El hombre que volvió a la muerte

Líder a lo largo de cuatro décadas del trío inglés de rock duro Motörhead, el bajista y cantante Lemmy construyó en vida un mito que, con más razón, va a agigantarse ahora tras su muerte, ocurrida el lunes, a sus 70 años, por culpa del cáncer.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustrta lemmy kilmister“En una Pelea entre Dios y Lemmy, ¿quién ganaría? Ninguno, ¡porque Lemmy ES Dios!”. Esta adivinanza, tomada de la película “Airheads”, resume la leyenda de un músico que parecía invencible, pero que murió el lunes a los 70 años, víctima del cáncer. Líder a lo largo de cuatro décadas del trío inglés de rock duro Motörhead, Lemmy construyó en vida un mito que, con más razón, va a agigantarse ahora que ya no está en esta tierra. Su música, pujante y atronadora, apenas es una parte de una epopeya que consiguió materializar aquella omnipresente fantasía de “sexo, drogas y rocanrol”.

Las anécdotas biográficas de Lemmy, que constan en entrevistas, libros y filmes documentales, rayan el grotesco. Porque ha habido pocos como él que se hayan acercado tanto al prototipo de héroe rockero, a riesgo de someterse a los trazos de una caricatura, como si fuera una más de la galería de criaturas de los programas televisivos de Antonio Gasalla o Diego Capusotto. Él mismo se dibujó como tal, hasta dejarse devorar alegremente por el personaje, consciente de que ese camino lo llevaba a coquetear con la muerte pero, al mismo tiempo, lo conducía a una gloria que no tenía demasiado que ver con el arte, sino más bien con una cuestión de actitud.

Por sus propias confesiones supimos que, cuando quiso someterse a una transfusión completa de su caudal sanguíneo, los médicos desaconsejaron el tratamiento: su organismo estaba tan deteriorado, que el ingreso se sangre pura y fresca podía ser letal. Sus hazañas sexuales, abajo y arriba del escenario, sus maratónicas ingestas de whisky y drogas pesadas, todo consta en las prolijas memorias que Lemmy nos legó y de las que nada ha sido desmentido. Vivir al límite lo puso varias veces sobre el borde de la agonía y sólo su fortaleza física le permitió sobrellevar esas crisis, hasta rodearlo de un aura de inmortalidad.

En comparación con ese currículum, su trayectoria musical palidece, aunque exhibe méritos no muy frecuentes. Lemmy empezó trabajando como asistente de Jimi Hendrix y durante los primeros años setenta militó en la formación del grupo de rock psicodélico Hawkwind. Sus compañeros de esa banda lo eyectaron después de que cayera preso por tenencia de drogas y fue entonces cuando decidió comandar su propio proyecto, Motörhead. Bajo ese nombre se ganó el afecto (manifestado mediante escupitajos) de los punks, aunque en realidad lo que estaba haciendo era abrir un nuevo panorama para el género del heavy metal británico, que iba a prosperar gracias a Iron Maiden.

Con un sombrero o un pañuelo sobre su cabeza y el gesto adusto enmarcado por sus bigotazos, Lemmy fue siempre el malvado perfecto, de voz cascada y pose provocadora, que aferrado a su bajo podía encabezar una revuelta sonora capaz de levantar al infierno, como dice una de sus canciones. Tan exageradas eran sus maneras, que había que encontrarle una explicación por el absurdo: sólo un perdedor nato como él era capaz de hacerse fuerte en sus defectos para edificar, a partir de ellos, un destino soñado.

El final de la historia era previsible, pero Lemmy no vivió para contarlo. Relató una y mil veces cómo se había recuperado tras atravesar instancias que hubiesen liquidado a cualquiera. Y eso nos hizo pensar que tal vez estaba condenado a ser eterno. Sin embargo, Lemmy era tan mortal como cualquiera de nosotros. Y aunque escuchemos mil veces su música rápida y furiosa, no habrá manera de mitigar una ausencia que priva al rock de una de sus figuras mejor caracterizadas. La moraleja es clara: de la muerte no se vuelve. En todo caso, Lemmy, el indestructible, está volviendo de la vida.