La jubilación de los setentistas

Por Daniel V. González

DYN46.JPGCualquiera sea el resultado del ballotage, hay una generación que deja el escenario político: la de los años setenta. Los “setentistas” lo son por partida doble: militaron y fueron marcados a fuego por esa década del siglo veinte y, además, rondan los setenta años de edad. Con Cristina, parten todos ellos. Para siempre. Llega una nueva generación de políticos.
Con los setentistas fuera del escenario por razones etarias, desaparece un modo de vivir la política. Se jubila el grueso de los que conciben la política como redención. Una generación educada con una visión impregnada de tonalidades heroicas

Aquellos años
Los setentistas llegaron a la política en un escenario muy especial, que impregnó fuertemente su visión de la política. Los años setenta mostraban un mundo donde se veía con gran nitidez que el único modo de transformar la sociedad era a través de una revolución que, para muchos de aquellos jóvenes, debía ser necesariamente violenta.
La Unión Soviética y el Este de Europa mostraban una gran solidez, a la distancia. En Cuba había echado pie el socialismo y todos estábamos entusiasmados pues llegaba la justicia, finalmente. La Iglesia Católica producía documentos como los de Medellín y Puebla y creaba la Teología de la Liberación. Es escenario se completaba con golpes de militares nacionalistas en Perú, Bolivia y Panamá, el triunfo del socialismo en Chile, el regreso de Perón tras un largo exilio y las dificultades de Estados Unidos en Vietnam, además de la rebelión de los países productores de petróleo.
Muchos se entusiasmaron en ese tiempo con la idea de que el camino de las transformaciones era el que marcaba Cuba o el Perú de Velasco Alvarado o el Chile de Salvador Allende. Y también que la violencia era el modo natural de acceso al poder si era que se quería transformar para siempre la región. La presencia de regímenes militares parecía darle la razón. Así lo creyeron numerosos jóvenes que se sumaron a la aventura terrorista.
Todos los movimientos insurreccionales participaban de esta concepción redentorista de la política. Incluso los partidos que no participaban de la idea de lucha armada.
Todo terminó en un baño de sangre y en el paulatino restablecimiento de regímenes democráticos en los países de América Latina. La guerrilla desapareció aunque en Perú lo hizo más tarde y en Colombia aún sobrevive, casi derrotada.

Algo ha fallado
Los setentistas argentinos no cesaron de recibir los embates de la realidad. Primero sufrieron el desaire de Perón, a quien decidieron enfrentar de la peor manera. Luego, la derrota militar a manos de las Fuerzas Armadas de la Nación.
Pero ahí no terminó todo.
Luego vino la implosión de la URSS. Y el hundimiento de los regímenes de Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín. El socialismo, la utopía del Siglo XX, fue un fiasco completo.
Algo había fallado. Algunos tomaron nota de eso. Pero otros continuaron con sus ideas caducas sin hacer caso a las señales abrumadoras de la realidad.
Con la generación setentista se va también una concepción de la política como redención. Era una generación que se veía a sí mismo como salvadora de los pobres. Desde América Latina, veíamos nuestro atraso como la contrapartida de la prosperidad norteamericana. Eran los poderosos del norte los que nos mantenían en el atraso y no nos dejaban salir de la pobreza.
¡Ya vendría una revolución a terminar con este estado de cosas!
Nosotros no éramos los responsables de nuestros problemas. De ningún modo. Lo eran las poderosas potencias extranjeras que bloqueaban nuestro crecimiento. Esta concepción era estimulada no sólo por la izquierda sino también por los partidos políticos tradicionales. Ellos también estaban impregnados de esta visión populista de los problemas políticos y económicos.

Una nueva oportunidad
La nueva oleada de populismo llegó a América Latina en un momento histórico. China se abría al capitalismo y eso permitió que pudiera crecer a un ritmo inigualable. Y con ellos sacar a millones y millones de sus habitantes de la pobreza, cada año.
Su crecimiento disparó el precio de los alimentos, del petróleo y otras commodities. El petróleo multiplicó por diez su precio y los alimentos, por cuatro. Un impresionante flujo de recursos llegó a América Latina y estuvo disponible para los gobiernos de la región, que se vieron tentados a impulsar políticas populistas, que siempre suponen despilfarro, dádivas, demagogia y, finalmente, decadencia.
En la Argentina, próximos a su retiro definitivo del escenario, los populistas se abrazaron al gobierno kirchnerista con fruición. Era la última oportunidad Finalmente su prédica encontraba un canal de realización. Fue realmente una década ganada. Y, para algunos –los vinculados al poder K- , en un sentido más estricto, monetario.
Pero ahora todo llega a su fin. Y, en apariencia, de la peor manera. El populismo siguió su ciclo natural: ascendente cuando hay recursos y decadente cuando el dinero se termina.
Todo indica que el gobierno populista que se va del poder no podrá imponer a su sucesor. Sólo de milagro podría hacerlo. Ya hay clima de cambio. Si así ocurre, en los próximos años oiremos a los populistas mascullar su bronca y pronunciar discursos nostálgicos sobre lo bien que se vivía con Cristina y lo mucho que se defendían los intereses nacionales.
Pero es un mundo que ya se apaga. Los precios de las commodities descendieron y con ellos las posibilidades de continuar con los desmanejos que antes pasaban inadvertidos por la colosal abundancia de recursos.
Es la despedida de los setentistas. La generación de la redención del proletariado.
Afortunadamente, parten.
Y lo hacen dejando tierra arrasada.