Un mal sueño

Por J.C. Maraddón
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ilustra freddy krueger llorandoJohn Landis tenía apenas 28 años cuando dirigió “Colegio de animales”, una comedia sobre una fraternidad estudiantil compuesta por jóvenes con ganas de que todo se desmadre. Con John Belushi como el más “moquero” de los cofrades, el filme no tardó en ascender a la categoría de clásico y abrió un rubro específico dentro de la industria, que encontró la veta en eso de relatar con pormenores las actividades extracurriculares de los adolescentes en ebullición, como iba a ocurrir tiempo después con la saga de “Porky’s”.
Tras flirtear con la comedia musical en “The Blues Brothers” (también protagonizada por el malogrado Belushi), John Landis se metió con el cine de terror en “Hombre lobo americano”. Sin embargo, no pudo abandonar el tono jocoso de sus películas anteriores, con lo que dio lugar a un estilo en el que el público podía reírse y espantarse de manera simultánea.
Es sabido que, así como el humor ayuda a disimular el llanto, muchas veces las cosas graciosas nos hacen “llorar de risa”. Esos retruécanos discursivos fueron traducidos por Landis al lenguaje cinematográfico: sin llegar a mofarse de un personaje terrorífico como había hecho Mel Brooks en “El joven Frankenstein”, el filme aborda la leyenda del lobizón con ciertas dosis de comicidad.
El mismo John Landis se autoparodió cuando Michael Jackson lo convocó para hacerse cargo del videoclip de “Thriller” y transformó al Rey del Pop en un hombre lobo musical. Así arrancaban esos años ochenta, en los que el terror bizarro iba a desplegar productos desopilantes, como por ejemplo el muñeco Chucky, que iba a recuperar la estrategia del gag para mezclar el miedo y la burla. Antes de eso, el director Wes Craven iba a presentar en sociedad en 1984 a Freddy Krueger, protagonista de la saga “Pesadilla” y uno de los asesinos psicópatas emblemáticos del género “slasher”, en el que siempre hay un personaje que persigue y mata de manera bestial a jovencitos que se encuentran en lugares solitarios y/o peligrosos.
Interpretado por Robert Englund, Freddy encarnaba toda la maldad que pueda alojarse en los sueños nocturnos de los adolescentes, desde donde emergía su espantosa figura con ánimo de cobrar venganza. Toda esta carga de tragedia y ferocidad estaba salpicada por una notoria dosis de humor negro, que iría acrecentándose en cada nuevo episodio de “Pesadilla” (aunque ya no bajo la dirección del realizador original), hasta acentuar el registro caricaturesco del personaje, con sus manos de tijera, su pulóver a rayas y su rostro marcado por la desfiguración.
Como consecuencia del éxito de su creación, Wes Craven picó en punta entre los cineastas especializados en aterrorizar al público y, a mediados de los años noventa, lanzó otra saga, la de “Scream”, que cautivó a una nueva generación con el viejo argumento de los teenagers servidos en bandeja como festín de un serial killer. Para no perder la costumbre, Craven deslizó allí una cuota de ironía, sobre todo cuando los personajes aluden a su conocimiento sobre las películas de terror para referirse a los hechos nefastos que comienzan a sucederse.
Ayer, los principales portales de noticias anunciaban la muerte, a los 76 años, de Wes Craven. Pero en las redes sociales, la tendencia no era el nombre del director de cine, sino el de su criatura, Freddy Krueger. Ningún dato mejor que ese para dejar en claro que el legado del cineasta fallecido está a buen resguardo. Su criatura, tan sanguinaria como grotesca e irreverente, ya es un ícono que habita el imaginario de nuestras peores pesadillas. Y Freddy seguirá siempre allí, agazapado, esperando que alguien se descuide y tenga un mal sueño.