Infatigable tendencia al experimento

Por Ramón Dédalus

p3[dc]L[/dc]lama la atención –de ser finalmente cierto– el crecimiento de Tomás Méndez en la encuestas de intención de voto. Salvo un programa de televisión especializado en denuncias (la mayoría muy flojas de papeles) el periodista no tiene mucho que mostrar, especialmente en lo que a temas de gestión se refiere. Sin embargo, muchos cordobeses parecerían dispuestos a apoyarlo. ¿Se trata de una pasión anti sistema o de inclinaciones patológicas hacia la novedad? ¿O existe algo parecido a un amor social hacia los justicieros de lenguas largas y patas cortas? ¿Qué es, en definitiva, lo que explica este fenómeno?
Es complejo acertar en un diagnóstico definitivo. Podría especularse con que el voto a Méndez es un gran ejercicio colectivo de punición contra la elite política. En esta hipótesis, apoyar a un periodista que se hizo conocido denunciando a granel a funcionarios y políticos en general sería una manifestación de hartazgo y deseos de cambio radical. Sin embargo, esto deja de lado recientes constataciones empíricas en sentido contrario. En la provincia, los triunfos de Juan Schiaretti, primero, y de José Manuel de la Sota, después, no tuvieron nada de revolucionarios. La ciudad de Córdoba, que en ambas ocasiones les dio la espalda, tampoco votó para que “se vayan todos”. El respaldo dado por la Capital a Oscar Aguad y Mauricio Macri no parecería presagiar que ningún mayo francés estuviera en ciernes.
Es posible especular que, como nunca antes, la actual oferta tradicional de candidatos se presta a la cachetada. El intendente Ramón Mestre pasó las de Caín antes de mostrar algunas bondades de su gobierno (en las que todavía mucha gente no cree), mientras que Luis Juez, Olga Riutort y Daniel Giacomino tuvieron la oportunidad, en diferentes momentos de los últimos años, de exponer al gran público lo que son capaces de hacer y dejar de hacer. Hasta el propio Esteban “Tito” Dómina –el único de esta claque que todavía no tuvo la figuración de altas responsabilidades ejecutivas– tiene el grado de notoriedad de haber sido candidato del Frente Cívico en las hoy lejanas elecciones de 2011.
La combinación entre personajes desgastados, genéricamente englobados en la hipérbole “los mismos de siempre” y con gestiones cuestionadas por motivos diversos, daría pasto a la sorpresiva irrupción de Méndez y abonaría cierta infatigable tendencia al experimento de la que hacen gala muchos vecinos. Pero esto no explica del todo la novedad o, al menos, no la justifica. El municipio, a pesar de todos sus problemas, no parece estar necesitando el recurso extremo a una lobotomía política, que es lo que promete una gestión del periodista. Si los vecinos convalidaran semejante cosa se estaría a las puertas de un laboratorio fuera de control con gravosas consecuencias.
Existen razones para creer tal cosa. Hasta ahora, las declamaciones mani pulite que exhibe con impudicia Méndez no tienen mucho de novedoso. Fue el mismo estilo que utilizó Juez (“se acabó el choreo” – ¿recuerda?) para llegar a la intendencia en 2003, convenientemente precedido por la sombra de corrupción que, en la imaginación popular, dejaba tras de sí Germán Kammerath. Los decepcionantes resultados logrados por el líder del Frente Cívico aconsejan no hacerse demasiadas ilusiones con los logros que, a este respecto, podría tener el conductor de ADN.
No obstante sus similitudes en la utilización del gatillo fácil mediático, los casos de Juez y Méndez tienen matices importantes que es necesario destacar. El primero es que Juez proviene de la política. Esta es una condición indispensable para llevar adelante la cosa pública. De la política provienen los acuerdos, los funcionarios y, en última instancia, la gobernabilidad. El senador tuvo un discurso anti sistema pero se rodeó de personajes sistémicos. No hubo salto al vacío en este punto. La segunda diferencia es que Méndez nunca gobernó nada, ni una empresa ni un organismo público. Su programa (que bien podría sostener como su ejemplo personal de conducción) terminó envuelto en sórdidas denuncias y traiciones de todo tipo, un antecedente por demás ominoso si de manejar el municipio se trata.
Tampoco son homologables las anteriores experiencias de introducción de periodistas a la arena política. Olga Rista (UCR), Ricardo Fonseca (Partido Nuevo – Frente Cívico), Arturo Miguel Heredia y “Blanquita” Rossi (UPC) son ejemplos de profesionales de medios de comunicación social que llegaron a ocupar cargos relevantes gracias sus niveles de popularidad. Sin embargo, todos lo hicieron a través de partidos establecidos, respondiendo a invitaciones de sus líderes institucionales. El caso de Méndez es inverso. Su “movimiento ADN” es una creación propia, otro de los clubes de admiradores surgidos con profusión tras la crisis de 2001. No existe a su alrededor un grupo consolidado de dirigentes con experiencia que puedan servirle de apoyo para una hipotética gestión, mucho menos una red de aliados a través de los cuales ejecutar políticas públicas. Méndez llega con lo puesto, un hecho que se replica también en la estructura que lo respalda.
Tampoco parecería irle mejor en sus propuestas. Con lo que se conoce –y dejando de lado las trilladas apelaciones a la “verdad” o la corrupción, verdaderos commodities de los que en realidad no saben qué decir– es poco lo que se sabe de sus programa. A tono con la moda, hay referencias a reestatizaciones varias y transparencia, todo convenientemente dicho a través de las redes sociales, pero no mucho más. Lo que siempre aparece es el milenarismo de estilo, del tipo “a los políticos de siempre les decimos: tienen el poder y lo van a perder…” o que “se viene un cambio en serio en Córdoba”, sin decir jamás (otra constante) de qué se trata. En este punto, debe sospecharse que no existe ninguna certeza para equiparar este cambio, ni lo nuevo que se promete, con algo mejor. Ninguna experiencia de este tipo terminó bien, ni en Córdoba ni en el país.
Quedan algunos puntos extravagantes en esta candidatura. Méndez no está libre de pecado en cuanto a conductas opinables. Sus cámaras ocultas, las acusaciones de extorsión a través de su programa o acusaciones tan ligeras como arteramente editadas deberían inhibirlo de proclamarse como un redentor de mañas ancestrales. Por el contrario, las suyas parecerían ser las de un consumado estratega de la manipulación pública, alguien avezado en las oscuras cavernas del poder. También existen dudas razonables sobre el monto y el origen de la costosa campaña que lleva adelante. Bueno es recordar, en este punto, que no hace falta ser funcionario ni político profesional para darse un baño de inmersión en el placer que produce (y los beneficios que conlleva) el poder influir sobre la gente. Es curioso pretender representar un papel tan virginal con antecedentes tan poco dulcificantes.
¿Daría la ciudad, llegado el caso, otro salto al vacío como lo hizo con Juez hace más de diez años atrás? Es notable de cómo una ciudad conservadora, capaz de darle la espalda tan consecuente como tenazmente al kirchnerismo y al peronismo en general, es no obstante proclive a alquimias de este tipo, condenadas de antemano al fracaso. Llevar a Tomás Méndez a la intendencia sería un gesto de rebeldía adolescente, un mensaje que se agotaría en el momento mismo de su elección. Luego sobrevendrían las improvisaciones, las inevitables acusaciones de conspiración ante los predecibles tropiezos y las impostaciones para calmar a un electorado infantil, ansioso porque se cumplan, de una vez por todas, aspiraciones tan irrealizables como mitómanas.