Justo ahora

Cuando más necesitábamos de su perspicacia analítica para entender las claves de los cambios sociales que atravesamos en estos días por obra y gracia de las nuevas tecnologías, se ha silenciado la voz de Umberto Eco, el eminente italiano que falleció el viernes a los 84 años.

Por J.C. Maraddón
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ilustra humberto ecoHacia mediados de los años sesenta, el imperio de la televisión se había extendido lo suficiente como para llegar a la mayoría de los hogares en los países centrales, mientras que el servicio empezaba a expandirse hacia las regiones periféricas del planeta. Se trataba de un fenómeno inédito en la historia de la humanidad, porque la señal televisiva conformaba un atractivo imposible de eludir para las grandes audiencias, que caían rendidas ante los encantos de la pantalla chica. Y, a diferencia de la radio, la TV obligaba a sus consumidores a prestarle una atención exclusiva, lo que permitía que sus contenidos fuesen asimilados casi sin encontrar resistencia.
En un mundo por demás ideologizado en función del devenir de la Guerra Fría, el control de esta herramienta comunicativa era considerado estratégico. Tanto desde el otro lado de la Cortina de Hierro como en los países que promovían la economía de mercado, se pretendía utilizar a los productos audiovisuales como elementos de propaganda, que intentaran convencer al público de cuál era el bando más conveniente. Sin embargo, la mayoría de los programas que ocupaban los espacios de programación se fijaban el propósito del entretenimiento, que les garantizaba altos niveles de audiencia y, por ende, de ingresos publicitarios.
Las grandes teorías que en esos años dominaban el panorama académico, no podía permanecer ajenas a esta verdadera revolución mediática. Y mientras ciertos estudiosos estadounidenses se limitaban a describir los mecanismos de funcionamiento de la comunicación televisiva, desde Europa surgieron voces críticas que señalaban la eficacia de la tele en la manipulación del gusto y en la transmisión de valores consumistas y estereotipados. La polémica que se instaló no distaba mucho de otras que se habían planteado frente a otro tipo de rupturas: ¿era la TV intrínsecamente nefasta? ¿O cabía la posibilidad de hacer un uso provechoso de ella?
Fue en esta coyuntura que Umberto Eco saltó a la palestra con su ensayo “Apocalípticos e integrados”, que salió en Italia en 1964 y que esparció sus inquietudes por todo el planeta durante por lo menos los siguientes 30 años. Lectura obligada en las carreras de comunicación, el libro de Eco tuvo la virtud de reflejar un estado de situación desde una perspectiva novedosa. Porque reflexiona sobre la manera en que se abordaba a los medios masivos y, sobre todo, explica el porqué de esos abordajes. Una inteligente mirada que marcó a varias generaciones y que situó a su autor entre los mayores eruditos universales en la materia.
Con el correr de los años, la celebridad de Umberto Eco se trasladó desde la elite universitaria a la gente común, que era consecuente consumidora de los mass media y que fue permeable a la historia narrada por el profesor italiano en su novela “El nombre de la rosa”. Esta faceta literaria proveyó a Eco de un aura única: su discurso cautivaba tanto al científico social como al ciudadano de a pie. Y sus palabras se erigieron en una referencia siempre requerida a la hora de analizar con rigor las características de los acontecimientos sociales del momento.
La muerte de Eco, ocurrida el viernes en Milán a los 84 años, nos priva de ese avistaje siempre agudo e inteligente sobre la evolución de las sociedades en relación a los procesos comunicativos. Justo ahora que estamos atravesando la revolución de las nuevas tecnologías y que los fenómenos que él reflejaba hace más de 50 años se han acelerado hasta el infinito, se silencia la perspicacia de su análisis. Y no nos queda otra que volver a sus escritos proféticos para encontrar allí las claves de lo que vendrá.