Mitología letal

Por Luis Alfredo Ortiz

Blank white book w/pathEste libro intenta explicar, a la luz de lo que el autor denomina “el mito de la nación católica”, las causas subyacentes a los fenómenos históricos en los últimos tres cuartos de siglo en la Argentina. Loris Zanatta es profesor de la Universidad de Bologna, y un estudioso de las relaciones entre la iglesia católica y la política en nuestro país, tema en el que exhibe una prodigiosa erudición. Aunque autónoma por su concepción y contenidos, La larga agonía de la nación católica es una continuación de Perón y el mito de la Nación católica (1943-1946), y de Del estado liberal a la Nación católica: iglesia y estado en los orígenes del peronismo 1930-1943.
El autor, describe así el mito de la nación católica: “El rasgo fundamental de ese mito que identificaba nacionalidad y catolicismo era un principio de unanimidad espiritual destinado a trascender las divisiones ideológicas y sociales. Es más, precisamente porque ambicionaba encarnar al pueblo y a la nación en su integridad, se prestaba a ser desviado en diferentes direcciones.” Como consecuencia, “de ese mito surgieron diversas versiones, y todas aseguraban encarnar a la única nación y al verdadero pueblo. Este era el meollo de la guerra religiosa argentina. Cada vertiente del mito ostentaba credenciales eclesiásticas, tanto la peronista revolucionaria u ortodoxa como lo marxista o militarista, y todas tenían obispos, sacerdotes y teólogos que avalaban sus tesis.”
Las implicancias de estas concepciones para el desarrollo de la sociedad argentina resultaron nefastas. En el ámbito militar, “El ejército, que había sido una institución del estado de derecho, se convirtió en guardián del mito nacional católico.” Esto dio origen a una verdadera iglesia paralela, que el autor denomina “iglesia militar” y a cuyos integrantes identifica como el “clero castrense”, con paladines como los obispos Tortolo, Bonamín y Bolatti, entre muchos otros.
Otra consecuencia de esta concepción fue el papel de la iglesia como matriz de la formación de los grupos guerrilleros del denominado “peronismo revolucionario”, que el autor describe minuciosamente. Comienza por Alberto Ezcurra Medrano, de quien dice “Fue él quien fundó el grupo Tacuara, donde dieron sus primeros pasos, siendo poco más que niños, los futuros guerrilleros montoneros, y fue él quien conoció a Carlos Mujica, sacerdote recién ordenado y tentado por las armas para combatir la injusticia, y a Juan García Elorrio, que había abandonado el seminario; todos hijos de la elite porteña, que tuvieron desde entonces una influencia clave sobre estos muchachos católicos en busca de guía.” Es decir, evolucionaron desde la extrema derecha hasta la izquierda armada, algo totalmente coherente dentro de la matriz mitológica nacional-católica.
El autor explica toda la evolución histórica argentina desde 1943 hasta el presente, a partir de la “guerra de religión” desatada por todos los que aspiraban, no a instaurar una democracia plural asentada en el estado de derecho, sino a monopolizar el mito, que tanto servía para un roto como para un descosido. Guerrilleros, militares y otros grupos se mataban encarnizadamente para preservar “el ser nacional” y alcanzar “la felicidad del pueblo”, entendido este último como un cuerpo orgánico, unánime e indivisible, que no admitía la pluralidad inherente a las sociedades modernas, y al que era necesario preservar de los pecados del consumismo, el individualismo y (créase o no) la pornografía. El mito nacional-católico demostró así ser incompatible con la modernidad.
El autor recorre prolijamente el desarrollo del llamado Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), el papel desempeñado por obispos como Angelelli y otros en su interacción con los grupos armados, y los enfrentamientos con el clero castrense, que llevaron a la iglesia argentina a una crisis inédita en su historia. La capacidad de odio entre los clérigos aparece expuesta sin retaceos, así como la ceguera de algunos y la hipocresía de otros. Algunos morirían a manos de los militares, como Angelelli; otros, como Mujica, bajo el fuego de ex amigos, si montoneros o lopezreguistas es algo todavía discutido, aunque irrelevante para el caso. Entre los sobrevivientes, vale mencionar al obispo Podestá, dueño de una vanidad notable, que al oír los primeros tiros se tomó las de Villadiego. Hombre muy de su tiempo, este glamoroso pastor combinaba el tercermundismo con su oposición al celibato sacerdotal, postura que predicaba ardorosamente con el ejemplo, ayudado por alguna de esas infaltables féminas de sacristía que pasaron alegremente de vestir santos a desvestir curas; terminaría cambiando los hábitos por el lecho matrimonial.
Por fuerza, la lógica de la guerra religiosa, en la que prevaleció la facción militar sobre la guerrillera, habría de llevar a que los militares intentaran depurar a la iglesia mediante la eliminación física del clero revolucionario, como ilustran los casos de Angelelli y de los palotinos, entre otros. El pavor que esto provocó en la jerarquía y en el Vaticano llevó a los obispos a tomar distancia del gobierno militar, lo que se acentuó luego de Malvinas, aunque esto no salvó a la iglesia de que algunos sectores la señalaran en bloque como cómplice de la dictadura. El clero castrense propiamente dicho, otrora vocero de la cruzada, debió llamarse a silencio.
En definitiva, de la lectura del libro surge que el mito de la nación católica constituye una especie de lodo discepoliano de la historia argentina, en el que todos los actores sociales relevantes han venido chapoteando desde la década de 1920, y en el que se ha manoseado al “pueblo” entendido por tirios y troyanos como “una entidad orgánica superior a los individuos que formaban parte de ella”. La supervivencia de este mito hasta la actualidad es un obstáculo para una democracia pluralista y un estado de derecho con genuina división de poderes.
Pese a una traducción del italiano bastante poco cuidada, campea en toda la obra una ironía sutil y refrescante, matizada por la seriedad documental del trabajo, y un conocimiento minucioso del período histórico tratado. Naturalmente, es posible estar o no de acuerdo con los planteos del autor, pero debe decirse en su beneficio que la bien documentada hipótesis del mito nacional tiene una virtud: da una explicación coherente de todos nuestros conflictos y constituye el mejor alegato en pro de la definitiva separación de las esferas religiosa y temporal como condición sine qua non para la construcción de una democracia moderna, pluralista y estable.