El cuarto de los cocodrilos

Por Luis Alfredo Ortiz

tapa_puerta_de_hierroEste libro de Juan Bautista Yofre abarca el periodo que va desde la partida de Perón al exilio en 1955 hasta los prolegómenos de su retorno en 1972. Se trata de una crónica periodística, sin pretensiones académicas, en línea con sus trabajos anteriores dedicados al “tercer peronismo”, es decir a los hechos que condujeron a la segunda presidencia de Perón y, luego del breve interregno de Cámpora, la de su esposa Isabel Martínez. En los que se refiere a la década de 1970, aporta una visión complementaria de su libro  “La trama de Madrid”. Como en esta última obra, su principal ingrediente es una copiosa documentación. En “Puerta de Hierro”, la mayoría de esos documentos son inéditos y, según el autor, fueron rescatados del “cuarto de los cocodrilos”, la habitación de la residencia madrileña de Perón en la que este tenía su archivo. Yofre accedió a través de Mario Rotundo a lo que quedaba de ese archivo, que había sido saqueado reiteradamente, incluso durante un allanamiento diligenciado por la justicia de la última dictadura militar. Además, incorpora documentos proporcionados por Norma López Rega, hija del “Brujo”.

Aunque el libro no hace aportes revolucionarios a la historiografía del período, son destacables algunas contribuciones, particularmente las que apuntan a desmitificar ciertas creencias acerca de Perón. Quizá la más notable sea la desmentida definitiva del mito que adjudicaba a Perón una inmensa fortuna (se hablaba de centenares de millones de dólares) que supuestamente lo esperaba en el exilio. El autor aporta documentos y testimonios que muestran a Perón viviendo es condiciones de estrechez económica, particularmente en los comienzos de su exilio, con una modesta renta mensual proveniente de inversiones de un pequeño capital que le administraba un amigo radicado en Paraguay. Otro aporte importante es la aclaración definitiva de la suma en juego en el pacto Perón-Frondizi, fijada en medio millón de dólares, y que ni siquiera llegó a pagarse completamente, y cuya contabilidad llevaba prolijamente el General. Como bien dice Yofre, es apenas una discreta suma de dinero, proveniente de una fuerza política, destinada a ayudar a un ex presidente en el exilio y a su movimiento.

Por su origen familiar —su padre fue un importante dirigente conservador y embajador de la “Libertadora” en Paraguay— y su posterior actuación política, Yofre cuenta con una variada red de contactos personales, que aportan datos y anécdotas, a los que el autor agrega sus propios recuerdos. Aunque los testimonios de este tipo tienen obvias limitaciones como fuente histórica, constituyen relatos de primera mano de participantes en los hechos. Como ejemplo, valga lo que en conversación personal le cuenta Roberto Roth, secretario Legal y Técnico de Onganía, acerca del golpe que derrocó a Arturo Illia: “el Gobierno [de Illia] vivía en un mundo y el país en otro”.  Sobre la caída de este, apunta Yofre: “La caída del gobierno de Arturo Illia fue uno de los actos más inevitables de la historia argentina. Sí, inevitable, porque fueron contados con los dedos de una sola mano aquellos argentinos que rechazaron la idea de que se derrocara a otro gobierno (semi) constitucional.” A ello cabe agregar que dos semanarios, Primera Plana y Confirmado, trabajaban desembozadamente a favor del golpe; el segundo llegó a anunciarlo con fecha, y solo le erró por tres días. Como se ve, nada diferente de otros golpes de la historia argentina, que siempre fueron “cívico-militares”.

El autor cubre con cierto detalle las luchas de los sectores “azul” y “colorado” del Ejército de entonces. Para las nuevas generaciones puede resultar difícil entender el grado de injerencia que, en aquella época, tenían los militares en la política; baste decir que las fuerzas armadas se consideraban la fuente de toda legitimidad política y se arrogaban el derecho de vetar toda decisión del poder civil vigilado, todo en una atmósfera de peleas internas de facciones como las identificados por esos colores en la fuerza terrestre. Esta etapa culminaría con las presidencias de Levingston y Lanusse. La obra constituye un panorama de esa época, visto desde la actuación de Perón en el exilio, a partir de lo reflejado por los documentos exhumados.

La residencia de Puerta de Hierro fue, en gran medida, el foco de la actividad política argentina entre 1956 y 1973, año del regreso definitivo de Perón. El anciano líder recibió allí a centenares de dirigentes de todo tipo, y a emisarios oficiales y oficiosos de los gobiernos de turno, civiles y militares. Yofre revela la existencia de algunos personajes estrafalarios, como un tal José Arnoldo Barrero, de sólo 21 años, enviado por Levingston con imprecisas instrucciones: “Yo no llevaba nada que decirle, lo único que debía preguntar era para qué quería volver al país y en qué condiciones.” La audacia e ingenuidad del jovencito son compatibles con la estolidez de su mandante, que a esa altura estaba totalmente aislado y no tardaría en caer.

El autor cierra el libro con la presentación de cinco documentos inéditos, dos de los cuales resultan interesantes. El primero es una carta “en la que ‘Lucy’, una fuente que Perón tenía dentro del PRT-ERP, le cuenta los planes de la organización armada no peronista (en ese momento integrante de la IV internacional trotskista) para asesinarlo cuando retorne, el 17 de noviembre de 1972.” El autor expresa sus dudas sobre la autenticidad de este documento. El segundo, indudablemente auténtico, es una lista entregada por los Montoneros a Perón luego del triunfo electoral de Cámpora, en la que se detallan los nombres de quienes “debían” ocupar los ministerios, secretarías, jefaturas militares y otros altos cargos, todos vinculados a la guerrilla, incluyendo adherentes al ERP para la Corte Suprema de Justicia. Lo que es más insólito, la lista incluía también a los que debían ser excluidos de dichos cargos. La soberbia y falta de tacto de los comandantes montoneros llega al ridículo, puesto la pretensión de imponerle esos nombres y vetos a Perón soslayaba, como mínimo, dos cosas: que Perón, militar desde los 13 años, era el conductor que había derrotado desde el exilio a los militares y como tal no era proclive a acatar imposiciones de nadie, y que estaba minuciosamente informado de todo lo que acontecía en la Argentina y del papel que los personajes recomendados habían jugado en la política, muchos de ellos acérrimos antiperonistas hasta poco antes. Obviamente, “… prácticamente ninguno de los candidatos de Montoneros fue designado, y los que resultaron electos funcionarios, tras la caída de Héctor Cámpora fueron echados del gobierno.

Esta edición presenta muchos de los documentos utilizados, que no se transcriben en el texto, en reproducciones facsimilares de poca calidad que resultan prácticamente ilegibles. Pese a ello, y a algunas desprolijidades atribuibles a la premura por finalizar el manuscrito, el libro es un aporte interesante para  la clarificación de un periodo sumamente complejo y controvertido de nuestra historia reciente.