Scioli y la Doctrina Sinatra

Por Fabián Bosoer

Politólogo y periodista
Editorialista y editor de opinión del Diario Clarín. Ha publicado “Generales y embajadores. Una historia de las diplomacias paralelas en la Argentina” (Vergara, 2005), “Malvinas, capítulo final. Guerra y diplomacia en la Argentina” (Capital Intelectual-Claves para todos, 2007) y “Detrás de Perón. Vida y leyenda del almirante Teisaire” (Capital intelectual, 2013).

2015-08-10_SCIOLI_webEn el acto de cierre de esta campaña para las primarias que lo acaban de consagrar como candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli sintetizó la semana pasada en una frase la impronta que buscará imprimirle a su eventual presidencia. “Yo puedo y voy a hacer lo que haga falta. Sostener lo que haya que sostener. Profundizar lo que haya que profundizar. Cambiar lo que haya que cambiar. ¿Y saben qué? Lo voy a hacer a mi manera”. Podemos empezar a llamarlo, provisoriamente como la Doctrina Sinatra del post-kircherismo, aquella con la que Scioli aspira a representar la “continuidad con cambio”.
La ‘Doctrina Sinatra’ fue el nombre que el gobierno soviético de Mijail Gorbachov usó a fines de los años ‘80 para describir su política de permitir a los países vecinos del Pacto de Varsovia resolver sus asuntos internos y fijar su evolución política. Esta doctrina, nombrada así en honor a Frank Sinatra por su canción My Way, permitía a estas naciones definir “a su propio modo” las soluciones a sus problemas internos, en contraste con la anterior ‘Doctrina Breznev’, que había servido para justificar, entre otras cosas, la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968: en los países con regímenes comunistas las cosas se hacían “a la manera del Kremlin”. La frase fue acuñada por Gennadi Gerásimov, portavoz oficial del Ministerio de Relaciones exteriores de la URSS el 25 de octubre de 1989 durante una entrevista con la televisión estadounidense. Durante la entrevista le preguntaron a Gerásimov sobre la reacción soviética cuando algunos países del Pacto de Varsovia, como Polonia y Hungría, empezaban a aplicar políticas copiadas de la perestroika. El ministro soviético Edouard Shevardnadze había dicho dos días antes que la URSS reconocía la libertad de elección de los otros países del Pacto de Varsovia en cuanto a su línea política. Gerásimov respondió: “Nosotros tenemos hoy la doctrina de Frank Sinatra. El tiene una canción, I Did it My Way. Así, cada país decide sobre cuál camino seguir (…) la estructura política debería ser decidida por la gente que vive allí”.
Para llegar a este momento de consagración, Daniel Scioli supo fortalecerse sorteando todos los obstáculos; cumplió todos los deberes y respondió a todas las pruebas de fuego. De entrada, Cristina Kirchner le sembró el territorio con seis precandidatos oficialistas para competir con él en las primarias abiertas: el gobernador Uribarri, el legislador y ex canciller Taiana, los ministros Rossi y Randazzo, el jefe de gabinete Aníbal Fernández y el diputado Julián Domínguez. A falta de un candidato preferencial para sucederla y ante la constatación de que el principal tributario de dicha vacancia sería un potencial adversario interno, la estrategia fue esmerilar a Scioli rodeándolo de pre-candidatos “del palo” cuyo objetivo sería condicionar su candidatura, fijarle la agenda e intervenir en las listas que se confeccionasen para las elecciones de octubre.
Luego vino el acuerdo interno y la colocación de Carlos Zannini en la fórmula presidencial. No habría competencia para dirimir la candidatura presidencial sino fórmula “de unidad” con un vicepresidente que se dispondrá a actuar como custodio de la continuidad; la confección de las listas, con los prominentes jóvenes escuderos cristinistas –Wado, Axel, Máximo- proyectados al futuro Congreso y la acotada competencia por la gobernación bonaerense entre Aníbal Fernández y Julián Domínguez acompañados en las fórmulas por sendos garantes, uno por la Casa Rosada –Sabatella- y el otro por el PJ bonaerense –Espinoza-.
Scioli, mientras tanto, se dejó atar por izquierda y por derecha, capitalizando su imagen de hombre de consensos. Sembró promesas y acuerdos, cosechó respaldos y logró cambiar el discurso del kirchnerismo ortodoxo que lo miraba con recelo y prevención. Puso la cara en 6,7,8 y con Mirta Legrand. Reunió a los gobernadores peronistas detrás de él, se juntó con la CGT y con la Tupac Amaru, se rodeó del PJ en pleno en Costa Salguero y le hizo los guiños necesarios a La Cámpora, cerrando su campaña en Tecnópolis. Allí, expuso su definición sobre formas y contenidos: “Represento los valores que demanda esta etapa de la democracia”, se define. El candidato formado en la motonáutica sabe que, a partir de ahora, para alcanzar la meta debe remarcar su propia impronta y emanciparse de los lazos que lo amarran al pasado inmediato. En la continuidad con cambios, llegó el momento de enfatizar el segundo de estos términos. De eso depende que pueda alcanzar su sueño, ser el primer gobernador bonaerense que alcanza la presidencia. Pero sobre todo, de eso depende el tipo de presidencia que sucederá a las tres presidencias Kirchner de estos últimos doce años. ¿Será Scioli un Gorbachov que le traiga algo de perestroika al kirchnerismo y al país, en otro octubre peronista?
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