Tanto lío por una manzana

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El juicio de Paris - Rubens min[dc]L[/dc]as competencias en busca de la representación más óptima de la belleza femenina, están totalmente naturalizadas, si bien en los últimos años se ha rasgado la tersura de legitimidad de los valores que esos concursos afianzaron durante más de un siglo. Pero el asunto viene de mucho más atrás; se encadena con temáticas que reenvían al atavismo depositado en los mitos. Antiguas literaturas nos sugieren que lo que llamamos antigüedad tal vez no sea más que un chasquido de dedos en la temporalidad cósmica, ya que allí encontramos cosas totalmente modernas y actuales.
Será que el “eterno femenino” es funcional al sistema, o estará el mismo enclavado en las células de las mujeres. Lo mejor para discutir, mientras tomamos el té, es el recuerdo de Eris, la diosa más mete púa de la mitología helena. La tipa era sin duda una gourmet del alma femenina, sino a qué otra retorcida bruja se le antojaría vengarse de aquella forma por no haber sido invitada a la boda de los futuros padres de Aquiles –usted o yo tampoco la habríamos invitado, se lo aseguro-. Se presentó de improviso a mitad de la fiesta, portando una manzana de oro, la que depositó sobre la mesa frente a tres diosas top de entonces, y de siempre: Afrodita, Hera y Atenea, las beldades más inalcanzables del monte Olimpo. La manzana, una joya sin igual cuyo brillo hechizaba las pupilas y provocaba un sudor sutil, tenía grabada, tal vez por la propia filosa uña del dedo índice de Eris, una venenosa dedicatoria: Kallisti. El subtítulo traducía: “Para la más bella”. Y luego se marchó la muy perra, oyendo a sus espaldas cómo comenzaba la jauría a destrozarse por la fruta maldita. Las diosas tuvieron que nombrar juez a Zeus, un maestro en quitarse elegantemente el lazo –por algo era el capo dei capi- quien le cedió el sillón de jurado a Paris, príncipe troyano que no estaba nada mal él mismo. Aquel concurso desencadenó sobornos de las diosas al héroe, y su elección final de Afrodita, quien le prometió el amor de Elena (la más hermosa de todas). Esto provocó el estallido de cólera sin tregua de las otras dos, heridas en su narcisismo y, en breve, la Guerra de Troya completa.
Si alguna enseñanza deja el mito, la misma apunta hacia el costado competitivo que acarrea el poder de la belleza. Claro, es un gran poder que siempre puede volverse en contra. Asimismo, el pasaje de La Ilíada nos dejaría una sub-enseñanza: que allí donde hay jueces, también puede que haya coimas. Mientras tanto, el mundo mismo y sus habitantes constructores de ciudades, le siguen consagrando un trono fetichista a la belleza femenina. Y en lo concreto, allí están los concursos de bellas, ritualización de la manzana de la discordia en la que las participantes deben sonreír y mostrar amabilidad y corrección ejemplares. Detrás de escena, todo puede parecerse mucho a las diosas que se matan por el premio. Sin embargo, ese no es un rasgo exclusivamente femenino, hay que decirlo.
El primer concurso de belleza al que mandan las citas, fue un número secundario, pronto dado de baja, en un espectáculo montado en 1854 por el empresario norteamericano Phineas Taylor Barnum. Sí, el fundador de aquella locomotora circense que fue el circo ambulante, zoológico y freak show de Barnum, conocido en 1872 como El espectáculo más grande del mundo (The Greatest Show on Earth). De allí hay que saltar a 1921, para recién encontrar el inicio de la competencia de bellas Miss America, cuyo formato moderno se reprodujo luego en cascada en todo el mundo.
En 1861, sin embargo, un diario de Córdoba, en América del Sud, publica una columna sobre un evento en los Estados Unidos, con ramificaciones a otros países, y describía un sistema que –se haya o no concretado por esos años- prefiguraba lo que luego se organizaría como competencias internacionales de belleza.
El Eco Libre de la Juventud, de Córdoba, enero de 1861, destacaba la siguiente información:
“Acaba de formarse en los Estados Unidos una asociación, con el objeto de promover una exposición universal de mujeres bonitas.
Al efecto, varios comisarios serán encargados en diversos países para promoverla, costeando los gastos de viaje de las que quieran concurrir a la exposición.
Mientras no tenga lugar ésta, las concurrentes serán hospedadas por cuenta de la sociedad, que les pasará cuatro pesos diarios.
Se nombrará un jury mixto, es decir de hombres y mujeres, para la clasificación, y habrá para cada seis mujeres de las que resulten admitidas a la exposición, un premio a depositar de mil pesos, además del gran premio de 120 mil pesos y de 30 otros de 15 mil que serán distribuidos.
Las mujeres que resulten no admitidas a la exposición, recibirán 25 pesos para gastos de vuelta a su país.
Estos gastos se costearán con las acciones de los asociados y a más la entrada a la oposición que será desde 1 hasta 2 pesos según los días.
Nos apresuramos a dar esta noticia traída ayer por el paquete, para que nuestras bellas, vayan preparándose con tiempo a optar a tan valiosos premios. Que no se diga que la América del Sud deja de tomar parte.
Ya conocíamos una exposición humana, la que se hace en Inglaterra de los niños rollizos, con el fin de estimular a las nodrizas; pero esta de las mujeres bonitas que promueven los yanquees, no tiene precedente en el mundo.”
Sólo queda remarcar el orgullo sudamericano del cronista; preguntarse si el sistema no podía prestarse a una red de “trata de blancas” para su explotación sexual; y también quedarse pensando en ese concurso de niños rollizos, pensamiento que en sí no conduce a ninguna parte.