Tercer pie para el animal cansado

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

 Fotografía de August Sander, 1914: “Jóvenes granjeros”.
Fotografía de August Sander, 1914: “Jóvenes granjeros”.

No hay forma de redactar unas líneas sobre el bastón si no es con un poco de encanto (recurso escaso), unas frases cultivadas, y unas citas que permitan prorratear los posibles cargos a enfrentar por nimiedad. Si el tema es poco, pero al menos entretiene, tal vez esta nota logre sostenerse en el valor simbólico, ya que no en la vara misma de nogal, sauce o laurel de que estaba hecho ese objeto fálico para brindar apoyo a los caballeros de antaño. Aquel tercer pie, sobre el que andaba cierto animal por la noche, en el enigma planteado por la Esfinge al ingenioso Edipo.
Hace ciento treinta años, en esta misma ciudad, un hombre que escribía para un diario decidió dedicar unas líneas al bastón, e igualmente se planteó la escasa relevancia del tópico. Lo hizo en La Carcajada, de don Armengol Tecera, en 1883, firmada con el seudónimo “Enriquito” (muy probablemente el propio Tecera). Decía su autor: “¿Quieren ustedes dar importancia a tal o cual cosa?… Pues escriban un libro, un folleto o aunque no sea más que un artículo acerca de su pasado, su presente y su porvenir”. Y más adelante expresaba: “Yo hoy de buena gana, contagiado por esa manía, hubiera escrito algo acerca de una cuestión de interés palpitante, pero, la verdad, como no soy hombre científico, literario, y ni aún político, que es lo menos que se puede ser en este bendito país de «irregularidades», me parece impropio de ocuparme de asuntos que jamás entraron en el reino de mis facultades intelectuales”.
Todo lo cual puso a “Enriquito” en trance de tener que decir algo sobre ese “artículo que, aunque parezca que no, es de primera necesidad en las actuales circunstancias”, refiriéndose al bastón. Y decía, a continuación:
“¿Cuál fue su origen? Lo ignoro, pero poco importa para el objeto que me propongo. Indudablemente, al primer hombre que encontró poco airoso llevar los brazos colgando a lo largo del cuerpo, se le debió ocurrir cortar una rama más o menos larga, más o menos gruesa, de un árbol cualquiera, a fin de que le sirviera de distracción y de apoyo. Si esta manera de explicar el origen del bastón no es del mayor agrado de Uds., adopten la que más les plazca de las diversas que se han dado de este «importante y trascendental» asunto.”
En nuestro hoy, el bastón ha quedado relegado al uso de ancianos y ancianas, o de personas jóvenes a quienes les es imprescindible apoyarse en uno, pero ha desaparecido como moda y parte de la indumentaria. Según La Carcajada, algo así también había ocurrido en Córdoba, previo a aquellos años: “«Antiguamente» -remarca Enriquito-, adquirió una reputación justísima y era su uso muy frecuente, más tarde desapareció por completo, y en la actualidad parece ser que vuelve a ponerse de moda”.
Después señalaba, el articulista de un siglo y tercio atrás, los servicios que prestaba el objeto de nuestro común interés. En primer lugar, como instrumento para la seguridad: “La necesidad, sin duda, que tuvo el hombre de convertir un objeto de lujo y comodidades en arma defensiva y ofensiva, fue el origen del bastón”. Y comentaba que “su uso es sumamente sencillo pues no necesita grandes esfuerzos de imaginar para comprender el mecanismo”. El bastón, puntualizaba, sirve:
“Para librarse de los perros; para ir acompañado por las noches, sin temor a que un «honrado y pacífico» ciudadano exija la bolsa u otra cosa; para hacer entrar en vereda a ciertos diaristas que se creen autorizados para decir del prójimo lo que se les antoja; para contener los furores de la mamá suegra; para vivir, por fin, tranquilo, sin temores, dudas ni vacilaciones, nada hay como un buen bastón.”
Como prenda contra la inseguridad que nos aqueja 132 años más tarde, causa pavor el sólo pensar en ciudadanos munidos de esa arma a toda hora, y ni hablar de los usos que sugiere el articulista de La Carcajada. De hecho, en 1886 ganaría los comentarios públicos la golpiza a bastonazos que recibió en plena calle Deán Funes, saliendo de la iglesia Santo Domingo, un cura que publicaba el diario “La Prensa Católica”, por parte de un lector que se sintió injuriado. Por supuesto, hay que decir que peores armas se siguen portando, hoy, ocultas en las ropas, ya sea para protegerse como para amenazar (y aun eliminar) a un congénere.
Pero saliendo del lado oscuro del objeto que se ha ganado estas líneas, es más afable ir a una escena callejera de 1889, en que un vendedor renombrado trae a esta simpática capital una novedad, algo así como un bastón plegable. La nota rescata el vuelo discursivo del vendedor de bastones, quien sin duda gozaba de mayor inspiración que este humilde escriba, e incluso que el propio Enriquito, a quienes saca ventaja con apenas los ecos de su elocuencia. Dice el diario El Porvenir:
Elocuencia callejera – Desde hace dos días se encuentra en ésta el tan anunciado señor Lagojannis, expendedor de bastones de bolsillo, y de cortaplumas. Por supuesto que estos artículos están muy lejos de ser maravillosas invenciones, como él dice; pero lo que sí es admirable es la verbosidad de Lagojannis.
Ayer estuvo perorando seis horas seguidas en la plaza San Martín. Un auditorio de más de doscientos individuos, chiquillos en su mayor parte, lo rodeaba mientras hacía las recomendaciones y explicaba el manejo de sus adminículos. De cuando en cuando hacía una pausa, y entonces un buen número de bastones y cortapluma desaparecía rápidamente, siendo reemplazados por una no pequeña cantidad de billetes de banco.
Después Lagojannis tomaba el hilo de su interrumpido discurso, y continuaba sin consideración alguna a sus pulmones, que parece fueran hechos de acero.