Diarios de nombres y renombres

Por supuesto, un siglo y medio atrás no existían la radio, la televisión, ni Internet como vías de circulación de la noticia, de la comidilla, del reconocimiento o de la mera banalidad. Sin embargo, ahí estaban los diarios, prestos a distinguir a los miembros de la sociedad local.

Por Víctor Ramés
[email protected]

La familia Páez en su casona de San Carlos Minas, 1915. Publicada por Cristina Boixadós: “Historias reveladas”.
La familia Páez en su casona de San Carlos Minas, 1915. Publicada por Cristina Boixadós: “Historias reveladas”.

Entre la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX, los diarios de Córdoba (siguiendo una tendencia general) encontraban el modo de reflejar la presencia de los miembros de la clase distinguida en las ocasiones sociales. Al tratar de definir cuáles eran dichas ocasiones, aparecen los nombres de las y los concurrentes a una velada de teatro, los de quienes hicieron regalos en un casamiento, de viajeros que parten y regresan, de los enfermos, naturalmente las defunciones (el nombre que no se quiere ver publicado), aunque también se hallan datos sobre las encomiendas que se enviaban y recibían por tren, o sobre la ocupación de los hoteles.
Así visto, los medios periodísticos tenían bastante injerencia en resaltar aspectos de la vida que no eran relevantes en sí como noticia, pero que daban al propio periodista un papel de mediador de la figuración social. Podía ser relevante informar un fallecimiento, aunque no necesariamente lo era comunicar quiénes viajaron a dónde o de dónde, mientras no se tratase del ejercicio de la función pública. Tampoco parece imprescindible establecer quién había destinado qué obsequio a una boda de la alta clase burguesa. Es evidente que el periódico trazaba precisamente el círculo de la élite mediante este tipo de relato. Si las personas eran importantes, todo lo que hacían lo era. Y lo era porque señalaba una determinada pertenencia. Aquella profusión de nombres publicados aquí y allá a lo largo de unos cincuenta años definía un acuerdo tácito para reflejar la “vida social”, convertirla en una noticia pública, incluyendo referencias a la actividad comercial, de beneficencia, cultural, religiosa, recreativa, ritual, etc. A continuación se incluyen fragmentos de ejemplos de medio siglo de esa especie de “panóptico” cordobés de clase.
La sección “Ferro-carrileras” que publicaba La Libertad en 1900, incluía el movimiento de encomiendas comerciales, y daba informaciones de este tipo: “-Procedente de la Rioja, recibió el señor D. Delgado, 2 bultos de equipaje. –De Tucumán el señor C. de los Santos recibió 3 cajones de cartuchos. (…) -De Loreto, el señor Batalana, recibió 14 muebles.” O: “-Con destino a Las Perdices, remitió el señor Cuesta, 1 cajón de calzado. -A Laguna larga, remitió el señor J. Allende, 1 cajón de cerveza.”
La lista de viajeros, por su parte, era infaltable a lo largo de los años; desde que se viajaba en diligencia en 1871, como anota El Eco de Córdoba: “Pasajeros que han marchado de esta ciudad por las mensajerías nacionales de la Empresa «La Argentina» el 29 de Diciembre para Catamarca: Dermidio Ocampo, Joaquín Acuña, Electo Castro. Salidos el 30 para el Norte: Desiderio Ceballos, un hijo y un dependiente, Floro Lavalle, Felipe Rossi, Julio Soasnaba, Presbítero D. José López Arcaute, José L. Berrondo”. El formato se mantiene en 1904, como se ve en La Libertad del mes de junio: “Viajeros -De Dolores, Punilla, el señor Antiloquio Molina. -A San Francisco, el Doctor Tomás. S. Bas. -A Buenos Aires, el vicegobernador de la provincia, doctor Félix T. Garzón, acompañado de su señora Carmen Garzón de Garzón. -De Calera, el señor Alfredo Olmos. -De Cosquín, el señor Carlos Ternengo, hijo.- De Bell Ville, monseñor Filemón Cabanillas.”
Otro aporte del panóptico es la nómina de los que circulaban por tal o cual hotel, como las que publica Los Principios de 1896: “Gran Hotel San Martín – Entradas: Alberto Paz y Pedro Rodríguez del Rosario; Juan Carlos Ortiz de Buenos Aires; Salvador Leiva, Florencio Escalada y Juan de Berbelli de Río Cuarto; doctor Emilio Ocampo de San Jorge. Salidas: Luis Arrombarri y familia; A. J. Paz y familia a Cosquín; Segundo y Santiago Salvatierra ciudad; W. Robinson a Río Segundo. – Gran Hotel de la Paz – Entradas: Leonardo Ordoñez de Cosquín; José M. Rojas y familia de Capilla del Monte. Salidas: José A. Lucentes al Rosario; José M. Rojas y familia a Buenos Aires; Leonardo M. Ordoñez a Cosquín.”
En ocasión de las galas teatrales se destacaba siempre una sección especial para la sociedad presente, en un listado en el que todos querrían verse reflejados, y que a los fines de esta nota es absurdo reproducir. En una crónica de La Libertad de 1897 se lee: “La élite social ha constituido como punto obligado de cita la sala del Rivera Indarte, y esta noche (…) tendrá un lleno extraordinario. En la función de anoche, recordamos haber visto dando brillo y distinción a la elegante sala, a las señoritas…” y sigue aquí una lista de 68 jóvenes cordobesas, cuyos nombres interesan, pero rebasan la capacidad de la página.
El listado de asistentes a las exequias fúnebres “del que en vida fue doctor Escolástico Colazo Rodríguez”, en La Voz del Interior de 1904 reproduce los nombres de 37 señoras, 20 señoritas y 54 señores, un espacio no desdeñable dado a personas “de la sociedad”, que no incluirían los nombres de todos los concurrentes.
Aquellos que no andaban bien de salud se prestaban a ser parte de un rubro propio y siempre presente, como en La Libertad de 1897: “Enfermos – Encuéntrase enferma la señora Ventura B. de Molina. –El doctor Pedro C. Molina ha mejorado de la enfermedad que lo retuvo en cama algunos días. – La señora Felisa Luque, experimentó esta mañana una leve mejoría, pero desgraciadamente su estado se ha agravado a última hora. –El señor Julio Cordeiro está mejorado de sus dolencias.”
Se puede cerrar con un fragmento de la lista de regalos en una boda, aportado por el cronista de La Libertad de 1897, y que apunta a dar relieve al obsequiante: “Pudimos anotar los siguientes nombres tomados de las tarjetas que acompañaban a cada regalo: María C. de Clariá, riquísimo aderezo de brillantes; Rosario G. de Carreras, espléndida lámpara de gran pie de bronce (…); Carlina C. de Freire, una bombonera de cristal; (…) David Carrera un juego de cubiertos y un juego de té de plata; (…) Justiniano Clariá, una mesa de ónix…”.
Para que este tipo de cosas se convirtiese en noticia, era necesaria la mediación de los propios diarios, que establecían la forma y el límite de lo que merecía relucir a los ojos del público lector.