Ánimo de dañar

La presidenta actúa como si aspirara a dejarle el peor país posible a quien la suceda. Todo desacomodado. Nombra personal masivamente en varios ministerios, designa embajadores cuando está a punto de irse. Hasta tuvo la osadía de proponer dos nuevos ministros para la Corte Suprema.

Por Gonzalo Neidal
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2015-11-18_CRISTINAAunque el resultado electoral todavía no está determinado, Cristina Kirchner actúa como si el próximo presidente fuera a ser, fatalmente, Mauricio Macri.

Por ahí se le escapa alguna frase que nos muestra que ella ya considera que la suerte está echada. Pero lo más revelador son los hechos. En ellos, Cristina  muestra que está segura que quien ocupará la Casa Rosada cuando ella parta el próximo 10 de diciembre, será alguien que no es su amigo. O sea, Mauricio Macri.

Aquel plan original de “cuatro por cuatro” (dos mandatos de Néstor, dos de Cristina, intercalados) no pudo ser. Tampoco pudo colocar a alguien afín como sucesor. Alguien bien “del palo”, que le sirviera de cobertura y protegiera su retirada, que se vislumbra desprolija. Tuvo que aceptar a Daniel Scioli, a quien íntimamente desprecia. Está en ciernes, con alta probabilidad de ocurrir, el peor de los escenarios imaginados: que gane otro, que venza un opositor, que triunfe Mauricio Macri. Eso parece pensar ella.

Si algo hemos conocido de la personalidad de la presidenta durante estos años, es que ama el poder. Y el poder absoluto. La república, la división de poderes, una justicia independiente, son incomodidades que deben aceptarse para que a una no la acusen de dictadora, ha de pensar. O de reina.

Para ella, dejar el poder, muy probablemente para siempre, es un hecho ciertamente ominoso. Si al menos quedara algún amigo sentado en el sillón de Rivadavia… Si al menos la provincia de Buenos Aires hubiera sido ganada por Aníbal, un fiel servidor y gran intérprete del estilo kirchnerista… Apenas, Santa Cruz.

Irse del poder ha de ser algo desgarrador para quien lo ama. Como todo amor no correspondido. Y es en esas situaciones de amores desairados que nace el despecho. El ánimo de hacer daño al que nos reemplaza, al que nos desplaza. Hay gente que reacciona de esa manera, con rencor, con resentimiento, con espíritu de venganza.

La presidenta actúa como si aspirara a dejarle el peor país posible a quien la suceda. Todo desacomodado. Nombra personal masivamente en varios ministerios, designa embajadores cuando está a punto de irse. Hasta tuvo la osadía de proponer dos nuevos ministros para la Corte Suprema.

Y ahora, permite que el presidente del Banco Central venda dólares a futuro a un valor ridículo. Son dólares que deberá entregar el próximo presidente, con claro perjuicio para el país. Dos diputados nacionales denunciaron el hecho y actuó la justicia. Entonces Cristina se enojó porque no la dejan hacer todo el daño que ella desea, y se comunicó por Twitter haciendo conocer su desagrado.

Es su modo de entender el amor al poder.

No a la Patria, claro.

Porque si, como le gusta decir, “la Patria es el otro”, ahora tendría la ocasión de demostrarlo.

Absteniéndose de dejar el país regado de presentes griegos, por ejemplo.