Macri, como en su casa: inversiones y apoyo político

Tanto el personal directivo como los trabajadores de la automotriz lo trataron como un prócer. Hacía mucho que un presidente no se identificaba tanto como la hace Macri con el mundo de la industria.

Pablo Esteban Dávila

macri schiaretti mestre MECANICOS FIAT 600La semana no comenzó bien para el presidente. Entre los “Panamá Papers”, hechos públicos por el “Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación” (ICIJ, en inglés), se filtró que Mauricio Macri había sido Director de una empresa off shore y que no había declarado este puesto en sus presentaciones como funcionario público. A pesar que el tema, a nuestro juicio, se encuentra debidamente aclarado, el asunto produjo un ruido previsible, especialmente en un país que desconfía de su propia sombra.
Afortunadamente, Macri tenía programada una abigarrada agenda en Córdoba, su patria adoptiva. Anuncios en Fiat, el primer vuelo del Pampa Serie III en Fadea y un encuentro cara a cara con el Foro de Intendentes Radicales capitaneados por Ramón Mestre eran sus compromisos. Por cuestiones meteorológicas, la parada en la fábrica de aviones no pudo ser, pero el resto del programa se cumplió conforme a las expectativas.
En Fiat fue como regresar en el tiempo. En los ’80 y durante buena parte de la década que le siguió, los Macri fabricaron automóviles de esta marca a través de la firma SEVEL hasta que los italianos volvieron por sus fueros en los mejores momentos de la convertibilidad. Por un azar del destino, el gobernador Juan Schiaretti (que acompañó al presidente durante la visita a la firma) también reconoce su pasado en la multinacional. Durante su exilio en Brasil en los años de la dictadura argentina, llegó a ser Vicedirector administrativo de la Fiat Automoveis S.A. en Belo Horizonte.
Tanto el personal directivo como los trabajadores de la automotriz lo trataron como un prócer. Hacía mucho que un presidente no se identificaba tanto como la hace Macri con el mundo de la industria. Repartió abrazos y saludos y dejó algunas definiciones fuertes, tales como que “el trabajo conjunto de gobiernos, empresas y sindicatos garantizará el mejor trabajo para todos” o que los argentinos “cuando nos lo proponemos somos capaces de hacer grandes cosas”. De paso –en realidad, era el propósito inicial de su visita– apadrinó el anuncio de una inversión de 500 millones de dólares destinada a producir un nuevo vehículo en Córdoba.
Los escépticos dirán que tanto Fiat como Macri tienen una fuerte dosis de voluntarismo. Brasil, el principal destino de la fábrica cordobesa, está en recesión y en medio de una feroz turbulencia política, por lo que las perspectivas de colocar allí la producción de esta parte del mundo son sombrías. Además, es un hecho que la empresa se encuentra trabajando a media máquina, con suspensiones incluidas, debido a la caída de la demanda regional de automóviles. Sin embargo, son hechos que deben ser necesariamente soslayados por la necesidad que tiene el presidente de mostrar buenas noticias en el medio de ajustes tarifarios e índices privados que muestran un previsible (mas no por ello muy preocupante) incremento de la pobreza.
La visita marcó la buena relación que mantiene con el gobernador. Es difícil que tal simpatía genere algo más que sinergia en la gestión (la productiva sociedad política que Schiaretti mantiene con De la Sota bloquea posibilidades más ambiciosas), pero es sorprendente observar de cómo una provincia discriminada durante tanto tiempo es ahora la jurisdicción que mayores atenciones recibe desde el poder central. Desde un punto de vista ideológico, bien puede decirse que conviven en el distrito los más macristas de los radicales y, también, los del propio peronismo.
Quizá por ello pueda parecer tan natural que el presidente, luego de prodigarse tantos gestos de amistad con Schiaretti, se haya dirigido con premura al encuentro de los radicales congregados en Río Ceballos. Allí, Macri pudo observar de cómo el intendente de la capital provincial reunía dos presidencias (la del foro de intendentes provinciales y del resto del país) y expresaba sus deseos de quedarse con una tercera, la de la Federación Argentina de Municipios, probablemente con la ayuda de la Casa Rosada.
Semejante concentración de poder quizá no le haya parecido muy republicano, pero es un detalle menor al lado del decisivo apoyo que le brindan los radicales cordobeses. Por de pronto fue una buena ocasión para manifestar, tan públicamente como puede ser posible, la vigencia de los vínculos que mantiene con la UCR. Lo que abunda no daña, especialmente cuando existen rumores, no desmentidos, que el presidente no termina de comprender a sus socios; no debe haber nada peor para un cartesiano que tener que vérselas con radicales todos los días.
De cualquier manera, Macri se llevó los aplausos de dirigentes de indudable poder territorial (la UCR mantiene el gobierno de 500 municipios y comunas en todo el país, más de cinco millones de argentinos) y los intendentes se mostraron conformes con las palabras de Mestre, el anfitrión del encuentro. El jefe del palacio 6 de Julio no dudó en proferir las palabras mágicas respecto a que se debe “fortalecer la identidad partidaria” para perseguir objetivos políticos más elevados, un tiro por elevación a los recientes amagues del PRO cordobés que, supuestamente, aspira a competir por los primeros lugares de las listas de cambiemos en un futuro próximo.
El regreso de Macri a la Capital Federal debe de haber sido extraño. Estuvo en una provincia en el oficialismo y la oposición parecen estar en sintonía y que, no hace falta decirlo, su electorado parece responderle sin fisuras. Hasta podría sonreír, con aquella sonrisa tan de Perón, afirmando que en Córdoba existen radicales, peronistas, socialistas y conservadores, ¡pero que macristas son todos! Parece apresurado decirlo, pero que bien que suena.