Cederle asiento al humor

Si un diario nos proporciona sonrisas ambientadas en un vehículo y entre viajeros de hace 120 años, el transporte público actual sigue siendo una fuente infalible de hilaridad.

Por Víctor Ramés
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Una publicidad de 1900 muestra a pasajeros de un tranvía, entre ellos varios usuarios del aceite BAU.

Los viajes en transportes públicos siempre son un medio para mezclarse con personas desconocidas, con las que –al margen de la condición humana- lo único que uno suele compartir es la compañía y la misma dirección de desplazamiento. Esos viajes proporcionan un modo de encuentro que va de la más completa indiferencia a la charla ocasional, y hasta pueden promover la conversación mutuamente interesante, y por qué no una relación, o un curso a seguir de ciertos acontecimientos, como los caballeros que Patricia Highsmith imaginó en su novela “Extraños en un tren”: dos desconocidos que acaban formulando un pérfido pacto.

Si bien las posibilidades que proporciona viajar en el transporte público son tan abiertas como infinitas, por lo general el viajero o la viajera experimenta un aburrido traslado, soportando a lo sumo a otros viajeros que no le caen tan bien, o fijando su impaciencia por llegar en alguna característica de la persona más próxima o destacable del panorama humano dentro de la cabina. También hay pequeñas comunidades de viajeros en las que la proximidad y cierta etiqueta reclaman un mínimo intercambio de palabras, o acaso una conversación -no por todos bienvenida. Los viajes en un compartimiento de tren han dado hilo a la literatura y al cine de diversos géneros, y los que se realizan en un vehículo público colectivo pueden ser fuente de cierta anécdota digna de oír, o causa de unos brotes de risa.

En otra ocasión esta página se sirvió de material brindado por la colección del diario Los Principios, en el tomo encuadernado que corresponde al año 1896 del matutino cordobés fundado en 1894. La sección dominical que traía ese diario, (lo que sigue es una autocita) “se volcaba hacia las lecturas amenas, un toque humorístico y de costumbres, y en ocasiones alguna moraleja en refuerzo de la fe católica”. Aquella página de los domingos cordobeses de fines del mil ochocientos vuelve a donar unos fragmentos, para amenizar un verano de 120 años después. Los textos escogidos tienen por escenario el interior de un tranvía, de un tren o de una diligencia, y todos ellos se nutren del humor espontáneo de los hechos o de la imaginación, pero siempre inspirados por los chispazos que pueden saltar del intercambio de palabras de un viajero urbano o interurbano, con otros desconocidos en su misma condición.

Los dos primeros tienen por protagonistas a un cura o a un prelado católico y son muestras de un humor a favor de estos personajes, quienes salen victoriosos de una esgrima verbal iniciada con sorna por un contrincante:

“Hace poco que un sacerdote subía al tren con rumbo a Río 2° sentándose en un coche entre algunos espíritus fuertes.
-Señor cura, dijo uno de ellos con aire de benevolencia, y guiñando el ojo a los compañeros; ¿sin duda que V. sabrá la gran noticia?
-No señor, respondió el cura; no he leído hoy el periódico, pues desde temprano he salido de casa para emprender el viaje.
-¿Cómo? V. ignorarla? Pues si no se habla de otra cosa.
-Pero señor, yo no comprendo lo que V. quiere decir.
-Con gusto se lo diré a V.: ¡Ha muerto el diablo!
-Qué quiere amigo! Afortunadamente siempre he tenido compasión de los hijos huérfanos, y por consiguiente, le ruego acepte estos diez centavos!…
La risa estalló entre los concurrentes y el parlanchín avergonzado tuvo que mudar de coche.”

El siguiente caso se ambienta en los Estados Unidos, país plagado de protestantes y de diligencias. El tratamiento honorífico dirigido al obispo debe leerse como “Vuestra Señoría ilustrísima”:

“Érase un buen Obispo católico de los Estados Unidos, al cual, habiéndosele muerto de repente el humilde caballejo en que solía visitar su extensa diócesis, tuvo que meterse en una diligencia, donde halló por compañero de viaje a cierto ministro protestante. Este quiso dar al Obispo una zumba para avergonzarlo y desacreditarle ante los demás viajeros, que eran también protestantes, y con aire burlón le dijo:
-¡Hola! Parece que a V. S. I. también le gustara caminar sobre ruedas y en mullidos cojines; ¿qué se ha hecho del caballo de marras?
-Se ha muerto –le contestó el Obispo.
-¡Pobre animal! –continuó el ministro zumbón; no habrá podido V. S. I. administrarle los Santos Sacramentos?
-No, señor, respondió el Prelado sonriendo.
-¿Por qué?
-Porque era protestante.
Calló el impertinente burlador, y estallaron contra él las risotadas que quería provocar contra el pobre Obispo; a quien todos los viajeros trataron con respeto y notable deferencia.”

A continuación dos relatos localizados respectivamente en un tranvía y en un tren y que se resuelven en muy pocas palabras.

“Un caballero enorme sube a un tranvía.
-Yo pensaba- dice un viajero a su vecino, que los tranvías estaban para las personas y no para los elefantes.
-Señor mío- responde el gordo aludido, el tranvía es como el arca de Noé, admite toda clase de animales, desde el elefante hasta el pollino.”
—–
“Ocho viajeros ocupan un vagón.
Siete de ellos tienen el cigarro encendido.
El octavo viajero les pregunta con la mayor finura:
-¿Les molesta a ustedes que yo no fume?”

Para rematar la nota, ¿qué tal un ejemplo de 2015? Ese año ya es también historia. Tomado del natural, en el transporte público urbano local y recreado por el dramaturgo cordobés Gonzalo Marull:

“(Córdoba. Ómnibus 601. Mañana.)
HOMBRE QUE SUSURRA: Yo por vos… vos sabés… Yo por vos… dejo el fernet y no voy más al rally…
MUJER QUE HABLA FUERTE: Caiate.
HOMBRE QUE SUSURRA: En verdad, lo hago. Soy hombre, tengo fuerza, soy lindo.
MUJER QUE HABLA FUERTE: Caiate! Si estás hecho bosta.
HOMBRE QUE SUSURRA: Tenía un fachón.
MUJER QUE HABLA FUERTE: Caiate!!! Me vendiste un buzonazo.
HOMBRE QUE SUSURRA: Anoche soñé con el Registro Civil.
MUJER QUE HABLA FUERTE: Caiate, no me hables de eso. Cómo me explicás el gatito en el Uasap. El tigre gordo, feo y con tacos que aparece. Explicame… explicame… no tení excusa.
HOMBRE QUE SUSURRA: Acercate… vení… dale… dame un besito.
MUJER QUE HABLA FUERTE: Salí buzón.
(Besito)
MUJER QUE HABLA FUERTE: Salí.
(Besito)
HOMBRE QUE SUSURRA: Vení.
(Besito)
(Besito)
(Beso largo)”