Verano del 908

La estrategia del gobierno de Mauricio Macri de no llamar a sesiones extraordinarias del Congreso hasta marzo tiene, con sus significativas diferencias, algunos puntos en común con el atribulado enero de 1908, bajo la presidencia de José Figueroa Alcorta. Protagonista del primer y resonante cierre del Congreso de la Nación, esta historia tiene algo que decir de lo que nos ocurre centena y ocho años después.bastion

Por Fernando Casullo
Prof. en Historia (UNCOMA y UNR)
Becario doctoral del CONICET.

 

Por Santiago Rodríguez Rey
Magister en Marketing, Consultoría, y Comunicación Política (Universidad de Santiago de Compostela)
Lic. Ciencia Política (UTDT).

Costumbres Argentinas

Las costumbres nos vuelven inerciales, incluso las que se amparan en lo extraordinario; lo que en otro tiempo resulta fuera de lo común se vuelve cotidiano y cuando la primera ley de Newton hace de las suyas varios acaban agradecidos al cinturón de seguridad. La estrategia del gobierno liderado por Mauricio Macri de no llamar a sesiones extraordinarias del Congreso hasta marzo ha sido discutida en cuanto foro, muro o playa se halló disponible. La movida resultó sorpresiva hasta para quienes formaron parte de la alianza electoral, y hacen que co-gobiernan, como el radicalismo, que debió trocar su tradicional discurso arraigado en el republicanismo y el uso in extremis de las instituciones, por otro que enfatiza más en las señales que debe dar un Poder Ejecutivo para ganar en gobernabilidad.

Quizás sean los recuerdos próximos pasados de un gobierno que pronto se debilitó en un laberinto de renuncias y banelcos, o un nuevo-viejo estilo de comandar al Estado, pero se han trastocado roles cargados de prejuicios y quienes pedían instituciones hoy se especializan en letra chica y quienes eran acusados de avasallar hoy parecen dignos herederos del primer Alem. Sin embargo, como la historia tiene esa manía de copiarse, como tragedia, farsa o alguna otra cosa, hay un presidente liberal (¿proto desarrollista?) que anuncia su influencia desde el pasado y pide pista. José Figueroa Alcorta, protagonista del primer y resonante cierre del Congreso de la Nación, en un atribulado enero de 1908, tiene algo que decir de lo que nos ocurre centena y ocho años después. En el marco de la normalidad institucional con giros de fraude que había propuesto el PAN desde 1880, aquel hito resultó un signo inequívoco del fin de ciclo roquista y el cambio de rumbo que se avecinaba en el país.

El Cerrajero

Figueroa Alcorta fue un hábil político cordobés, único que ostenta en su palmarés haber presidido los poderes legislativo, ejecutivo y judicial de la Argentina. Constructor de una carrera política ecléctica que se movió entre un tibio roquismo, el juarismo, el modernismo y las cercanías con Pellegrini, su acceso a la presidencia no fue sencillo y se dio en el marco de la ruptura entre Roca y Pellegrini, que sería finalmente trágica para la salud del orden conservador. Así, en 1901 y ante la salida del fundador del Jockey Club del PAN, el Zorro tomó la decisión de reunir una Asamblea de Notables en 1903 para elegir a su sucesor. La Asamblea en gran medida fue un abrazo de oso para el pellegrinismo y una puesta en escena del roquismo para bloquear las apetencias de poder que no fueron las propias. El objetivo en parte se logró, Pellegrini no fue candidato, pero en parte no: tanto el presidente -Manuel Quintana- como su vice, nuestro protagonista, surgieron de espacios políticos ajenos con los que el roquismo duro debió tejer endebles alianzas. En el caso de José Figueroa Alcorta, su nombre se reservó hasta el mismísimo Colegio electoral dado que hasta allí estiró Roca la espera confiando en poder poner a un nombre más propio (Manco Avellaneda). Suerte de “peor es nada” resultó entonces la candidatura del cordobés como vice de Quintana. La relación con entre ambos nunca fue del todo fluida y resultó decididamente mala desde la rebelión radical de 1905 en la que Figueroa Alcorta fue secuestrado. Sospechado desde el riñón quintanista de “autosecuestrarse”, en los meses siguientes Figueroa Alcorta fue denostado desde el mitrismo, que veía con preocupación su perfil roquista, aunque en realidad fue Pellegrini quien se dedicó a defenderlo.

Sin embargo, en el cénit del conflicto y las internas dentro de un PAN que funcionaba ya como un gran elefante blanco, Figueroa Alcorta terminó sentándose en el Sillón de Rivadavia. No necesitó mayores gestiones políticas, sino que el resto del trabajo lo hizo la mermada salud de Quintana quien falleció a inicios de 1906 dejando al cordobés al mando. Figueroa Alcorta llegó así a la primera magistratura construyendo un liderazgo de orfebre y en una situación de relativa debilidad. Todos los ojos puestos sobre su gobierno y sobre cómo se desempeñaría bajo las múltiples tutelas de entonces (Pellegrini, Roque Saénz Peña y principalmente Julio Argentino Roca, el Sauron del autonomismo nacional). De todos modos, no sólo no resultó un presidente débil si no que casi fue como un troyano en el disco rígido roquista. Un tiempista en el complejo sistema de alianzas de la coalición oligárquica que supo en qué round meter la mano del nocaut.

El Candado

Figueroa Alcorta tuvo un gobierno donde debió armar filigranados acuerdos desde el día uno, como muestra Martín Castro en El Ocaso de la República Oligárquica. Sospechado pero no boicoteado por los roquistas de paladar negro, intentó un primer gabinete a tres bandas, especie de cogobierno entre sectores tradicionales del PAN, republicanos y propios. Incluso llegó a dar amnistía a los revolucionarios radicales de 1905 en búsqueda de negociar su alejamiento del abstencionismo. Sin embargo, las tensiones que en el ejecutivo se alternaban con eyecciones de algunos ministros, en el Congreso se replicaban con tensiones en los armados legislativos, donde las cámaras hacían de caja de resonancia del conflicto del PAN contra el resto y donde el presidente no podía apoyar de forma clara a nadie (pero tampoco romper del todo). La muerte de Carlos Pellegrini en 1906 no hizo sino alborotar aún más a sus huestes del Partido Autonomista y a sus colegas del Partido Republicano. Algo olía mal en la política y Figueroa Alcorta ya no podía sacar chapa de roquista con matices. Intentó sin éxito reformas electorales y con éxito relativo, una política de negociaciones políticas e intervenciones federales en las provincias más hostiles para romper el cerrojo. Su debilidad de base no permitió un avance claro en esa estrategia. Y las tensiones aumentarían más al siguiente año.

En 1907 se descubrió petróleo en Comodoro Rivadavia, ante lo cual Figueroa Alcorta pidió que el Congreso hiciera una reserva fiscal de la zona para que el Estado lo explotara en forma exclusiva, pero el legislativo sólo reservó un 10%. Así, las pujas con el Congreso se incrementaron hasta un punto de no retorno el 25 de enero de 1908, cuando el Presidente clausuró al Congreso. La movida fue porque el Legislativo, dominado por los roquistas y ya en sesiones extraordinarias, se negaba a aprobar el Presupuesto nacional. Figueroa Alcorta respondió con la el cerrojo a las extraordinarias y declarando en vigencia el del año anterior. La suerte estaba echada y las puertas cerradas.

Para el final vale una aclaración a modo de cierre: más que una medida desesperada o de coyuntura, debemos leer en este cierre un capítulo más de la saga de Figueroa Alcorta en la búsqueda de autonomía, tironeado como imaginaria cincha de una forma de administrar el poder de la república que se agotaba. Tal es así que algunos partidarios del Presidente llegaron a afirmar que se había quedado corto con su ataque al roquismo más duro.

De viejos y nuevos cierres

Hay puntos varios de contacto entre el pasado y el presente, un presupuesto importante que no se aprueba, un gobierno de larga data que tiene a su conducción en retiro, pero con el teléfono a mano, una importante ley para controlar un recurso preciado cuestionada por el ejecutivo nacional. Hay claro, también, diferencias. Figueroa Alcorta sí convocó a sesiones extraordinarias del Congreso, y puso a discusión el presupuesto nacional y la reserva fiscal petrolera con sus pares del PAN. Fue en dichas sesiones que se reveló el partido contra su neófito líder y con un Roca en retirada el presidente echó mano a suspender las sesiones a las que se había comprometido. Figueroa Alcorta cargará para siempre con el mote de haber clausurado el Congreso en 1908, en cambio hoy clasificaríamos al episodio, como mínimo, “ni muy muy, ni tan tan” y miles de vericuetos constitucionales sobre la suspensión de extraordinarias saldrían a la luz. Macri no se atrevió a la posibilidad de ese extremo, y al observar lo que sucede en la Provincia de Buenos Aires uno puede suponer cierta estrategia política preventiva detrás.

A poco tiempo de suspender las sesiones hubo elecciones de Diputados que trastocaron el balance en el Congreso, Figueroa Alcorta dio su estocada con precisión quirúrgica e impuso no solo agenda hasta 1910 sino que también sucesor, Roque Saenz Peña, que lo nombraría a poco de asumir juez de la Suprema Corte. Con un horizonte electoral lejano, pero con la luna de miel del poder en su plenitud, con personajes similares, y escenarios que parecen rimar, no se puede decir que presenciamos una remake de aquel otro verano, pero sí, por ahora, una tibia repetición.

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