Arthur Brown, el Dios del Fuego del Infierno

Arthur Brown es un crisol de tendencias y personalidades, en muchas de las cuales fue un pionero. Fue el indiscutible rey de la psicodelia en Inglaterra a finales de los años 60. Con su carisma y creatividad, demostró que la teatralidad en el rock puede ser tan importante como la música.

Santiago Pfleiderer
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BA1De vez en cuando compartimos en estas columnas algunas percepciones referidas a bandas de culto y muchas de ellas desconocidas que jugaron a la par de muchas de las ya clásicas y consagradas. Bigelf, Cressida, Anglagard, Colosseum II –entre otras- tuvieron lugar en estas páginas para dar cuenta de que, incluso en otros países, el under puede resultar más interesante y seductor que aquellos sonidos que ya tienen su lugar en las radios y en los grandes escenarios. Por eso esta vez los invitamos a retrotraernos a la movediza Inglaterra de mediados de los años 60 para conocer a un personaje fuera de lo común: Arthur Brown.
Antes de que el rock progresivo fuera bien identificado por características musicales concretas, específicas, existió lo que la crítica de rock se conoce como progresivo temprano, una era musical en la que muchos de los grupos de finales de los 60 y principios de los 70 experimentaban con un abanico de recursos basados en sintetizadores y en incluir en el rock otros géneros musicales en busca de un sonido más acorde a las emociones imperantes del cambio de década, fusionando el blues, la psicodelia y el folklore. Algunos de esos grupos desviaron su sonido hacia espectros más pop, como Traffic o Supertramp, y otros se terminaron por definir en alguna línea progresiva clara, como Génesis, mientras otros tantos desaparecieron tras haber logrado un buen testimonio que hoy podemos conocer gracias a Internet y a los archivos sacramente profanados.
Los años 60 se estaban yendo cuando en la Costa Oeste de Estados Unidos. El Flower Power agitaba los confundidos corazones de una juventud golpeada por la Guerra de Vietnam, y el ácido coloreaba los bodegones donde Jimi Hendrix, Janis Joplin, The Doors y Velvet Underground iluminaban un presente de revolución y un futuro de paz; mientras en Inglaterra el folk y el blues comenzaban a sonar más fuerte, y la psicodelia nacía de  capullos en tecnicolor. Los grandes festivales de música rock, como el de Woodstock, el de la Isla de Wight y Altamont, entre otros, posibilitaron el ascenso de grandes formaciones musicales desconocidas hasta el momento.
No caben dudas de que el año 1967 fue el año del ácido y de la psicodelia, el año donde se comenzaron a gestar grandes utopías de revoluciones, de amor y de paz; el año en el que comenzaría el gran espíritu rebelde y creador de la década del 70.
En este contexto, surgió en Inglaterra un músico que renovaría el espíritu del Rock en todos sus niveles. Mentor de shows de choque y teatralidad, fue una influencia directa de bandas y artistas como Led Zeppelín, Ozzy Osbourne y Alice Cooper. Arthur Brown fue el indiscutible rey de la psicodelia en Inglaterra a finales de los años 60. Con su carisma y creatividad, demostró que la teatralidad en el rock puede ser tan importante como la música.
Con su single “Fire” se apoderó del  Nº 1 de las listas de los rankings británicos y norteamericanos. Entre los años 1966 y 1967, lideró el movimiento psicodélico británico e influyó de forma considerable entre artistas como Jimi Hendrix, Pete Townshend o Mick Jagger. Habiendo participado de numerosos e importantísimos festivales, estuvo rodeado de personas y bandas a las cuales influyó notoriamente, como por ejemplo The Doors, Janis Joplin, Jefferson Airplane, Blue Cheer y Iron Butterfly, entre otros chamanes de la Cultura Rock.
En lo artístico, Arthur Brown es un crisol de tendencias y personalidades, en muchas de las cuales fue un pionero. Su mirada intensa sobre el blues y el soul lo sitúan al mismo nivel que Captain Beefheart o Van Morrison. Al cantar en tonos graves nos hace recordar a Frank Zappa, en los medios a Scott Walker y en los agudos es el padre del heavy, ya que su voz nos remite a  Ian Gillan y Ozzy Osbourne, y su puesta en escena inspirará luego a Alice Cooper. La presencia del órgano Hammond, tocado por Vincent Crane –tecladista de Atomic Rooster-, y acompañado en las giras por el baterista Carl Palmer (quien poco después se uniría al mítico grupo de rock progresivo Emerson, Lake & Palmer), hacen de su música un mundo de ceremonias y rituales que han hecho del Rock un lugar perfecto para el delirio, donde las mitologías toman vida y pasan a ser parte de un mundo mitad ficción y mitad realidad, cargado de símbolos y espíritus salvajes, como en una noche de Walpurgis.
Arthur Brown se llamaba a sí mismo “The God of the Hellfire” (El Dios del Fuego del Infierno), y eso generó el rechazo de la industria del Rock y, sumado a algunas actitudes extremas en escena, le privaron de un legítimo reconocimiento. Arthur Brown registró su primer álbum, The Crazy World of Arthur Brown, en 1967, creando las bases del movimiento psicodélico y del Acid Rock en Inglaterra, trayéndonos los inframundos y a sus oscuros seres para hacerlos participar de esta ceremonia que llamamos Rock.