25-O: todos los caminos conducen a Córdoba

slidePor Pablo Esteban Dávila

[dc]E[/dc]l electorado argentino parece tener convicciones fuertemente arraigadas. A cuatro semanas de la primera vuelta presidencial, las preferencias electorales señalan un estancamiento en la intención de voto de los tres principales contendientes. Daniel Scioli tendría apenas un punto más del 38,4% obtenido en las PASO, Mauricio Macri un 32% y Sergio Massa parecería haber convencido a buena parte de los que apoyaron a José Manuel de la Sota para que trasladen el respaldo a su candidatura.
Con tanta estabilidad en las preferencias es lógico que los presidenciables se encuentren empeñados en rascar la olla electoral a cómo de lugar. El problema es dónde hacerlo. Santa Fe vive una situación tripartita, con porciones más o menos equivalentes entre ellos. En la provincia de Buenos Aires opera una virtual cristalización de las preferencias, mientras que Mendoza y Capital Federal han sido ganadas definitivamente por la coalición entre el PRO y los radicales. Entre las grandes, sólo Córdoba tiene posibilidades de marcar diferencias.
Debe recordarse que la provincia decidió apoyar a De la Sota en las PASO. El gobernador se impuso sobre Macri (que era el favorito a principios de año) por un margen apreciable, revalidando de esta manera su linaje político en el distrito. Aunque, a nivel nacional, perdió la interna de UNA frente a Massa, la suya fue una elección memorable. Cosechó un 6,4% del total de votos y se transformó en la niña bonita de la política argentina. Buena parte de quienes lo votaron lo hicieron aún a sabiendas que, probablemente, no pasaría por el cedazo de las primarias, pero esto no pareció desanimarlos. Esta lealtad es la que se disputan los candidatos sobrevivientes.
No es de extrañar, por lo tanto, que Córdoba se haya convertido en la nueva Meca de la campaña electoral. Aunque todos busquen aquí los votos delasotistas, cada uno lo hace por diferentes motivos y con objetivos muy precisos.
Scioli tiene uno que, no obstante que modesto, representa la diferencia entre ser presidente o morir en el intento. Razona que, si logra convencer a uno de tres votantes del gobernador, estaría a las puertas de perforar el 40% que señala la Constitución como una de las dos condiciones para ganar en primera vuelta. Como está confiado en que Macri no podrá superar el 32%, de lograr esta meta la Casa Rosada quedaría a su alcance.
Sabe, por supuesto, que arranca desde atrás. Su performance fue incluso peor que la obtenida por su delegado, Eduardo Accastello, en oportunidad de disputar la gobernación. Pero no puede caer en la desesperanza. Quizá sea este el motivo que lo impulsa a continuar prometiendo que en su hipotética gestión presidencial solucionará todas las cuitas que la provincia mantiene con la Nación y que se llevará a las mil maravillas con Juan Schiaretti, el gobernador electo. Tampoco es menor que haya decidido organizar un plenario de gobernadores afectos y miembros de su gabinete en la ciudad deCórdoba, a sabiendas que es un territorio adverso por excelencia y que necesita señales del justicialismo orgánico y moderado para diferenciarse de la odiosa imagen que Cristina Fernández posee por estas tierras.
Macri se encuentra en la posición exactamente opuesta. Para mantener vivo su sueño presidencial necesita que la distancia que finalmente lo separe de Scioli sea menor al maldito diez por ciento. Y, al igual que el bonaerense, es perfectamente consciente que Córdoba es el único distrito en donde puede llevar adelante cierta minería electoral.
La cantera mediterránea, al contrario de lo que ocurre históricamente con Scioli, no le era en absoluto adversa, al menos en un primer momento. Los cordobeses nunca ocultaron sus preferencias para con el macrismo en el orden nacional, una predilección que comenzó a decaer, sin embargo, cuando el jefe de gobierno porteño inició su inexplicable amorío político con Luis Juez. A partir de aquella alianza, tan inverosímil como improductiva, se produjo un evidente distanciamiento con sus electores naturales, al punto tal que muchos le dieron la espalda y se inclinaron por la candidatura de De la Sota, infinitamente más coherente.
Luego de la debacle juecista, los mariscales del PRO confesaron su equívoco en privado y propusieron una serie de medidas para reparar el yerro, aunque todavía sin resultados a la vista. Si bien es cierto que Macri triunfaría en Córdoba de votarse hoy, las encuestas sugieren que no sería la victoria decisiva como para garantizar el balotaje. Aparentemente, sus electores se han vuelto más sofisticados: ahora demandan algo más que globos amarillos o genéricas promesas de cambio a cambio del apoyo que se les suplica.
No es sorprendente que lo hagan. Como precandidato presidencial De la Sota fue el campeón de las propuestas, una particularidad que, con los resultados a la vista, fue del agrado de mucha gente. Este es, precisamente, el camino que quiere adoptar Massa, el tercero en discordia. A diferencia de Scioli o Macri, obligados a crecer sobre los resultados obtenidos el 9 de agosto, el hombre de Tigre debe, primero, fidelizar los votos de UNA (especialmente en esta provincia), repartidos peligrosamente entre su propia candidatura y la del gobernador. Esto explica su devoción casi religiosa hacia su ex contrincante, devenido ahora en hombre de máxima consulta y referencia inevitable de su programa de gobierno.
Para todos los que creían que las ideas estaban de más, la estrategia parece estar funcionándole. Massa es el único que ha crecido en las encuestas, aproximándose al 20% que obtuvo UNA. Buena parte del electorado lo señala como el candidato que tiene las mejores propuestas, algo que él se empeña en destacar cada vez que puede frente al corsé kirchnerista que rodea a Scioli y el voluntarismo vitalista que enmarca la campaña de Macri. Sus metas son de una ambición restringida: arrebatarle el segundo lugar al porteño y disputar el balotaje. Esto, por supuesto, tiene un riesgo: que en la reyerta ninguno de los dos pueda forzar la segunda vuelta y que ambos queden en el camino.
Pero este es un peligro calculado, del mismo modo que Scioli está dispuesto a mitigar su kirchnerismo si de captar electores cordobeses se trata. Es un hecho que ninguno de los propósitos individuales de la troika podrá cumplirse si sus miembros no logran conquistar una parte significativa de estas voluntades. Es un tanto paradójico que este fenómeno ocurra justo cuando termina el período de mayor aislamiento nacional que recuerde haber sido sometida la provincia. Nunca como en los últimos diez años Córdoba ha sido tan discriminada por el gobierno central. Hay que remontase hasta la época de Juan Manuel de Rosas para encontrar un ensañamiento semejante con la salvedad que, en aquél tiempo, “el manco” José María Paz le provocaba un respetable temor, más o menos parecido al respeto que se ha ganado De la Sota frente a muchos que, hasta hace poco, lo sometían a los escarnios institucionales más escandalosos. Algo es algo y, a falta de sables, buenos son los votos.