Del bello sexo que asistía al teatro

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Teatro Plateas halo neto[dc]L[/dc]a atención retorna a la vida teatral de mediados del siglo diecinueve, y a la actividad bastante movida en el teatro de la ciudad cuyo nombre debe de figurar en el libro adecuado, y cuya concesión tenía a su cargo el empresario Gómez. En particular, aquí se focalizan un par de temas referidos al público femenino que asistía a las veladas de la sala, en 1857. Las mujeres se hacía notar en las funciones y, en tanto se trataba de una cita social y no sólo artística, muchas veces hay menciones a los nombres de las distinguidas concurrentes que con su presencia realzaban las galas. No se precisa, por tanto, buscar con lupa la presencia femenina en aquellas actividades donde se exteriorizaba la sociedad de la época.
Más bien se trata de resaltar un par de noticias que dan cuenta de esa presencia, publicadas por el diario El Imparcial de esos días, en los que una noche de buena asistencia a la sala se medía así: “Sabemos que pasan de cien los boletos de familia que se han repartido; es indudable pues, que tendremos una lucida concurrencia”, dice en ocasión de un concierto del pianista Chessi.
La primera de las citas a compartir pone en foco la división de las ubicaciones de los concurrentes al teatro, por sexos, una modalidad claramente arcaica cuya vigencia, sin embargo, resulta de veras inaudita: se remonta a los siglos de oro de la comedia española (XVI y XVII), en que la “cazuela” fue asignada exclusivamente a las mujeres, y rige en la actualidad en el Teatro Colón de Buenos Aires, mediante una normativa que aún reserva la tertulia sólo para hombres, la cazuela sólo para mujeres, y el paraíso habilitado para parejas.

“La Cazuela
Todos saben lo que en nuestro Teatro se conoce con este nombre. Aquí la cazuela es un punto donde pocas personas quieren concurrir, quizá por preocupaciones sin fundamento; pero debe tratarse de hacer de esa parte de nuestro pequeño, un punto útil para aumentar algo la concurrencia. -Creemos pues que extendiendo la cazuela a ambos costados del Teatro, es decir incluyendo en ella los palcos de 3er. orden, que son inútiles, puesto que todos se resisten a ocuparlos, podía dividirse esa localidad en dos partes iguales, cada una de ellas con sus respectiva entrada, pudiendo dichas localidades ser destinadas, una al bello sexo y la otra al sexo con barbas Esto que no es una originalidad, pues en otros teatros existen esas divisiones, que suelen importar también una diferencia en los precios de entradas y asiento, podría realizarse con ventaja para el público y para los Empresarios -. Para el público, porque a un paraje que no es tan notable puede ir una familia sin necesidad de pulir mucho su toilette, y para la empresa porque aumentaría el número de concurrentes siempre que los precios fuesen más acomodados.”
Una decisión probablemente independiente por parte de la dirección del teatro (ya que se publica en la misma página que acabamos de citar), introduce el cambio que había enunciado El Imparcial:

“Otra vez la cazuela
Después de escritas las líneas que tratan acerca de esto, nos ha sido traído el siguiente aviso:
«La dirección accediendo a las manifestaciones de algunas personas de respeto y consideración, ha determinado dividir la cazuela, de manera que en un lado puedan ir las Sras. Independientes de los caballeros, en el otro los hombres que van de parados o sólo por la entrada. Estos únicamente podrán subir por la escalera que da a los patios, y las Señoras por la que está en el 2° orden de palcos.
De este modo quedarán sin comunicación alguna, y podrán asistir las señoras que gusten sin temor que las moleste algún imprudente».”
Yendo a otra noticia del mismo diario, en días próximos, aparece allí una nueva sugerencia que dice el redactor haberle sido encomendada por unos bellos ojos negros, y que deja en claro que al teatro no sólo se asistía a disfrutar del espectáculo. Es decir, al del escenario, pues otro espectáculo lo brindaba (y así sigue ocurriendo) el interesante paisaje de los y las concurrentes, sus actitudes y vestidos, algo que las arañas del teatro obstaculizaban:

“El alumbrado del Teatro
Es excelente, y podemos asegurar que jamás ha estado tan bueno como en las últimas noches; pero tenemos que hacer una indicación a este respecto al Empresario y esperamos que nos oirá, porque la hacemos en nombre de unos bellísimos ojos negros… ante los cuales nada puede negar el Empresario como hombre galante.
La colocación de las arañas es malísima, pues ellas están precisamente a la altura de los Palcos del 2° orden, que es el que prefieren nuestras bellas elegantes. Esto tiene dos inconvenientes, graves los dos: primero, impiden poder extender la vista a los palcos del frente y segundo (este es el más serio) irrita lo ojos de las señoritas, que tienen por desgracia su palco delante de algunas de esas arañas. Creemos fácil remediar este mal, colocando las arañas a media vara más de altura, donde no perjudican y hacen el mismo efecto.
Esperamos pues, que para el jueves se haya hecho esta mejora.”
Los bellos ojos negros probablemente hayan echado rayos los días siguientes, lo que llevaba al sensible cronista a insistir:

“Las luces del teatro
Recomendamos nuevamente al Sr. Gómez la indicación que antes le hemos dirigido, a fin de que las arañas que alumbran el teatro sean colocadas a una altura, que no ofendan esos bellísimos ojos negros… Pues no podemos resignarnos a verlos sufrir.”