Las distracciones de los peronistas

Con posturas tales, se complica mucho cualquier debate. ¿Cuál es el “verdadero” peronismo? ¿El del primer Perón, el del Perón del Segundo Plan Quinquenal, el del Perón “león herbívoro”, el de los Montoneros, el de los sindicalistas, el de Eva Perón, el de Carlos Menem, el de Néstor Kirchner, el de Cristina Fernández?¿Cuál de todos ellos es el auténtico y cuáles los presuntamente apócrifos?

Por Daniel V. González

2016-04-05_PERON_MENEM_KIRCHNER_web¿No le gusta el peronismo de la era K? No importa, tengo otros.
Esta paráfrasis de Groucho Marx parece ser la oferta de algunos ideólogos y publicistas del peronismo que están muy lejos de hacerse cargo de la situación actual, la que acaba de heredar Mauricio Macri.
La situación planteada es similar a la de los socialistas y comunistas al momento de la caída del Muro de Berlín: como muchos militantes de izquierda eran críticos del régimen estalinista y de los que le continuaron, se sienten eximidos de explicar las razones del fracaso de la URSS y su sistema de aliados en tanto no se consideraban representados por los gobiernos que se sucedieron en la Unión Soviética a partir de la muerte de Lenin. “Eso no es comunismo”, sostenían y con esa simple frase se desentendían del asunto.
Salvando todo lo que haya que salvar, con el peronismo de estos días sucede igual: los peronistas que no se sentían identificados con el peronismo K sienten que la situación en que dejaron el país los gobiernos kirchneristas no es algo que les competa, pues ellos siempre (algunos, no tanto) fueron críticos de la gestión de Néstor y Cristina.
En ambos casos es rigurosamente así: unos y otroscuestionaron los gobiernos respectivos aunque fueran de su propio signo ideológico. Cabe preguntarse cuántas clases de socialismo y peronismo hay y, en todo caso, si no existe cuanto menos una delgada línea roja que una entre sí a todas las versiones de uno y otro.
Porque con la elusión de responsabilidades en nombre de la falta de afinidades–sean completas o de detalle- ningún debate puede ser planteado en relación con las arquitecturas y conceptos ideológicos fundamentales de uno y otro pues siempre habrá lugar para tomar distancia en nombre de matices diferenciadores, sean éstos importantes o no.
“Eso no es socialismo (o comunismo)”, leíamos en 1989 y aún hoy. “Lo de los Kirhcner no es peronismo”, decían y dicen los peronistas críticos durante los años K. ¿Es realmente así?
Con posturas tales, se complica mucho cualquier debate. ¿Cuál es el “verdadero” peronismo? ¿El del primer Perón, el del Perón del Segundo Plan Quinquenal, el del Perón “león herbívoro”, el de los Montoneros, el de los sindicalistas, el de Eva Perón, el de Carlos Menem, el de Néstor Kirchner, el de Cristina Fernández?¿Cuál de todos ellos es el auténtico y cuáles los presuntamente apócrifos?

Tiempos de fiesta
El peronismo de Menem, por ejemplo, fue duramente impugnado por muchos peronistas clásicos, que lo veían “neoliberal”, en razón de que el riojano restableció relaciones amables con los Estados Unidos, asumió la imposibilidad de continuar sosteniendo empresas públicas deficitarias e ineficientes, flexibilizó las relaciones laborales, desreguló la economía e hizo una reforma del estado, entre otras cosas. Todo lo que huela a privatización y libertad de mercados suele ser fuertemente criticado en el peronismo tradicional, en el sindicalismo peronista y en los peronistas que gustan definirse como “de Perón y Evita”, para no hablar de la generación K, que abomina de todo lo que signifique buen clima de negocios y actividad privada.
Sin contar su breve tercer gobierno (poco más de ocho meses), Perón gobernó diez años con políticas económicas que se pueden diferenciar entre sí con cierta claridad. En el primer tramo (1946/49) prevalecieron las políticas expansivas clásicas, envueltas con un discurso populista. Con “los pasillos del Banco Central llenos de oro”, según su propia definición, la economía creció sin mayor esfuerzo. El contexto internacional favorecía al país, los precios de nuestros productos de exportación eran elevados, se estimuló la demanda (créditos baratos, mayores salarios, etc.) con típicas políticas populistas (“keynesianas”, según algunos) y todo marchaba sobre ruedas, como siempre sucede en los tramos iniciales de esta política expansiva.

Años de ajuste
A los peronistas no les gusta hablar de lo que sucedió después, en el segundo gobierno del propio Perón, cuando comenzaron a verse las consecuencias prácticas de las políticas estatistas de los primeros años. Sobrevino el ajuste. No podía ser de otro modo. Un ajuste que hoy llamarían “neoliberal”: llamados a consumir menos para exportar más, cese de las estatizaciones, convocatoria a parar menos y trabajar más, invitación a la inversión extranjera, Congreso de la Productividad, acercamiento a los Estados Unidos, etcétera. Es probable que el derrocamiento haya salvado a Perón de una decadencia de su popularidad en razón del inevitable ajuste que estaba llevando a cabo.
Para el peronismo posterior, sólo existió el período de alza. Los años gloriosos, como si ese glorioso tramo inicial pudiera haberse prolongado en el tiempo más allá de los breves años que duró. Más aún: el peronismo se jactaba de haber descubierto un nuevo sistema económico distante del despiadado capitalismo liberal y del comunismo ateo y apátrida, tal era como los denominaba. Pero las políticas expansivas no son para siempre, no duran toda la vida. Siempre llega el momento en que hay que comenzar a rebobinar y ajustar. Es la historia del populismo en todo el mundo. Y también en la Argentina.
Es exactamente lo que pasó con Néstor y Cristina. A Néstor le tocó el período de las buenas noticias. Todo era jolgorio y torrentes de recursos: tiempos de superávits gemelos. Cristina no tuvo un mal contexto internacional ni bajos precios en los alimentos exportables, pero fue durante su gobierno que comenzaron a caer. Y el gasto público no registró esta noticia, por eso resurgió la inflación, recrudeció el intervencionismo estatal, se retrasó el tipo de cambio y se llegó a la situación actual, complicada y peligrosa.
Si comparamos, los primeros años del gobierno K se parecen como una gota de agua a otra con los primeros años de Perón: expansión económica y felicidad popular. La creencia de que se había descubierto el agujero del mate. La diferencia es que Perón se dio cuenta del rumbo en el que estaba incurso y decidió rectificar. Cristina, en cambio, enamorada de la máquina impresora de billetes y sus poderes mágicos, siguió de largo. Y enderezó al país rumbo a Venezuela.

Puntos en común
Pero entre el primer peronismo, el “peronismo de Perón y Evita” y el último, el de Néstor Kirchner y su señora esposa, hay otros puntos en común, además de la inclinación de ambos hacia políticas de estímulo de la demanda, que obviamente producen efectos expansivos inmediatos y hacen vivir una sensación de bienestar económico que a la postre siempre termina mal.
Con el líder no se discute. El peronismo (también el socialismo) propone la concentración del poder en un líder al que se le atribuye infalibilidad. Con él no se puede discutir. Al líder no se lo contradice jamás sin soportar consecuencias incómodas. Esto nos lleva al punto siguiente.
Al peronismo con énfasis populista le fastidia siempre el libre juego de la democracia y la república. No simpatiza con la existencia de tres poderes independientes. Si tiene mayoría propia, en la práctica hace desparecer el parlamento. Lo transforma en un órgano de levantadores de brazos que aprueba, sin modificar una coma, los proyectos que bajan del Poder Ejecutivo. También trata de incidir cuanto puede en la Justicia, como hemos visto en estos años donde incluso se intentó elegir jueces por el voto popular.
La libertad de prensa no es un valor que el peronismo defienda con entusiasmo. La prensa libre, le molesta. Por eso,aprieta a los medios y a los periodistas de mil maneras.
No le gusta los controles ni las rendiciones de cuenta. Siempre entorpece todo lo que significa auditorías y supervisión.
Cumplir con las leyes no es su fuerte. Y esto se justifica con el argumento de que lo que está en marcha es una revolución y, por lo tanto, las formalidades democráticas no son demasiado relevantes pues lo sustancial son las transformaciones que se emprenden en defensa del interés nacional y el pueblo trabajador.
Ambos, el peronismo de Perón y el de los Kirchner, dividieron al país en dos bandos enfrentados. Es una forma de concebir la política.
Ambos, al momento de explicar los padecimientos económicos de los argentinos, ponen la culpa en oscuros poderes que conspiran contra el gobierno del pueblo. La lucha contra “la oligarquía” y “el imperialismo” es un clásico exculpatorio.
Y finalmente, aunque no menor: es el peronismo el que ha fortalecido la idea marxista de que la pobreza de los pobres tiene su origen en la riqueza de los ricos. De este concepto se derivan, en forma casi automática, las políticas distribucionistas que prescinden, muy a menudo, de todo lo que signifique inversión, acumulación, producción, productividad. Lo que en la jerga popular se denomina “agrandar la torta”.
Y así podríamos seguir.

El peronismo “de Perón y Evita”
Lo que queremos señalar es que los intelectuales y publicistas afines al peronismo deberían comenzar a preguntarse si no resulta inconsistente cuestionar al gobierno de los Kirchner y endiosar al de Perón y Evita. Es muy atrevido oponerlos como contrarios. Para muchos peronistas anti K (sobre todo los de la generación delos setenta), Perón reviste la condición de un gran estratega al que no se puede cuestionar nada. Se pretende que él tenía una visión a muy largo plazo y abarcadora de la realidad mundial y que, por ese motivo, todo su gobierno ha sido brillante y su gestión y concepción no admiten cuestionamientos. Los años de expansión porque fueron imprescindibles para realizar un shock transformador. Los años de ajuste, porque eran necesarios para corregir los desfasajes producidos en los años de expansión. Las violaciones a la democracia, porque eran una exigencia de la voluntad transformadora y, por supuesto, una constante del “espíritu de época”. Y así.
En todo caso, y cuanto menos, debería advertirse a las nuevas generaciones que si muchos de los actos y dichos de Perón quedan apañados por aquellas coordenadas históricas, ahora vivimos un tiempo en el que muchos de aquellos valores que se consideraban válidos, hoy deben ser corregidos drásticamente pues esta época demanda posturas distintas. También debería decirse que el populismo (y el peronismo no se salva de esta calificación ni de este destino), ha fracasado en todo el mundo, al igual que lo ha hecho el socialismo, cuya índole comparte.
Constituye una actitud muy cómoda y confortable tomar distancia del peronismo kirchnerista con el diario del lunes y, al hacerlo, preservar el inmaculado “peronismo de Perón y Evita”, que es el “verdadero” e inmaculado.
Si no se ve cuánto peronismo hubo en los doce años de Néstor y Cristina, entonces será muy difícil construir una nueva esperanza transformadora. El fantasma de un Perón ceñudo y severo que custodia la “doctrina” desde el más allá, frenará siempre la crítica imprescindible para continuar avanzando.
Y hablamos, claro, de la crítica al peronismo originario, al “de Perón y Evita” y no al de las variantes que lo sucedieron en el tiempo, sin el halo purificador de un 17 de Octubre que los bendiga por los siglos de los siglos.
Es preciso no aceptar que en el peronismo de Néstor y de Cristina hubo mucho del peronismo “de Perón y Evita”.En este último tramo pudimos ver un despliegue más completo, en razón de que las rectificaciones fueron mucho más tibias ya que sólo interesaba el objetivo de llegar sin estallidos al final del mandato.
En otras palabras, no nos hagamos los distraídos. Llamemos a las cosas por su nombre y asumamos este desafío ideológico del tiempo y el lugar que nos toca vivir. Nuestro espíritu crítico no debe tomarse un descanso con Perón y Evita.
Es la única forma en que podremos seguir avanzando.
La gran pregunta que tenemos que responder es si no fue el peronismo del ’45 el que sembró la semilla de un modelo que luego fructificó, por así decirlo, en los añoskirchneristas. Lo contrario sería aceptar que los resultados que están a la vista son la consecuencia de simples desviaciones de las ideas originarias, impulsada por gente que no ha sabido interpretar apropiadamente el mandato del General. Y que retomando el rumbo “correcto”, el populismo argentino (o sea, el peronismo) volverá a mostrar su eficacia productiva y transformadora.
Estatismo, distribucionismo demagógico, regulaciones, discurso anti empresario, posicionamiento internacional inapropiado, son algunas de las características del peronismo que sobreviven a lo largo de los años y que no resultan para nada funcionales en un país con aspiraciones de crecimiento económico y social.