Comerse las propias palabras

Si de pronósticos equivocados se trata, los primeros de la lista deberían ser los encuestadores, que venden su tarea como científica o, cuanto menos, encuadrada en la ciencia sociológica.

Por Gonzalo Neidal
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2016-05-16_MILBANKUn periodista del Washington Post, el emblemático diario que hizo renunciar a Richard Nixon, pronosticó que de ninguna manera Donald Trump podía ganar la elección interna del Partido Republicano. Tan seguro estaba que tuvo la osada idea de agregar que, en el hipotético e impensado caso de que su vaticinio no se cumpliera, él iba a comerse –literalmente- su propio y equivocado texto.
Pues bien, la ceremonia gastronómica tuvo lugar hace algunos días, al estilo norteamericano: con chefs profesionales, cámaras, flashes, vajilla y difusión masiva.
Afortunadamente, esta práctica no se ha difundido en nuestro país.
Si en la Argentina nos empeñáramos en emular al periodista yanqui, la ingesta de columnas de opinión sería copiosa.
Por de pronto, desde esta columna, hace algunos meses dábamos por seguro el triunfo de Daniel Scioli por una amplia diferencia en la primera vuelta electoral, que lo llevaría a la presidencia un mes después. Eso no ocurrió, ciertamente. Luego, embebidos del clima de Córdoba, pensábamos que Mauricio Macri sacaría una amplia ventaja en el ballotage, algo que tampoco sucedió. Afortunadamente, sea por prudencia o falta de imaginación, jamás contemplamos la posibilidad de engullir los textos erróneos.
De todos modos, sería harto injusto que sean los periodistas, opinadores, pontificadores o escribidores de cualquier especie los únicos para quienes se contemple la posibilidad de una sanción de estas características nutricionales. Si de pronósticos equivocados se trata, los primeros de la lista deberían ser los encuestadores, que venden su tarea como científica o, cuanto menos, encuadrada en la ciencia sociológica. Después de todo, los periodistas opinan sobre la inasible materia de los hechos cotidianos, siempre resbaladizos.
En tal caso y para que todo esto fuera equitativo, no deberían ser excluidos los políticos y gobernantes, tan propensos a atisbar, cuando no prometer, la inminencia de realidades que luego se muestran esquivas y distantes.
Ni hablar de los economistas cuyos pronósticos, sean menudos o generales, no suelen tener la costumbre de corresponderse con la realidad.
Si todos ellos fueran obligados a devorarse los textos con pronósticos erróneos, la dieta de los argentinos cambiaría sustancialmente. E incluso, nos atrevemos a pronosticar (aunque sin aceptar sanción punitiva alguna), que en ese caso, el país vería incrementados sus saldos exportables con consecuencias asaz benéficas para la balanza de pagos y la marcha general de la economía.