Un país sin Norte

Por Mercedes Colombres
Periodista

DYN60.JPGDesde el escandaloso caso tucumano hasta el tímido fenómeno de Salta, el feudalismo es la forma de gobierno que concibieron hace mucho tiempo los gobernantes del norte argentino, y no hubo partido, abogado ni ciudadano independiente capaz de disuadirlos. La ciudadanía y lo que queda de la Justicia en las provincias del norte tendrá por delante la ardua tarea de presionar para que la clase política deje de ver a la cosa pública como el kiosco de la familia gobernante de turno.
Recuerdo de los 90 las imágenes de la causa María Soledad Morales y el feudalismo descarado de la familia Saadi en Catamarca. Nos espantaban las imágenes de esos niños ricos de la política y sus fiestas descontroladas, su ostentación descarada de la plata y la profusión de calles dedicadas a la abuelita, la niñera y el perro de Don Saadi. Parecía algo subsahariano (como dice Nicolás Lucca en “Lo que el Modelo se llevó”, sobre la década k) y lejano a la Tucumán donde nací. Pero casi como una maldición bíblica, me desperté en 2015 y la Catamarca de los Saadi se había repetido infinitamente y en distintos grados en la Tucumán de Alperovich, la Santiago de Zamora, la Formosa de Insfrán y la Salta de Urtubey, entre otros lugares, como los juegos infinitos de espejos que tanto le gustaban a Borges.
Empecemos por Tucumán, la campeona del fraude electoral y el feudalismo. Una provincia con una parte (no toda) de la clase empresarial/dirigente capaz de abrazarse al ex gobernador de facto y luego electo Domingo Bussi un día, y al poco tiempo cantar a viva voz la marcha peronista sólo porque un abogado muy inteligente y emparentado llamado Sisto Terán de golpe decidió ser un aristócrata peronista y participar del festival feudalista. Una provincia adonde José Alperovich, ex ministro de Miranda, se convirtió en Gardel por tener los sueldos de los empleados públicos al día y pasarse rápidamente al kirchnerismo. Pobre Alberdi. Se tuvo que mandar una Constitución para pasar al bronce, y ahora se lo damos en 10 minutos a un contador cuyo mérito consiste en liquidar planillas de sueldo al día.
Así, ensalzado por su orden en las cuentas públicas, Alperovich descubrió que ser gobernador democrático no bastaba y fue por todo. Inspirado en la autocracia zarista, Alperovich nombró grandes duquesas y duques a toda su familia y la de su mujer, Beatriz Rojkés, con suculentas ganancias. O les dio todos los ministerios y cargos importantes, que es lo mismo. Este apodo de El Zar a Alperovich se lo debemos al retrato que hicieron de él los periodistas Nicolás Balinotti y José Sbrocco: “El Zar Tucumano”.
Seguidamente, Alperovich empezó a repartir puestos y negocios a los amigos y empresarios, asfixiando tanto al Estado que ningún abogado recuerda un nivel de presión impositiva similar en la provincia. Así, los productores, empresarios independientes, miles de profesionales y comerciantes vieron año a año achicar su negocio por el engrandecimiento del sector público, que siempre va acompañado de un achicamiento de la torta de los privados. Así la cosa, al final del día muchos no tienen más remedio que aceptar un empleo en un organismo estatal para llegar a fin de mes ya que el trabajo en el sector privado cada día rinde menos. Claro que esta situación no sólo es responsabilidad de El Zar y su profusa parentela. Muchos constructores y citricultores, un puñado de empresarios y algunos partidos decidieron apoyar al gobierno más feudal que se recuerde a cambio de participar del festival. Porque parece que para ellos la mortalidad infantil y las presiones escandalosas al sistema judicial provincial son meros detalles. Así es como Tucumán llegó a la situación de hoy, con miles de ciudadanos enfurecidos en las plazas, y Alperovich y Manzur custodiados en forma permanente para evitar escraches.
En el feudalómetro, Santiago del Estero y Formosa van palmo a palmo. En la linda Santiago, Gerardo Zamora llegó con un supuesto partido distinto al peronismo en 2005. Todos nos alegramos, porque cortaba décadas de dominio despótico de los Juárez, los caudillos de la provincia. Nos equivocamos. Zamora se volvió radical K, aplicó el manual que le prestó su vecino Alperovich para intentar reelegirse por tercera vez y como fracasó, puso a su mujer en el cargo. Isnfrán, por su lado, es gobernador de Formosa desde 1995, reforma de la Constitución mediante. Este decano del feudalismo que estaría involucrado en canje de agua y comida por votos a los castigados pueblos originarios de la zona, según denunció el periodista Jorge Lanata, hoy es investigado por la Justicia por su relación con Amado Boudou y The Old Fund en la reestructuración de la deuda provincial.
En un nivel kindergarten, el elegante Juan Manuel Urtubey sigue el camino de sus vecinos. Siempre amable con los enemigos del kirchnenismo, como los productores, Urtubey parece un accidente dentro del movimiento. Pero no hay que dejarse engañar por sus buenas maneras. “Sé que están fundidos y que la política del gobierno es un error, pero estamos de campaña y yo no puedo apoyarlos”, le dijo el pragmático Urtubey a los ruralistas salteños hace un mes, en medio de una sucesión de protestas. “Urtubey dice que para llegar al poder, a la presidencia, es capaz de hacer lo que sea. Y le creo”, contó un empresario que lo conoce. Urtubey ya demostró su habilidad al poner a su hermano, José, a hacerle palanca desde la UIA. Para aceitar la carrera de su hermano, hace pocas horas Urtubey se tomó algunas licencias poéticas y le contó a Télam que el sector industrial está repuntando, obviando el hecho que este sector se encuentra estancado de 2011.
Desde el escandaloso caso tucumano hasta el tímido fenómeno de Salta, el feudalismo no es cosa de hoy y va a ser difícil erradicarlo. Es la forma de vida que concibieron hace mucho tiempo los gobernadores del Norte y sus séquitos, y no hubo partido, abogado ni ciudadano independiente capaz de disuadirlos. Porque, alimentado a prebendas a los amigos, reparto de cargos, jugosas tajadas de la obra pública a algunos empresarios, y sobre todo alimentado de la miseria de los que no tuvieron oportunidades, el feudalismo goza de más salud que nunca. A lo sumo, como con Zamora, cambiará de nombre. La ciudadanía y lo que queda de la Justicia independiente en las provincias tendrá por delante la ardua tarea de presionar a las clases política y empresaria para que concrete el cambio cultural necesario y dejen de ver a la cosa pública como el kiosco de la familia gobernante de turno. Una tarea verdaderamente hercúlea para nuestros compatriotas norteños.
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