetivamente detestados. En el caso que nos ocupa, la ex presidente acusa a su acusadora de participar en una asociación ilícita a partir de una declaración tuitera de la señora Carrió, quien aseguró que a Stolbizer “la ayudan Clarín y (el juez) Bonadío” en sus denuncias. Ni lerdo ni perezoso, el abogado de Cristina acusó penalmente a la propia Stolbizer, a Héctor Magneto y al juez federal Claudio Bonadio por “asociación ilícita y extorsión con amenaza contra el honor”. El asunto amenaza en transformarse en una verdadera comedia de enredos, en donde las partes construyen realidades a partir de expresiones de evidente insania.
Lo más triste del asunto es que se pierde de vista cual es la agenda política de toda esta gente sedienta de justicia. Gobernar, evidentemente, no es uno de sus puntos fuertes. Salvo Cristina, el resto de los actores participaron poco y nada en la toma de decisiones y, cuando les tocó fugazmente el turno, lo hicieron en forma pésima. Jorge Asís se refiere, con gran elegancia, a Ocaña como “miss dengue” por haber permitido que esta enfermedad se propagara fácilmente cuando le tocó en suerte ser Ministra de Salud de… ¡la mismísima Cristina!
Esto no exculpa a la ex presidente de sus históricos desatinos en el gobierno, ni la transforma en una víctima inocente de inescrupulosos que desean crecer sobre su honra persona. Lo peor del gobierno kirchnerista no fue su corrupción, como muchos pretenden creer, sino sus políticas absolutamente equivocadas, basadas en ideologías tan perimidas como el comunismo de Nikita Jrushchov. Pero, extasiados como estamos con bolsos de dinero, sobreprecios de obras públicas y rutas del dinero K, nos olvidamos de debatir qué cosa queremos para el país del futuro y las razones verdaderas de la crisis que padecemos, que no son otras que los yerros espantosos en materia económica, internacional y energética del matrimonio Kirchner en sus doce años de gestión. Hablar todo el tiempo de la corrupción de estos personajes es, de cierta manera, menospreciar la fenomenal contribución a la decadencia argentina de sus pésimas decisiones de gobierno.
Si la política no renuncia a los tribunales como la forma más efectiva de dirimir sus cuitas, la política se transformará un problema en sí misma, no la solución a las dificultades que teóricamente debería confrontar. Se necesitan más choques de ideas, debates de dirigentes con altura teórica y compromiso con la acción, y menos chacota barata de políticos que pretenden que jueces y fiscales asuman roles que no corresponden. Los tribunales deben seguir su camino en forma independiente y sin que los falderos de expediente inventen, a cada rato, nuevos y opinables sucesos con los que ganar centímetros en los diarios y segundos en el aire. Este es un modelo que podría calzar a la perfección con Vicky Xipolitakis pero que, de ninguna manera, debería ser el recomendado para personas con supuesta vocación de gobierno si es que gobernar, a estas altura, realmente les importa.