Los niños de los ochenta

Esos chicos que tal vez fueron por primera vez al cine en 1984 al estreno de “Los cazafantasmas”, hoy rondan los 40 años y tiene la excusa para evaluar cuánto han cambiado las cosas desde entonces, a propósito del lanzamiento de la tercera parte de la saga en las próximas vacaciones de julio.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustra cazafantasmas 3Cuando la película “Los cazafantasmas” se estrenó en el Cinerama de la Avenida Colón, la sala –que en ese entonces era una sola… y enorme- desbordaba de niños eufóricos que comían Sugus y maní con chocolate, y bebían Coca en envase de vidrio, provistos por un vendedor que llevaba los productos en un exhibidor de madera colgado de su cuello. Cuando sonaba la canción compuesta por Ray Parker Jr., los chicos golpeaban la alfombra con sus pies marcando el ritmo. Y en el momento del estribillo cantaban al unísono “¡Ghostbusters!”, en una especie de grito de guerra que retumbaba contra la cúpula de ese auditorio.
En ese entrañable 1984, empezaba a consolidarse un gobierno democrático en la Argentina, tras siete años de dictadura, y se vivía un clima de fiesta y alegría, aunque los indicadores económicos y las revelaciones sobre las atrocidades cometidas en los centros de detención obligaban a bajar un cambio. Después de un toque de queda permanente, que promovía el terror y el silencio, esos niños de los ochenta podían expresarse libremente, reír y jugar, pasear y divertirse, sin que sus adultos les transmitieran ls temores que atravesaban a toda lo sociedad durante los interminables años de plomo.
El ’84 fue el año del despegue definitivo del rock nacional, cuyas canciones constituyeron la banda de sonido de esa primavera política. Y también fue el comienzo de un desacartonamiento que trocó esa moral del Medioevo que inculcaron los militares en una promoción de valores de mayor tolerancia y desenfado. Esos pibes que asistían al estreno de “Los cazafantasmas” iban a encolumnarse en un recorrido vital no exento de complicaciones ni riesgos; pero por lo menos lo iban a hacer en un contexto en el que frases como “por algo será”, “algo habrán hecho” o “yo me borro” quedasen desterradas de la vida cotidiana.
Esos niños promedian hoy los cuarenta años y han acompañado el zigzagueo de un país en el que no hay espacio para el aburrimiento. Han vivido bajo gobiernos liberales y progresistas, han acatado los designios de decenas de planes económicos, han soportado saqueos y levantamientos militares, se han consternado ante asesinatos y atentados que no llegaron a un esclarecimiento por parte de la justicia. Entre tantos vaivenes, están arribando a la madurez de su vida sin que la Argentina haya dejado de oscilar al borde del abismo, amenazada por sus debilidades y apoyada en sus fortalezas.
Esos chicos cuarentones que tal vez fueron por primera vez al cine a ver a “Los cazafantasmas”, siguieron a partir de entonces asistiendo a proyecciones, que luego se ambientaron en salas multicines alimentadas a pochoclo y regadas por vasos de gaseosa. Allí vieron películas en 3D y con sonido Dolby, que primero venían en cinta y que después se pasaron al formato digital hasta compactarse en un pen drive. Quizás, muchos de ellos alquilaron luego en un videoclub el VHS de aquella comedia fantástica que tanto los había deslumbrado en su infancia. Y después la compraron en DVD. O la buscaron en Netflix.
¿Cómo reaccionarán esos ex niños cuando para las próximas vacaciones de invierno se produzca el estreno del tercer filme de la saga? ¿Se interesarán por esta continuación de la historia, ahora protagonizada por cuatro mujeres? ¿Sacarán el dos por uno de entradas en la web, para llevar sus hijos a verla? ¿O la dejarán pasar sin curiosidad alguna, temerosos de que esta actualización rompa el encanto de su recuerdo? Vaya a saber uno qué pasara entonces, pero no hay duda de que este tipo de situaciones son las que remueven nuestra memoria y nos permiten evaluar cuánto hemos vivido y, sobre todo, cuánto hemos cambiado desde entonces.