Tiempos de corrupción

Por Gonzalo Neidal

2015-09-17_NIEMBRO_web[dc]E[/dc]n tiempos de comicios recrudecen las denuncias por corrupción.
Hay políticos que piensan que la mera enunciación estos hechos es suficiente motivo como para inhibir el voto hacia los denunciados. En otros casos, las denuncias aparecen para proteger el propio entorno del denunciante, para ensuciar la cancha, mezclar todo, salpicar a todos y, de ese modo, adquirir una cuota de inmunidad en medio de la abundancia de denuncias cruzadas.
Los politólogos y analistas económicos no se muestran nunca muy inclinados a darle entidad a estos hechos pues tradicionalmente han sido considerados de un volumen marginal, propios de la ambición humana hacia las “patéticas miserabilidades”.

Acá cerquita
El hecho más notable de los recientes comicios para intendente de la ciudad de Córdoba ha sido el posicionamiento de Tomás Méndez en el segundo lugar, desplazando a Unión por Córdoba (peronismo) y a la experimentada dupla integrada por Luis Juez y Olga Riutort.
Méndez es un personaje de la televisión cordobesa, canal oficialista de la Universidad, conocido por sus cámaras ocultas y denuncias rimbombantes, de quien siempre se ha sospechado una cierta vecindad, en materia de fuentes de información, con algún sector de la policía y de la justicia, cercanos al gobierno nacional.
Inicialmente, su presencia en los comicios de Córdoba aparecía como inesperada y desopilante pero a medida que pasaban los días cada vez más su figura crecía en las encuestas a partir de sus denuncias de corrupción, eje principal de toda su campaña. Su target era la franja más despolitizada del electorado, integrada por quienes piensan que la política es un mero artilugio para robar, concepto éste del que, no obstante, se suele encontrar a menudo copiosa evidencia.
En este sector, Méndez compitió con el alicaído Luis Juez, que siempre ha hecho de este rústico argumento su principal arma política. Los resultados están a la vista. Es el proceso natural que sufre el “que se vayan todos”, versión local del “piove, governo ladro”, que ya fuera explotado en otros tiempos por diversos personajes, entre ellos el columnista televisivo José Corzo Gómez, de efímero paso por la política.
Con este discurso rudimentario, Méndez obtuvo el 23% de los votos, a tan sólo 9 puntos del 32% que le valieron la intendencia a Ramón Mestre, respaldado por una alianza nacional encabezada nada menos que por Mauricio Macri, con firmes aspiraciones presidenciales.
Uno de los electorados que se supone más politizados del país, el de Córdoba Capital, destina atención privilegiada a un personaje tal que, además, poco antes de los comicios quedó enredado en una espesa trama de vídeos robados en los que aparece como protagonista de actos de corrupción similares a los que habitualmente denuncia. Francamente desalentador y difícil de explicar.

El caso Niembro
Lo ocurrido con el periodista deportivo Fernando Niembro en los últimos días tiene aristas risueñas aunque también indignantes.
El oficialismo siente haber encontrado ¡por fin! un hecho de corrupción para cargar en las espaldas de Mauricio Macri. Y lo propala a los cuatro vientos, utilizando la cadena nacional y su amplia red de medios sostenida con el presupuesto del estado.
No viene mal recordar otras ocasiones en las que el gobierno kirchnerista, ante la posibilidad de comicios adversos, cargó contra candidatos rivales. Cuando Enrique Olivera se presentó como candidato a diputado nacional por el ARI en 2005, tres días antes de las elecciones fue denunciado como poseedor de dos cuentas en bancos del exterior, que había omitido declarar. La denuncia, promovida por un empleado de Aníbal Ibarra, resultó ser falsa.
Algo parecido ocurrió en los comicios para legisladores nacionales en 2009, cuando Francisco de Narváez fue también víctima de una denuncia por supuestos llamados hacia uno de sus celulares, de gente vinculada al narcotráfico. Nada resultó cierto.
Ahora, cuando María Eugenia Vidal puntea en las encuestas como candidata a gobernadora en la Provincia de Buenos Aires, aparece una denuncia contra quien encabeza la lista de candidatos a diputados nacionales por ese mismo distrito.
Causa gracia y vergüenza ajena ver los denodados esfuerzos que realizan el gobierno y su cohorte de periodistas adeptos para sobredimensionar el caso. De todos modos, y más allá del resultado final en la justicia, debemos decir que lo de Niembro y Macri, en este lamentable episodio, resulta una desprolijidad inadmisible para quien se plantea remontar el torrente de corrupción en que se ha desenvuelto el país en estos años.
Es probable que más que un hecho de corrupción, estemos en presencia de una infracción ética que resulta asimismo repudiable. Si el Sr. Niembro tiene vocación de utilizar sus amistades encumbradas en el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para beneficiarse personalmente realizando negocios, aunque estos fueren legítimos, está en todo su derecho pero debería resignar su vocación política. O al revés: si quiere ser diputado nacional, entonces no tiene que utilizar sus vínculos para obtener contratos en la CABA.
Es probable que la empresa de Niembro haya cumplido con todos los requisitos y protocolos necesarios para que su contrato sea considerado completamente legal. Eso será determinado por la justicia. Pero la ética republicana que se predica consiste, entre otras cosas, de alejarse de los negocios con el estado si es que se prefiere ser representante del pueblo de la nación.
Claro que, por otra parte, resulta grotesca la imagen de un gobierno corrompido hasta los tuétanos como objetor de conductas ajenas. Un gobierno que cobija a un vicepresidente doblemente procesado, un gobierno que ha construido hoteles con el aparente y único objeto de blanquear dinero, tiene precarios y ajados pergaminos para una pretensión tan elevada como es la de oficiar de fiscal preocupado por la corrupción.