Robar es patriótico

“La corrupción –aunque se crea lo contrario- democratiza de forma espeluznante a la política. Sin la corrupción pueden llegar a las funciones públicas aquéllos que cuentan de antemano con recursos para hacer sus campañas políticas. No hay que ser ingenuos. Sólo son decentes los que pueden ‘darse el lujo’ de ser decentes.

Por Gonzalo Neidal
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2016-05-25_BRIENZANo es la primera vez que desde el mundo del kirchnerismo se intenta encontrarle justificación teórica o conceptual a la corrupción. Hace algunos años, el filósofo José Pablo Feinmann ya lo había hecho con una curiosa línea argumental. Dijo que Cristina habría realizado numerosas transformaciones para lo cual tuvo que afectar intereses de gente poderosa que la va a perseguir cuando abandone el poder. En consecuencia, debía hacerse de reservas monetarias para enfrentar esa situación de persecución de los poderosos. Como Cristina defendía los intereses patrióticos, robar estaba justificado para permitir que la líder de los pobres pudiera protegerse apropiadamente.
Ahora es el sedicente historiador Hernán Brienza quien despliega una panoplia de argumentos para explicarnos por qué es bueno robar.
Y lo hace de un modo contundente, jactándose de su sinceridad y su franqueza.
La secuencia argumental de Brienza es la siguiente:
1) “La corrupción está íntimamente ligada al financiamiento de la política. Quién no tiene recursos, no puede hacer política; ni acá ni en Estados Unidos”.
2) “Una campaña presidencial cuesta decenas de millones de dólares, los afiches, los spots televisivos, las entrevistas pagas, los actos, las movilizaciones, todo eso cuesta un dineral. Ir a un programa de gran audiencia para que un periodista haga preguntas condescendientes cuesta entre 150 mil y 250 mil pesos. ¿Quién dispone de ese dineral para ser entrevistado?”
3) “La corrupción –aunque se crea lo contrario- democratiza de forma espeluznante a la política. Sin la corrupción pueden llegar a las funciones públicas aquéllos que cuentan de antemano con recursos para hacer sus campañas políticas. No hay que ser ingenuos. Sólo son decentes los que pueden ‘darse el lujo’ de ser decentes. Sin el financiamiento espurio sólo podrían hacer política los ricos, los poderosos, los mercenarios, los que cuentan con recursos o donaciones de empresas privadas u ONG de Estados Unidos. ¿Ustedes se imaginan a Techint pagando la campaña de Héctor Recalde, legendario abogado laboral ligado a la CGT? Imposible”, dijo Brienza.
Es tan claro lo que expone Brienza, son tan transparentes sus argumentos que al comentarlos corremos el serio riesgo de arruinarlos, como un orfebre torpe arruina una gema.
Los que defienden los intereses de los pobres y de la patria, no tienen dinero. Si quieren llegar a conducir los destinos del país, deben hacerse de recursos públicos. O sea, deben robar. En este caso, robar no es un delito. Ni siquiera un pecado. Porque está subordinado a un fin supremo: defender a la patria y a los pobres, cuidarlos de los ricos. Aunque Brienza no lo dice, se desprende de sus palabras que robar, en este caso, es un acto de patriotismo.
Se parte de la base, claro, de que el dinero público sustraído al estado no podría haber sido utilizado en beneficio de la patria y de los pobres. Era dinero ocioso que deambulaba por el estado esperando que un alma caritativa se apoderara de él. Brienza piensa (por así decirlo) que el dinero que se roba era dinero que no podría haber sido aplicado, por ejemplo, a escuelas, hospitales, comedores comunitarios, subsidios a los alimentos o cualquier otro fin que beneficiara a los pobres en forma más directa y perceptible sin la mediatización de los revolucionarios K.
Por supuesto que no caeremos en la candidez de pensar que el robo de los dineros públicos comienza con los Kirchner. Pero la difusión y los volúmenes alcanzados en estos años, es lo que ha transformado el robo en escándalo.
Si siguiéramos a Brienza en su pensamiento diríamos que eso no está mal porque mientras más robo, mayor beneficio a los pobres.
Es probable que este concepto sea una de las razones de más peso por las que el kirchnermismo perdió las elecciones de 2015 y, muy probablemente, nunca más pueda retornar al poder.