No más de lo mismo

Mañana, en el club Paraguay, actuará la mayor referente chilena de la música pop de los últimos diez años. Javiera Mena, heredera directa de una tradición que arrancó hace tres décadas, es hoy una figura que trasciende las fronteras de su país y despliega por el mundo sus canciones perfectas.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Javiera Mena, heredera directa de una tradición que arrancó hace tres décadas, es hoy una figura que trasciende las fronteras de su país y despliega por el mundo sus canciones perfectas.Antes del golpe de 1976, y más allá de las amenazas de la Triple A, existía en la Argentina un movimiento de música popular, comprometida políticamente, que impregnaba sobre todo a géneros como el folklore de proyección, pero que también se extendía hacia el rock. Se trataba de un cancionero que en muchos casos privilegiaba el mensaje por sobre la complejidad instrumental y que acompañaba la participación social y sindical de quienes luchaban por defender sus conquistas. Estribillos que solían ser coreados en los actos, como una forma más de identificación entre quienes estaban militando por la misma causa.
Durante la dictadura, la mayoría de de estos artistas debió refugiarse en el exilio. La censura militar hizo el resto: sus canciones encabezaban las listas negras y no podían ser difundidas por los medios de comunicación ni interpretadas en vivo. En virtud de esa condición, algunas se transformaron en himnos de la resistencia al régimen y se transmitían de manera clandestina a las nuevas generaciones, que las mantuvieron vigentes pese a que nunca eran difundidas por la radio. Y sus autores, aunque ausentes físicamente, eran recordados y venerados como íconos de un tiempo en el que regía el estado de derecho.
Tras el retorno de la democracia, la gran mayoría de estas figuras regresaron (algunos más temprano y otro más tarde) y recuperaron su predicamento, aunque los tiempos había cambiado y su mensaje tendía a hablar del pasado y no del futuro. Mientras tanto, fructificó entre músicos que habían permanecido en el país una tendencia al pop bailable y desestructurado, con letras divertidas e irónicas que no carecían de profundidad, pero que renegaban del tono solemne que había imperado en los primeros años setenta. Muchas de estas bandas, como Virus, Soda Stéreo o GIT, trascendieron luego a nivel continental y contagiaron a músicos de Latinoamérica.
En Chile, que padeció la dictadura de Pinochet hasta 1990, esa vertiente desacartonada del rock argentino funcionó a las mil maravillas, porque la censura del otro lado de la Cordillera no los consideraba peligrosos para sus intereses. Y aunque quienes viajaban para actuar ante el público trasandino podían inocular ideas democráticas a través de la supuesta liviandad de sus canciones, no era éste el frente más preocupante para los militares chilenos, que se encarnizaban con el antiguo paradigma del trovadores progres que en su momento se habían identificado con Salvador Allende.
La popularidad de los grupos argentinos en Santiago coincidió con la emergencia del trío chileno Los Prisioneros, quienes pasaron de la crudeza del punk a sumarse a una nueva ola que promovía el baile sin resignar el contenido crítico de sus estribillos. Bajo idénticos parámetros, en la segunda mitad de los ochenta aparecieron formaciones como Aparato Raro y Electrodomésticos, hasta que a fines de esa década se dio a conocer La Ley, con Beto Cuevas a la cabeza. A la caída del poder pinochetista, el incipiente pop rock chileno ya se había consolidado como predominante en el panorama musical de ese país.
Mañana, en el club Paraguay del Abasto cordobés, actuará la mayor referente trasandina del género en los últimos diez años. Javiera Mena, heredera directa de esa tradición que arrancó hace tres décadas, es hoy una figura que trasciende las fronteras de su país y despliega por el mundo sus canciones perfectas, junto a otros conspicuos representantes de su generación. Músicos que, amparados en tan dignos antecedentes, le aportan una cuota de sonido original a este aburrido status quo en el que parece que estamos escuchando siempre lo mismo. Maquillado, retocado, disimulado. Pero, en definitiva, siempre lo mismo.