Córdobers: Ecos de la última descarga

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

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Intervención sobre una ilustración de Azur reproducida en la página “Córdoba de Antaño”.

[dc]L[/dc]as ejecuciones públicas, administradas por la justicia y basadas en el derecho, eran frecuentes en la sociedad civil del mil ochocientos, aunque su número estaba por debajo de los asesinatos y otros delitos dignos de esa pena. Pocos casos se encuentran en las páginas de los diarios locales. Se pueden citar como ejemplo unas menciones tomadas de El Imparcial de finales de enero de 1857:
“Richi – Parece que muy pronto sufrirá la última pena este desgraciado reo – El Tribunal superior confirmó la sentencia del inferior y el P. E. le manda dar cumplimiento – ¡Dios tenga piedad de su alma!”
Y el día del cumplimiento de la sentencia:
“Ejecución – Hoy es el día señalado por el Gobierno para que el reo Silvestre F. Richi sufra la última pena a que ha sido condenado por la justicia humana. –Dios tenga piedad de su alma, ya que en la tierra tanto ha padecido.”
Sin embargo, hay un caso que late en la leyenda negra cordobesa. Se encuentran incluso artículos y citas en Internet que recuerdan a Zenón La Rosa, el último condenado a muerte que recibió los disparos mandados gatillar por la justicia. Esto ocurrió el 29 de abril de 1872, contra el antiguo calicanto de la cañada, del cual se conserva un fragmento histórico en la división del arroyo y la calle Belgrano. La Rosa fue fusilado por el asesinato de su esposa, doña Rosario Ortiz. Ambos eran parte de la burguesía local bien emparentada.
Así se refiere don Emilio Sánchez a aquel hecho, al introducir su texto sobre la “Córdoba religiosa, social y sentimental de 1879”:
“A la Santa Hermandad del Pilar le está reservada desde muchísimos años, la misión de acompañar procesionalmente al religioso que asistido por diáconos y bajo palio conduce a Jesús-Hostia para la postrer comunión del reo de muerte. Desde la última vez que se levantara el patíbulo –y Córdoba jamás ha vuelto a tenerlo- para el uxoricida Zenón La Rosa, más infortunado que delincuente, seis años atrás, el pueblo no ha visto tan tétrica procesión.”
El hecho que le acarreó a La Rosa el fusilamiento, se ajusta a la clara tipificación actual del femicidio, y el episodio parece calcado de otros cientos que han ocurrido y que horrorizan aun a diario a la sociedad del presente. La Rosa era un hombre perturbado, posesivo, celoso. Más aún: irascible, violento, causante de incidentes familiares que requirieron a cierta altura la intervención de la policía. Su esposa logra (¡era 1870!) luego de los maltratos y agresiones violentas, dejar al marido e irse a vivir a casa de una familia de mucho apego. Y va y ronda don Zenón aquella casa sobre la actual Rosario de Santa Fe -entonces Constitución- hasta que se decide y va a golpear la puerta. Es el 13 de diciembre por la noche. Al joven que le abre la puerta, le solicita conversar unas palabras con doña Rosario. El dueño de casa lo nota calmo y le permite entrevistarse con la mujer. Ésta, durante el intercambio de palabras, nota la creciente excitación del marido, e intenta tranquilizarlo. Pero es inútil, Zenón extrae un cuchillo y la apuñala, quitándole la vida. Se logra reducir al asesino, la policía lo detiene y se lo lleva.
Menos de un año y medio más tarde, está en firme la condena a muerte de Zenón La Rosa. La impresión de su caso ha levantado polvareda social. Su condena es un hecho que conmueve, excita el odio o la piedad. Todos hablan de eso.
La ejecución es recreada por el autor de una nota, medio siglo después, en base a las descripciones de la época. Se publicó en Los Principios de 1927, la firma Nazario F. Sánchez y se puede leer en la página web Córdoba de Antaño:
“El reo fue sacado procesionalmente de la cárcel pública donde hoy están la Escuela Olmos y el teatro Rivera Indarte; le daba el brazo el señor Moisés Vidal, dignidad en la hermandad que cumplía santa y postrer misión. En cierto momento el supremo desaliento apagó en el espíritu del desgraciado las últimas energías por lo que hubo de concluirse por alzársele en un carruaje hasta el sitio donde debía consumarse la tremenda expiación que pronunciara la justicia.
La tradición iconográfica, había estilizado para los que marchaban al patíbulo, una espantable indumentaria: hábito –mortaja de un blanco cadavérico con caperuza que ocultaba la cabeza y el rostro del condenado y una ancha cruz roja en el pecho, y eso atavío lució La Rosa en los instantes supremos.
La insegura descarga no apagó su vida desde el primer instante, pero el tiro de gracia, no se hizo esperar.
La Hermandad de Caridad, se hizo cargo de aquellos tristes despojos.”
Es cierto que La Rosa fue infortunado, aunque mucho más lo fue su esposa, que murió sin juicio e inocente. En los registros parroquiales conservados desde el año 1557, en la cordobesa Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, se encuentran las actas referidas a las defunciones de ambos.
La primera reza así:
“En el año del Señor de 1870 a catorce de Diciembre, el Ayudante de Semana, sepultó en el cementerio público de esta Ciudad, con oficio de rito menor rezado, al cuerpo mayor de Dª Rosario Ortiz, esposa de D. Zenon La Rosa, que ha sido asesinada por éste en la madrugada de hoy, de 52 años. Y para que conste lo firmo yo el Cura Rector más antiguo.
José Andrés Vásquez de Novoa.”
En la segunda acta se lee:
“En el año del Sor. De 1872 a 29 de Abril, el Ayudante de semana sepultó con oficio de rito menor rezado, en el cementerio público de esta Ciudad al cuerpo mayor de D. Zenon La Rosa, viudo de Dª Rosario Ortiz, que ha fallecido hoy ajusticiado, como de 43 años. Y para que conste lo firmo yo el Cura Rector más antiguo.
Jerónimo E. Clavero”