EEUU plantó su bandera en Cuba

Por Gonzalo Neidal

PANAMA-AMERICAS-SUMMIT-CUBA-US-OBAMA-CASTRO[dc]C[/dc]on el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos y la reapertura de las embajadas respectivas, culmina un ciclo y se asumen errores diplomáticos y políticos por ambas partes.
Pero no puede obviarse el hecho más significativo de todos. Al izarse la bandera norteamericana en la isla, con la presencia del vicepresidente de los Estados Unidos John Kerry, el régimen comunista caribeño ha dado un paso más, quizá el más decisivo y audaz de todos, en el camino del rediseño de su sistema económico y político. Y esto significa –no vale hacerse los distraídos- la asunción de un claro y extenso fracaso por parte del régimen cubano.
Tras más de medio siglo, el comunismo isleño está exhausto.
Ha recorrido un largo camino sin los resultados previstos en sus inicios, en enero de 1959, en pleno descongelamiento y optimismo por el destino global del socialismo tras la muerte de Stalin y en pleno gobierno de su sucesor, Nikita Jruschev.
A poco de iniciada la revolución, protagonizó uno de los episodios más intensos de la Guerra Fría: la crisis de los misiles, en octubre de 1962, cuando la Unión Soviética instaló cohetes nucleares en la isla caribeña, a pocos kilómetros de los Estados Unidos.
Luego llegaron los intentos de expandir la revolución hacia el resto de América Latina durante los años sesenta y setenta. Primero, enviando destacamentos armados hacia países que se consideraban maduros para acceder al socialismo. La aventura terminó con el fracaso y la muerte de Ernesto Che Guevara en la selva boliviana, en 1967. A partir de ahí, Fidel Castro fue más cauto: volcó sus esfuerzos al adiestramiento de guerrilleros para que, al regreso a sus respectivos países, impulsaran insurrecciones conforme al modelo cubano.
En 1970 llegó la victoria de Salvador Allende en Chile, régimen al que Castro miraba con desconfianza pues ponía en evidencia la posibilidad de acceso al poder por una vía pacífica. Rodeó al presidente chileno y lo impulsó hacia una radicalización que contribuyó a su aislamiento en el seno de la sociedad chilena, primero y a abrir las puertas a la furiosa dictadura de Pinochet, después.
En los setenta, América Latina era un polvorín. Estados Unidos estaba hundido en Vietnam y en su patio trasero pululaban los movimientos revolucionarios. Perú, Bolivia, Panamá y Argentina, donde el regreso de Perón se recibió con gran esperanza, que pronto sería frustrada. Hacia el fin de la década llegó la revolución en Nicaragua, a la que Cuba ayudó con logística y hombres.
Poco después, Castro volvió a entusiasmarse con la Guerra de Malvinas pero a partir de ahí, la democracia regresó a todos casi todos los países de América Latina, inaugurando un nuevo tiempo. Los movimientos guerrilleros fueron desapareciendo, aniquilados por los ejércitos y con dificultades para restablecerse en la lucha armada en un clima continental que había cambiado sustancialmente. Lo de Sendero Luminoso en Perú era apenas una caricatura.
Hacia mediados de los ochenta se iniciaron los cambios que devendrían en un gran golpe para el régimen cubano. La URSS también daba signos de vetustez: en un par de años murieron tres presidentes: Breznev, Andrópov y Chernenko, abriendo las puertas a un joven dirigente, con ideas renovadoras: Mijail Gorbachov, que inició las reformas que derivarían en la implosión de todo el sistema soviético y de los países socialistas del este de Europa. Sucesivamente caen, uno tras otro, los dictadores en Polonia, Rumania, Hungría y la República Federal de Alemania. El hecho simbólico por excelencia es la caída del ominoso Muro de Berlín, en noviembre de 1989.
Comienza en Cuba el “período especial”, la certeza de que los amigos soviéticos ya no estaban en condiciones de sostener el régimen cubano. El socialismo cubano quedaba librado a su suerte. El turismo pasa a ser su gran recurso para financiar los grandes fracasos económicos del régimen.
Sin embargo, una década más tarde aparece China en el escenario mundial. Todo vuelve a cambiar y esta vez con grandes posibilidades de obtener nuevos recursos que reemplacen a los que durante décadas provinieron desde la URSS. Llega Chávez y sus recursos económicos originados en el alto precio del petróleo. Y con él, también promovidos por el aumento espectacular de los precios de las commodities, un auge productivo notable en el resto de los países latinoamericanos, que duró una década y que ya se ha desinflado al ritmo de la caída de los precios de las materias primas.

La hora de la verdad
En su largo y sofocante periplo, el socialismo cubano (y el del resto del planeta) mostró su impotencia productiva a la vez que su imposibilidad para establecer la plena vigencia de la democracia y las libertades individuales.
Atribuir esas carencias a las sanciones económicas de EE UU, es un argumento que no resiste ningún análisis. Sobre todo para quienes se han cansado de repetir que era la presencia del imperialismo yanqui, precisamente, la causa de todos los males
Con el paso del tiempo y ante la evidencia de su raquitismo productivo, la dirigencia cubana ha debido introducir reformas que denotan una aceptación de su evidente fracaso.
Millares de hombres, mujeres y niños huyeron de la isla con riesgo de sus vidas, en búsqueda de un horizonte de mayor libertad y prosperidad. Centenares de médicos, diplomáticos, soldados, deportistas y atletas se refugiaron en países extranjeros a la primera oportunidad que tuvieron a mano.
Décadas de intentos de expansión delirantes, de floreos megalómanos de su líder, de fusilamientos y asesinatos para conservar un poder autocrático, persecuciones, adoctrinamiento e intolerancia, están terminando.
Quizá el mayor fracaso pueda verse en la imposibilidad de, tras cinco largas décadas, de construir un poder que haya podido nutrirse de nuevas generaciones de cubanos. Es que el sistema se mueve con una lógica terrible: el líder no cede el poder pues, a la vez que es infalible, no admite disidencias ni discusiones.
Eso genera un tipo humano adocenado, inhibe el espíritu crítico, posterga a los creativos y rebeldes, acostumbra a obedecer al líder y a pensar con su cabeza.
Un largo y sinuoso camino que llevó, nuevamente, casi al punto de partida: fundar la esperanza de un resurgimiento en la llegada del abominado imperio, que acaba de plantar su bandera, nuevamente, en las narices del decrépito dictador.