En serie: True Detective en Vinci

Una hazaña secreta

Por Juan Pablo Duarte

True detectiveUn desierto de fábricas, maquiladoras, minas a cielo abierto y ríos de tóxicos dominado por una bizarra dinastía política, mafias locales e inmigrantes y anónimos conglomerados financieros, conforman la atmósfera de Vinci, la ciudad en la que transcurre esta segunda temporada de True detective (HBO: 2014-).
Vinci es algo así como una distopía próxima. El páramo está inspirado en Vernon,una ciudad industrial de California célebre por la desproporción entre su elevado número casos de corrupción y su escasa cantidad de habitantes.
Al igual que las avenidas que aparecen hacia el final de los títulos de crédito, esta temporada de True detective parece circular en un bucle interminable. Un tránsito sin fin de drogas, desechos tóxicos, capitales, inmigración ilegal, violencia, imágenes pornográficas y nombres, muchos nombres.
Al ver los ocho capítulos por primera vez no entendí casi nada. Al igual que Vinci, la historia me parecía deshabitada. Una terna de detectives devenidos en víctimas propiciatorias de un corroído entorno de poder en el marco de una investigación por el asesinato del Administrador de la ciudad y una confusión que mutaba en la atmósfera del relato.
Como historia no me parecía nada original. Aun así, me propuse ver todo de nuevo. Esta vez sin que me importe demasiado orientarme en la trama. Después de todo, ni la historia, ni la verdad, ni las mentiras, ni los nombres, ni los hechos, ni el amor, ni el destino importan en Nevermind, la canción de Leonard Cohen que con leves variaciones abre cada capítulo.
Al igual que la ciudad de Vinci, las criaturas que impulsan la trama de True Detective, son dueñas de un pasado sin historia.Frank Semyon cree haber muerto encerrado en el sótano oscuro de su casa durante las noches de borrachera de su padre. Día tras día, Ani Bezzerides pelea con una borrosa experiencia de abuso apuñalando a su tótem sin rostro. Ray Velcoro naufraga en una marea de whisky, cocaína y destrucción entre los girones de sus envolturas de padre y policía. Paul Woodrugh intenta dejar atrás el horror de las batallas de Faluya y su sexualidad lanzado en su motocicleta a la espera de algún impacto redentor.
Sin tomar forma, estos puntos inenarrables marcan una trayectoria que—como una ruta en el desierto— parece avanzar desde la nada hacia la nada. Solo basta un nombre para que estas criaturas se apresten a recorrer una y otra vez el mismo camino desde el traumatismo hacia la muerte.
En lugar de amarrar la verdad del relato —y a diferencia de otras tramas policíacas— aquí los nombres de los sospechosos son poco más que tickets al suicidio de los investigadores. La incesante proliferación de espectros como Geldolf, Catalast, Panticapaeum, Sonoma, Good People, Pitlor, Chessani, Agronov no se ordenan en una historia. Tampoco en la recurrente pizarra que los detectives utilizan para armar el caso. La investigación avanza y las circunstancias cambian, pero la fotografía del rostro de Caspere con sus cuencas vacías permanece solitaria.
Si las mejores ficciones de la televisión americana actual hacen del trauma —de lo que el trauma tiene de indecible— su principio activo, el fracaso de esta temporada de True Detective quizá tenga algo de hazaña secreta.
Me interesa pensar en la confusión del relato, los laconismos y la morosidad de sentido que exuda la trama como aquello que deja tras su paso una corrosión innominada e ilocalizable que, en lugar de impulsar una historia, la devora desde su inicio.