¿Gran conductor?

¿Comprenderá Mestre que este es el momento de ayudar a Salerno, aunque le provoque cierto rechazo hacerlo? Si lograra que el Secretario General adquiriese pleno estatus de conductor tendría un único interlocutor con quién sentarse a discutir (e inclusive hacerlo con dureza), pero con el que podría eventualmente acordar sin exponerse a la guerra civil en la que se había transformado la UTA.

Por Pablo Esteban Dávila

salernoLo menos que podría esperarse de un Secretario General de la UTA es que fuese un gran conductor. Sus obligaciones al frente del volante de un colectivo del transporte urbano así lo recomendarían. Sin embargo, Ricardo Salerno no había demostrado dotes de comando particularmente admirables. Un conductor módico en el medio de un sindicato lleno de choferes no auguraba nada bueno.
El encumbramiento de Salerno fue complejo. Ganó la elección por apenas 66 votos en un gremio que, hasta entonces, se había caracterizado por cierta hegemonía en sus liderazgos. Tal estrechez fue pronto advertida por los sectores que, deliberadamente, preferían una UTA mucho más caótica, capaz de arrancarle al municipio una nueva TAMSE (elValhalla de buena parte de sus agremiados) a fuerza de protestas incomprensibles y paros azarosos.
Desde el comienzo de su gestión fue evidente que no la tendría fácil. Las medidas de fuerza se contaron por decenas y, en su enorme mayoría, no tuvieron motivos que pudieran ser adecuadamente explicitados por sus cabecillas.
El propio Salerno fue pillado por sorpresa más de una vez por la belicosidad de ciertos delegados en las puntas de línea, capaces de imponerle una agenda irracional y de final reservado. Ninguna de estas protestas se levantaron sin costo alguno; en buena parte de ellas, resultaron fortalecidos los conducidos y no el conductor.
Si la UTA fuese un sistema solar, podría decirse que su centro gravitacional (Salerno) ha resultado ser lo suficientemente débil como para permitir que los planetas que lo orbitan crezcan en su masa específica y comiencen a alejarse de sus trayectorias, adquiriendo conductas erráticas y con rumbos potencialmente catastróficos. La observación de este sistema sería apasionante para los astrónomos, pero ha resultado absolutamente frustrante para los usuarios del transporte urbano y las autoridades encargadas de regularlo.
Los planetas errantes (los delegados) explican por sí solos el incomprensible devenir gremial de la UTA. En general y salvo situaciones ya olvidadas, las empresas del sector no han tenido demoras significativas en el pago de haberes ni han faltado a sus obligaciones como prestatarias de un servicio público. Además, la flota se encuentra compuesta por unidades relativamente modernas, que presenta un índice de servicio muy superior al que mostraba el sistema hace diez años atrás. Esto quiere decir que no han existido razones objetivas para los recientes paros de la UTA, al menos si se adhiere a la creencia que aquellos serían, realmente, los motivos concretos como para producir una huelga inteligible.
Tal constatación obliga a suponer, casi con carácter de certeza, que detrás de cada protesta no se esconde otra cosa que una brutal interna gremial, potenciada por la falta de un conductor inapelable. La sabiduría popular lo explica con picardía: “cuando el gato no está, los ratones se divierten”. Salerno era como un gato ausente,que parecía estar incapacitado para cazarlos.
Pero este status quo esquizoide puede que haya comenzado a cambiar. El final del último paro decretado por los delegados de Autobuses Santa Fe terminó de la peor manera para sus instigadores. Los choferes se hartaron de estar secuestrados por unos pocos colegas insidiosos y salieron a trabajar contra todo pronóstico. La protesta terminó con pena y sin gloria, y sus supuestas razones quedaron sepultadas ante la indiferencia general. Nadie se imaginó esta salida tan espontánea como conveniente, especialmente el Secretario General, reducido como estaba a ser un espectador privilegiado en un balcón sin barandas, a la espera que un puntapié traicionero lo arrojara al vacío.
Este epílogo puede que se haya servido como una nueva oportunidad para fortalecer su liderazgo. Salerno estuvo siempre incómodo con los sucesos de la semana pasada, y no vaciló en recriminarles a sus cabecillas que estaban equivocados, aunque sin amedrentarlos en absoluto. Además, y ante las amenazas del Ministerio de Trabajo, comenzó a jugar en equipo con el mandamás nacional, Roberto Fernández, quién lo respaldó en todo momento. El desenlace fue una victoria personal, tal vez pequeña, pero la única que ha tenido en los últimos meses. Es posible que, en estos días, se esté produciendo una purga en sordinas dentro de la UTA mediterránea, y que su Secretario General emerja de ella con mayor poder que antes. Sería una estupenda noticia, especialmente para quienes tienen que lidiar, forzosamente, con este gremio tan hipocondríaco.
Uno de los que debería estar apostando todas las fichas a Salerno es el intendente. Ramón Mestre ha padecido los constantes desplantes de los choferes. Seguramente intuye que la anarquía dentro del sindicato es el factor que más eficientemente explica estos comportamientos y que, en consecuencia, corregirla supondría algo de sosiego. Tanto en el SURRBAC como en el SUOEM –las otras pesadillas sindicales del Palacio 6 de Julio– hay conducciones más o menos estables. Julio Mauricio Saillén comanda con mano férrea a los suyos, en tanto que Rubén Daniele (aunque con algunos achaques) sabe que debe apretar pero no necesariamente ahorcar. En ambos existe un cálculo racional de costos y beneficios, una ecuación que en la UTA fue siempre difícil de despejar.
¿Comprenderá Mestre que este es el momento de ayudar a Salerno, aunque le provoque cierto rechazo hacerlo? Si lograra que el Secretario General adquiriese pleno estatus de conductor tendría un único interlocutor con quién sentarse a discutir (e inclusive hacerlo con dureza), pero con el que podría eventualmente acordar sin exponerse a la guerra civil en la que se había transformado la UTA. Aunque resulte difícil creerlo Salerno es, hoy por hoy, la línea divisoria entre la civilización y la barbarie dentro de su sindicato, algo que las autoridades no deberían menospreciar.
Sería interesante que el intendente pusiera a trabajar a alguno de los suyos en este asunto. A priori, cuesta identificar a alguien adecuado dentro de su equipo, habida cuenta la impotencia municipal en el último conflicto. Pero alguien debe haber. Es la primera oportunidad en años de contar con una contraparte orgánica con la que acordar algunos aspectos sensibles del más importante de los servicios públicos que el municipio tiene en sus manos. No debería desaprovecharla, especialmente si quisiera exorcizar la posibilidad que algún chofer insubordinado le complicase, en los próximos tiempos, la carrera hacia la gobernación que cree merecer.