Destellos en el submundo del placer

“La Intimidad”, último libro de Roberto Videla, conduce por estaciones del laberinto de los encuentros sexuales entre hombres.

Por Gabriel Ábalos
gabrielabalos@gmx.com

La Intimidad R VidelaDentro de la literatura que viene proponiendo el actor, director escénico y escritor Roberto Videla, hace años incorporado a la cultura cordobesa (nació en Gral. Alvear, Mendoza, en 1948), la publicación de su nuevo libro de narrativa da un nuevo paso en el  proceso de arrojar luz sobre su propia experiencia, por medio de la exposición a la mirada de los otros. En La Intimidad, el autor relata pormenores de la vida sexual gay en los circuitos donde ésta se desarrolla, aunque no necesariamente de la vida afectiva, si bien por momentos ambas se aproximan una a la otra.

Siempre puede existir alguna divergencia entre el autor y la voz que enuncia en la prosa los hechos, pero uno se inclina a aceptar que la literatura de Roberto Videla tiende al grado cero de dicha separación. Roberto siempre ha narrado no ficción y hay en su literatura un camino de la propia verdad por expresarse. Esto se puso de manifiesto en tanto nos dejaba asistir a sus vivencias como soltero en viaje de vacaciones, a su vida diaria urbana, a su afecto por los animales, a sus búsquedas del amor; así como cuando nos franqueó la entrada a escenas de su madre en primer plano, y a su propia mirada de la madre. En su escritura hay un proceso de autoanálisis que podría ser interesante en sí mismo, pero que sobre todo cuenta con el arte y el oficio literario como sustento narrativo. Y La Intimidad, libro recién editado por Mansalva de Buenos Aires en su colección Poesía y Ficción Latinoamericana, más que ficción es una puerta abierta al corazón de alcaucil de los secretos personales, lo más protegido y profundo: el desvelamiento de los altares donde reside el propio yo en toda su desnudez, a la mirada –y al juicio- de lectores y lectoras.

Allí, en esos encuentros en saunas, en baños, en cines, para acariciar y ser acariciado, penetrar y ser penetrado, lamido y chupado por alguien someramente conocido o totalmente desconocido, se extiende el territorio oscuro de la intimidad. Ese lado oscuro no lo es sólo a la sombra del prejuicio, sino como expresión de imágenes que reaparecen en la misma escritura del autor, cuando habla de una serie de “pequeñas humillaciones, pequeñas venganzas, mezquinos ardides (…), amores enmascarados de paja y pajas disfrazadas de amor”. O a lugares y circunstancias donde “todo se puede volver patético en un segundo” o dónde el narrador a veces se ha sentido como “un perro que aprendió un poco a disimular y va recibiendo resabios, desechos, pequeñas paradas, amagues de golpes suaves, migajas”. Un poco como la vida misma, si bien se mira.

Esa oscuridad a veces rebela al autor, que expresa a cierta altura: “Me cansé de escribir sobre esto, quiero decir que hay un fin, un tope: el final es no encontrar ya en los roces continuados de los cuerpos la chispa que me sorprenda y quiera contar, que quiera compartir, en la que encuentre un sentido más allá –o más acá- del deseo realizado. Ya no encuentro anécdotas literarias”.

Por momentos la escritura asume un tono descriptivo antropológico, tanto de los hechos como de las sensaciones e incluso de los sentimientos, y el efecto de esa actitud rinde en términos de una naturalización de lo narrado. En ese efecto de naturalización se cifra la comprensión menos prejuiciosa del deseo y del sexo de los otros, y la sedimentación de valores como la inclusión, la tolerancia, el ponerse en el lugar del otro en lugar de proyectar los miedos y la propia ignorancia y hasta la repulsión a priori. La Intimidad precisa de un contexto mínimo de equidad, de inclusividad y aceptación de la diversidad, para su circulación y recepción. Algo que no es un fruto espontáneo, ni flor de un día. Tampoco algo definitivamente conquistado y sí valores en continuo movimiento, muchas veces lamentablemente en retroceso.

El narrador, para ahuyentar parte de las sombras de lo desconocido, pasa entre medio de todas esas escenas donde se comprometen la propia piel, la excitación, los celos, la negociación, los juegos amorosos, la procacidad, la dominación, las decepciones, momentos en los que “el aljibe amoroso se nubla”, recorriendo los escenarios y estados de los encuentros sexuales. Atraviesa todo eso como un literato que ha develado su yo de hombre gozador, y que ahora lo describe y descubre los laberintos de un circuito del placer, especie de submundo literario rescatado de ese oscuro lugar. Y como indagación que no cesa, ya que “está todo por ser descubierto, explorado. Todo es virgen, todo es inquietante y también conocido.”

Equidad, tolerancia, mirada antropológica: nada de eso por sí sólo sería literatura si no se presentara al lector como una sucesión de capítulos singulares, cada uno de los cuales va revelando  una sensación, un descubrimiento, un personaje, una circunstancia, que renuevan el interés y despliega en suma como una preceptiva de la donación de la propia experiencia. Cada capítulo llena las reglas narrativas, sin regodeo –no más, por lo menos, que la necesidad motivacional del escritor-, con la mirada en los hechos, con una valoración de la memoria vivida. Y el libro se lee como un viaje a través de un íntimo documento de época y de costumbres subterráneas. De ese tránsito extrae Roberto Videla un conocimiento precioso: “De todo esto nace ese destello de alegría absoluta que me invade a veces en esos lugares sombríos. Ahí es posible ser diferentes a uno mismo. Se respira libertad, asombro.”