El PJ disidente comienza a trabajar el pos kirchnerismo

Por Pablo Esteban Dávila

KD9L6540El justicialismo nacional se enfrenta a una posibilidad de la que no tenía noticias desde hacía más de quince años: quedarse fuera de la Casa Rosada. El ajustado triunfo de Daniel Scioli y la excelente performance de Mauricio Macri en la primera vuelta presidencial hacen que esta contingencia pueda transformarse en una realidad concreta a partir del 22 de noviembre próximo.
Perder una elección siempre es una circunstancia traumática para cualquier partido en el mundo, pero mucho más para el peronismo, una fuerza cuya ideología pasa, en forma casi excluyente, por el poder y las técnicas apropiadas para conservarlo. El poder lo estructura y vertebra, le confiere el líder que simplifica su dinámica interna y delimita los límites dentro de los que operan las diferentes (y a menudo antagónicas) corrientes que animan su vida política. Perderlo constituye una catástrofe; no son pocos los dirigentes que imaginan, febrilmente, el escenario que sobrevendrá sin este insumo indispensable.
Si Scioli cae derrotado será la víctima propiciatoria, tanto de la disidencia peronista como del oficialismo K. Pero esto no durará mucho. Al cabo de algunos meses serán pocos los que se acuerden del actual gobernador de Buenos Aires y de su anodina propuesta política. En su lugar, las acusaciones migrarán hacia Cristina en particular y La Cámpora en general. La mayoría querrá creer que el kirchnerismo fue un hiato desafortunado, de la misma manera que, ahora conjeturan, lo fue el menemismo en su momento.
Los dedos acusatorios provendrán desde diferentes sectores. Los más obvios serán los de José Manuel De la Sota, Mario Das Neves, Sergio Massa y una pléyade de opositores “de la casa”, mientras que los gobernadores hasta hoy alineados con la presidente descubrirán, de repente, los groseros errores que acumuló su conductora y que, finalmente, llevaron al peronismo oficial a la derrota.
Coherentemente con este nuevo escenario, a Cristina le quedarán pocos amigos internos. La lealtad profesada por buena parte del justicialismo le fue siempre obsequiada a regañadientes, sin demasiado convencimiento. La lógica de la chequera y el látigo fueron más convincentes, durante sus dos períodos, que el programa de gobierno y las supuestas luchas encarnadas por el kirchnerismo. La mayoría del peronismo aun recuerda de cómo ella y su esposo (aunque a Néstor lo hayan indultado por su prematuro fallecimiento) intentaron desplazar al PJ por la denominada “transversalidad”, un experimento que supo contar con el concurso de radicales de la talla de Julio Cobos y post justicialistas como Luis Juez. Ahora puede que llegue el momento de plantar picas en Flandes y llamar a las cosas por su nombre.
Algunos peronistas se están adelantando al probable duelo partidario. De la Sota es uno de los más activos. Hoy se reunirá con Macri (a quien descuenta como el futuro presidente) para abordar temas que harán a la gobernabilidad del país durante los próximos cuatro años. El gobernador hace las veces de adelantado de sucesivas oleadas de dirigentes preocupados en garantizar al jefe de gobierno porteño que colaborarán para que sus iniciativas no naufraguen, en lo inmediato, en un Congreso adverso y en un país cuyas provincias se encuentran mayoritariamente en manos justicialistas.
No son propósitos exclusivamente altruistas. El peronismo opositor advierte que un triunfo de Macri lo pone a tiro de barajar y dar de nuevo dentro del partido, de la misma manera que el Tercer Congreso Extraordinario, convocado en Termas de Río Hondo por los renovadores en 1985, cimentó las bases para el retorno al poder en 1989. Imaginan que con la derrota del Frente para la Victoria podrá retornarse, finalmente, al redil de un justicialismo razonablemente organizado, ya sin los grilletes ideológicos del setentismo impuesto por el izquierdismo nacionalista que copó sin solución de continuidad los sucesivos gobiernos de los Kirchner.
No obstante, y aunque los intentos organicistas terminen razonablemente dando sus frutos, siempre quedará la cuestión sobre cómo se comportaría el peronismo en el llano. Ya se sabe: el justicialismo fuera del poder es como un adolescente que se ha quedado, de repente y al mismo tiempo, sin la computadora, la consola de juegos y el smartphone. Es decir, es un cóctel inestable, inquieto y lleno de sorpresas, al que será difícil contener únicamente con buenos modales e invocaciones al patriotismo.
Es probable que las buenas maneras duren un par de años, mientras la sucesión presidencial sea un asunto lejano. Ayudará también el hecho que, a lo largo de tal período, muchos se encontrarán abocados en despedazar cualquier tipo de resistencia kirchnerista, de modo tal de despejar cualquier campo minado a retaguardia para cuando llegue el momento. Macri podría contar, de tal suerte, con apoyos interesados (pero irreprochables) dentro de la oposición peronista para que su mandato no se despeñe por falta de buena voluntad.
Otro será el cantar cuando se aproxime el 2019. Descartada una cohabitación permanente del PJ en cualquiera de sus variantes dentro de un gobierno de Cambiemos –no debe olvidarse que los radicales son socios principalísimos y fundadores en esta coalición– el justicialismo comenzará a velar sus armas y buscar denodadamente los líderes necesarios para regresar a la Casa Rosada. Estos afanes consistirán en una dialéctica entre el poder territorial (encarnado por sus gobernadores, quizá en Juan Manuel Urtubey) y el asertivo, previsiblemente corporizado por Massa, De la Sota y muchos de los componentes de UNA. Si esto fuera así, las próximas PASO podrían deparar el interesante espectáculo de un peronismo dirimiendo públicamente quién ostentará la jefatura partidaria.
Queda por ver si la performance de un eventual gobierno macrista satisface las expectativas de retorno del peronismo. Nunca, desde la restauración democrática, un gobierno de otro signo pudo terminar su mandato, mucho menos ser reelegido. Raúl Alfonsín triunfó ampliamente en 1983 y Fernando De la Rúa logró el 48,5% en 1999, pero esto no exorcizó la amenaza, finalmente concretada, de tener que marcharse antes de tiempo. Macri asumiría con incuestionable legitimidad (no obstante que derivada de un inédito balotaje) pero tendría que enfrentar factores adversos, tales como un Congreso en minoría o gobernadores abrumadoramente antagónicos, esto sin contar con una economía que se asemeja a una verdadera bomba de relojería. Son desafíos mayúsculos, que pondrán a prueba el innegable pragmatismo y capacidad de gestión de las que ha hecho gala el porteño hasta el presente.
El peronismo opositor comienza a moverse con la idea que el kirchnerismo ya fue; el oficialista puede que demore un tiempo más en aceptarlo, pero pronto lo hará. Como fuere, habrá comenzado un nuevo tiempo en donde, otra vez, el PJ estará fuera del poder. Y, cuando esto ocurre, cosas interesantes suceden.