Pasado y presente en el conflicto árabe-israelí

Tanto para judíos como para musulmanes el Monte del Templo forma parte integral de sus convicciones religiosas. Pero lo que le otorga a este sitio una significación especial es la intensa imbricación de estos sentimientos con las disputas nacionales entre árabes e israelíes.

Por Juan Manuel Tebes
Director del Centro de Estudios de Historia del Antiguo Oriente (UCA)

Tanto para judíos como para musulmanes el Monte del Templo forma parte integral de sus convicciones religiosas. En un reciente artículo del New York Times, el periodista Rick Gladstone puso el foco en la interpretación de la historia del lugar más sagrado de Jerusalén, conocido como el “Monte del Templo” o “Noble Santuario”. El artículo apareció durante la reciente ola de violencia en Israel tras numerosos conflictos acerca del acceso de los judíos a dicho sitio, el eslabón más reciente en la larga historia de la relación entre el conflicto árabe-israelí y la historia antigua. Lo espinoso del tema puede medirse por el hecho de que en los días posteriores el mismo diario se sintió obligado a publicar no una, sino dos notas aclaratorias al artículo.
Tanto para judíos como para musulmanes este pequeño pedazo de tierra – donde se ubican actualmente dos edificios islámicos, el Domo de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa – forma parte integral de sus convicciones religiosas. Los primeros por la asociación con los dos templos judíos anteriores (el de Salomón y el de Herodes) que estuvieron en el lugar y los segundos por la tradición que enlaza Jerusalén con el famoso “viaje nocturno” de Mahoma.
Pero lo que le otorga a este sitio una significación especial es la intensa imbricación de estos sentimientos con las disputas nacionales entre árabes e israelíes. Desde 1967 rige un status quo por el cual la explanada es administrada por el Waqf islámico, mientras que los judíos pueden visitarla, pero no rezar ni venerar allí. Cualquier posible alteración de esta situación, real o imaginaria, es un caldo de cultivo para violentos conflictos. Es precisamente lo que ocurrió el mes pasado.
Desde ambos lados se ha utilizado la historia antigua como sustento y ejemplo para las acciones políticas del presente, empujando a posiciones maniqueas y lecturas forzadas de la historia. Y si bien es verdad que la historia y la arqueología demuestran una realidad mucho más compleja y con muchos matices, éstas siempre acompañaron y fueron profundamente influidas por las idas y vueltas de los conflictos contemporáneos.
La arqueología bíblica nació a finales del siglo XIX durante la carrera de excavaciones arqueológicas en todo el Medio Oriente llevada a cabo por las potencias europeas, especialmente el Reino Unido y Francia, una suerte de “diplomacia cultural” primigenia en los dominios del por entonces decadente imperio turco. Al mismo tiempo, los líderes del moderno sionismo evocaban el texto bíblico como sustento del derecho a un hogar nacional judío en Palestina, invocando los ejemplos de los Macabeos y las revueltas judías contra los romanos como modelos a seguir para lograr la independencia. Los conflictos internos sobre los límites de dicho hogar nacional también incluyó la lectura en clave política de la Biblia, especialmente cuando los revisionistas sionistas rechazaron la “cesión” a los árabes de las tierras que se encuentran al este del Jordán.
Luego de la creación del estado de Israel, y especialmente durante la década de los 60, la arqueología israelí puso inmensos esfuerzos en el descubrimiento de las evidencias del asentamiento y desarrollo estatal de los antiguos israelitas, muy a menudo en desmedro del estudio de otros períodos históricos, siguiendo un paradigma de arqueología nacionalista que era común, y en algunos lugares aún lo es, en los países recientemente descolonizados. Así, por ejemplo, el relato bíblico de la conquista militar de Canaán por los israelitas fue confirmado por la arqueología, en un tipo de argumentación que no ocultaba su conexión implícita con la génesis del moderno estado israelí por sobre la población árabe local. Al mismo tiempo, excavaciones como las del “general arqueólogo” Yigal Yadin buscaron, y encontraron, los restos materiales de los proyectos de construcción de los monarcas israelitas. Yadin mismo excavó Masada, el último reducto de los rebeldes judíos contra las legiones romanas, convirtiéndolo en un símbolo de la heroicidad judía.
A partir de década de los 70 las bases del consenso tradicional comenzaron a crujir, primero ante las primeras dudas expresadas sobre la historicidad de los patriarcas bíblicos y, durante los 80 y los 90, sobre las evidencias arqueológicas de la conquista de Canaán y los proyectos de construcción de David y Salomón. Esto coincidió con el desarrollo del nacionalismo palestino moderno, la primera Intifada y el abortado proceso de paz y, entre los israelíes, la aparición del “campo de la paz” y de la “Nueva Historia”. Así como esta corriente historiográfica arremetía contra los “mitos fundadores” del establecimiento del moderno Israel, una nueva generación de arqueólogos planteaban ahora una emergencia lenta y en gran medida pacífica de los antiguos israelitas dentro de un contexto predominantemente cananeo, mientras que la posterior Monarquía Unida no era más que un pequeño estado periférico.
La perspectiva palestina de la historia antigua es más difícil de establecer, principalmente porque recién a partir de la década de los 70 se establecieron departamentos de arqueología en universidades de Cisjordania. Solo con la creación del Departamento de Antigüedades Palestino en 1994 hubo una clara política cultural y arqueólogos profesionales que concientizaran sobre la herencia arqueológica local.
La visión palestina del pasado está cruzada por las mismas contradicciones que predominaron en las décadas iniciales de la arqueología israelí. Por un lado hay esfuerzos denodados por enfatizar el carácter multiétnico de la herencia histórica palestina. No sólo se intenta desprender de la atención excesiva que se dispensaba habitualmente a la época bíblica, sino que supera el tradicional desdén por los restos materiales de la época pre-islámica, la “edad de la ignorancia”. Pero por otro lado el pasado es usualmente utilizado como una herramienta nacionalista, esgrimiendo en un giro irónico argumentos tomados de la arqueología bíblica más tradicional, pero dándolos vuelta. Líderes palestinos como Yasser Arafat han enlazado los modernos palestinos con los cananeos y jebuseos como prueba de que los palestinos tienen más derecho al control de esta tierra que los israelíes, e incluso han negado que un templo judío haya existido alguna vez en Jerusalén.
Queda claro que la solución al conflicto podrá vislumbrarse cuando haya compromisos políticos, económicos y de seguridad de ambas partes, pero solo una clara y honesta comprensión de la imbricación entre pasado y presente puede llevar a un estándar mínimo de entendimiento.
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