Poco antes de la revolución

Un año previo a la crisis –y al movimiento revolucionario- de 1890, el diario El Porvenir editorializaba sobre los avances y los retrocesos que trajo aparejados la década presidencial de Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman.

Por Víctor Ramés
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“El país fue tan alto que perdió el equilibrio”, le explica Juárez Celman a la República, en un dibujo de El Mosquito de 1890.
“El país fue tan alto que perdió el equilibrio”, le explica Juárez Celman a la República, en un dibujo de El Mosquito de 1890.

Las contradicciones del capitalismo y de las naciones asociadas en forma dependiente al sistema, hacen que la prosperidad argentina de la década de 1880 a 1889 deba ser vista históricamente como una enorme contradicción de progreso y miseria.
En Córdoba, en 1889, el diario El Porvenir pinta los cambios que los medios oficialistas del país cantaban como un progreso ilimitado, y pone en su justo término tanto lo conseguido como lo perdido en el proceso de aquella década. Es cierto que el Porvenir era un periódico católico, pero no todo es antiliberalismo en su análisis, sino una realidad que se iba imponiendo en muchos sectores, en vísperas de la revolución fracasada que encabezó el radicalismo y que acabó con el Unicato formulado por Juárez Celman. La figura de este político cordobés dominó esa década como gobernador de Córdoba de 1880 a 1883 y como sucesor en la presidencia de Julio A. Roca (su concuñado) de 1886 a 1890, sin lograr completar su mandato.
Extractamos párrafos del editorial de El Porvenir, titulado “La Córdoba regenerada” y que lleva por subtítulo “Nuestras Industrias”.
“Es indudable que durante el transcurso de estos diez últimos años, los habitantes de esta Provincia en su doble calidad de actores y espectadores han asistido a uno de esos excepcionales períodos que marcan en la historia una transformación, social, económica y política de los Estados.
Quien hubiera estudiado a Córdoba hace diez años, en el carácter de sus individuos, en las tendencias generales de la comunidad, en lo que constituía la idiosincrasia particular del político, del comerciante, del propietario, del especulador, del hombre de letras, se encontraría quizás perplejo para referir la ciudad de hoy a la de ayer, para terminar en tan breve período la ilación lógica de los hechos que han engendrado el actual estado de cosas.”
(…)
En el orden material las transformaciones se han cumplido como por encanto: a la ciudad de barro, en su mayor parte, descolorida, deforme, diminuta, ennegrecida por la acción del tiempo, ha sucedido la ciudad de mármol, revestida de artesonado moderno, simétrica, majestuosa y extendida, no ya dentro de los estrechos límites de dos barrancas, sino sobre la cima de estas, como si hubiera querido traspasar los linderos que parecía haberle impuesto la naturaleza.
A las calles tortuosas, encenagadas, lechos de grandes ríos en la estación de las lluvias, receptáculo de aire húmedo y malsano en el invierno, se han sustituido otras, casi lujosamente pavimentadas, extensas y abiertas por todos sus extremos como para dar fácil acceso a la ventilación y la luz.
La ranchería de los suburbios ha cedido su lugar a los bulevares, parques y jardines.
Y en general, hacia cualquier lado del horizonte que se dirija la mirada, allí un edificio nuevo, una plantación, el horno o la chimenea de una fábrica parece que compitieran para imponerse al espíritu del observador.
(…)
Desde el banquero, que a manera de los generales en jefe de un ejército, dirige desde su bufete, sentado ante un cuadro sinóptico de estadística, las operaciones de los que no son más que soldados de la industria; hasta el humilde leñatero que al frente de sus perezosos bueyes reparte los maderos que mantendrán la lumbre del hogar –todos, sin excepción alguna, han sido impregnados por el maravilloso fluido.
(…)
¿Qué eran entonces estos tipos que en lenguaje económico se conocen con el nombre de propietario y rentista? En comparación de lo que son ahora, unos hongos. ¿Cuáles eran sus combinaciones, sus operaciones, sus medios de acción, su actividad y sobre todo, a cuánto ascendía el interés de sus capitales?
Si el propietario tenía inmuebles urbanos la combinación consistía en alquilarlos al mejor postor y reducirse a percibir las pensiones hasta que el edificio de viejo se venía al suelo. Si el inmueble era rural, la especulación consistía en ocuparle con alguna tropilla de vacas que ella misma se encargaba de reproducirse.
¿Qué eran el comerciante, el agricultor, el ganadero, el abogado, el médico, etc.?
Unos zánganos, y perdóneseme la expresión, por lo menos hasta que hayamos completado nuestro pensamiento en la parte subsiguiente de este artículo.
El comerciante era una ostra del mostrador, un habitante de los escaparates de la tienda o del almacén destinado a vivir y morir sin haber conocido otros horizontes que los que se descubría por la puerta de su casa.
(…)
Al propietario inerte, abandonado, desidioso, le ha sustituido el millonario, activo, presuroso que con la vara mágica de la especulación convierte los centavos en millares y los millares en millones, al comerciante medroso y desacertado, el infatigable agente del cambio libre que nos acarrea a las regiones más apartadas del globo los productos más variados que han creado la naturaleza y el ingenio humano; el agricultor perezoso, rutinario indolente, el colono hábil inteligente, activo y poderoso armado de todos los instrumentos de labor, al ganadero criollo, el refinador de las razas animales con sus métodos y su experiencia reducida a reglas.
(…)
Pero llegó el momento de preguntarnos: este estado actual de cosas, es acaso propicio para lo que concierte al bienestar, a la riqueza, a la felicidad política de los habitantes? ¿Puede deducirse de él lógicamente que hemos realizado un progreso positivo en el orden moral, intelectual, económico, financiero, civil o político?
(…)
No es que seamos retrógrados y que reneguemos de todo progreso. No. Queremos sí protestar contra esta falsa consecuencia que ha venido a ser como el estribillo obligado de los diarios oficiales de que la Córdoba regenerada por los Juárez y los costosos monumentos y obras de arte levantados, importan su progreso positivo, una era de bienestar y felicidad para este país.
Eso decimos es falso y si la antigua Córdoba era un conjunto de humildes chozas, al menos vivía en ella una generación honrada, varonil, digna, trabajadora.
Con todos sus defectos lo preferimos a este otro conjunto de palacios de los nuevos Césares, habitados la más de las veces por griegos del bajo imperio.”