Fascinación que no envejece

Al celebrarse ayer el cumpleaños número 80 de Alain Delon, cabe replantearse cuántas cosas sucedieron desde aquellos años felices (entre las décadas del cincuenta y del sesenta) y cuáles de todos aquellos anhelos de un mundo mejor finalmente se pudieron concretar.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Entre la avalancha de cambios que le sucedieron al mundo entre los años cincuenta y sesenta, cabe señalar fundamentalmente el de los parámetros estéticos. Lo que se consideraba en otros tiempos como ejemplo de belleza, empezó a ser catalogado como demodé y como representativo de una época a la que se pugnaba por dejar atrás. Y aparecieron tendencias que un par de décadas antes hubieran sido condenadas como herejes, osadas o de mal gusto, y que a partir de la revolución cultural que se vivía se transformaron en una referencia universal.
Es lo que ocurre siempre en esos periodos de ruptura, en los que un edificio de conceptos construido ladrillo sobre ladrillo por generaciones enteras, se desmorona abruptamente para dar paso a la edificación de una nueva estructura basada en sus propios cimientos. Claro que lo ocurrido en ese arranque de la segunda mitad del siglo veinte fue lo suficientemente visceral como para arrasar con el pasado hasta hacerlo polvo. Y para levantar a partir de allí un nuevo credo civilizatorio que, con mayores o menores remiendos, se sostiene hasta la actualidad, despojado ya de toda rebeldía y abulonado al poder.
En esa bisagra, de la que han transcurrido ya más de cincuenta años, se sentaron las bases de todo lo que iba a venir después. Desde las proclamas políticas y las luchas por los derechos de las minorías hasta el uso de la minifalda entre las mujeres y el del flequillo entre los hombres. De lo más profundo a lo más frívolo, nada quedó fuera del radio de acción de este cambio radical, cuyas manifestaciones se verificaron en el Mayo Francés y en las movilizaciones antibélicas, pero que también se expresaron sobre las pasarelas de la moda y en la farándula del cine y la TV.
Por eso, no llama la atención que a la par de los íconos de la agitación política como Martin Luther King o el Che Guevara, se recuerden de aquellos años los sex symbols, las figuras cinematográficas que instalaron un estilo diferente de actuar, de vestirse, de peinarse; ídolos que desafiaron las mismas estructuras que los habían encaramado en la cima de la popularidad, para abrir nuevos caminos hacia la consagración, que iban a ser fundamentales para todos aquellos que aspirasen al estrellato de allí en adelante. No sólo fue la apariencia, sino más que nada la actitud, lo que esta nueva camada de famosos expuso como atributo para seducir al público.
Varios de los ejemplos de esta nueva generación de astros de la pantalla grande provenían de Europa, un continente todavía desgarrado por las consecuencias de la guerra, que gracias al esfuerzo y al Plan Marshall empezaba a salir de la bancarrota. Y, qué duda cabe, uno de los referentes masculinos de esta raza de héroes que protagonizaba las fantasías eróticas de las mujeres es el francés Alain Delon, quien de la mano del notable realizadorLuchino Visconti ingresó en ese Olimpo soñado, justo en el momento en que todo se estaba poniendo patas para arriba y precisamente cuando hacían falta rostros nuevos, que asumieran los roles principales de las películas más asombrosas.
Al celebrarse ayer el cumpleaños número 80 de Delon, cabe replantearse cuántas cosas sucedieron desde aquellos años felices y cuáles de todos aquellos anhelos de un mundo mejor finalmente se pudieron concretar. Tal vez, en un primer vistazo, los resultados de una evaluación expuesta en esos términos pueden parecer decepcionantes. Pero quién le quita lo vivido a ese mundo que, a pesar de haber envejecido, sigue sosteniendo un espíritu más juvenil que nunca, ante el cual los jóvenes del siglo veintiuno se siguen fascinando; aunque ahora lo hagan desde la pantalla de una tablet o de un smartphone.