Cuánto se le debe

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra charles aznavourCuánto le debe la música actual a la chanson francesa de los años cincuenta y sesenta, es una cuenta que difícilmente pueda ya ser saldada, a tantos años de que ocurrieran aquellos hechos. Porque no es casualidad que los Beatles haya incluido en su disco “Rubber Soul”, de 1965, la canción “Michelle”, como un remedo de aquellas composiciones que los trovadores de la Rive Gauche de París cantaban para un auditorio que militaba en las filas del existencialismo, mientras en otros rincones de la ciudad un grupo de osados directores de cine parían la nouvelle vague.
Un par de años después, en 1967, al por entonces jovencísimo David Bowie le iban a confiar la tarea de adaptar al inglés una pieza compuesta por Claude François, bajo el título de “Comme d’habitude”. El futuro Duque Blanco puso todo su empeño, pero quien le había encargado el trabajo no quedó conforme con los primeros bosquejos, y le trasladó la tarea a Paul Anka. De allí salió “My Way”, un clásico de todos los tiempos, que moldeó un estilo de balada al que muchos iban a emular de allí en adelante. ¿De dónde provenía ese modelo sonoro? De la tradicional canción francesa, cuyos principales referentes disfrutaban de fama internacional, pese a que el pop y el rock estaban entrando en ebullición.
Argentina no quedó afuera de esa tendencia, pese a que por aquí siempre fueron mejor recibidos los cantautores españoles y los italianos, tal vez porque predominaban en estas pampas los inmigrantes de ese origen. Sin embargo, no hay manera de entender la impronta cancionera de un Leonardo Favio, por ejemplo, sin referirse a los trovadores de origen galo cuyas rimas reinaban en todo el planeta e inspiraban a muchos de los que querían ir más allá de las simples melodías de amor.
De esa pléyade de intérpretes que conformaban la escena parisina en sus años de oro, hubo uno que inmediatamente se ganó las simpatías de los melómanos criollos, que adoptaron como propias esas letras sentidas a las que el cantante, con no poco esfuerzo, grababa también en castellano. El francés de origen armenio Charles Aznavour, que venía trajinando los escenarios desde comienzos de los años cuarenta, popularizó su imagen entre los argentinos durante lla década del sesenta, cuando por estas regiones todavía no había tomado fuerza la llama del rocanrol.
Gracias a él, se supo por aquí a nivel masivo de qué se trataba la bohemia parisina, a través de su tema “La Bohème”. Pero, sin duda, su gran suceso aquí, allá y en todas partes ha sido “Que C’est Triste Venise”, de 1964, a la que en Hispanoamérica se conoció como “Venecia sin ti”. Versionada en todos los idiomas posibles, es una obra inoxidable que ha atravesado estos 51 años sin que una sola arruga sea capaz de ajar su lozanía. Aunque, para los parámetros actuales, Charles Aznavour carecía en aquel momento de la presencia física correspondiente a una estrella musical, de solo escucharlo el público caía rendido a sus pies.
Hoy, con 91 años cumplidos, uno podría pensar que Aznavour ha optado por un retiro efectivo, al que financian los réditos que debería proveerle su extenso repertorio de éxitos. Pero el cantautor sólo parece sentirse vivo cantando. Y por eso ha anunciado que en los próximos días volverá a dar conciertos, porque sin ellos se “aburre”. Una lección de vida la de este artista que fue uno de los baluartes para la difusión a escala global de un movimiento musical originado en Francia, del que son deudores muchos de los géneros que hoy aspiran a encaramarse en la vanguardia.