Mamarracho amplificado

Por J.C. Maraddón
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ilustra mercury y Kanye West[dc]E[/dc]l próximo 31 de octubre cumplirá cuarenta jovencísimos años la canción “Rapsodia bohemia”, un tema que el grupo Queen publicó en 1975 y que al poco tiempo ya había sido patentado como uno de los clásicos de la historia del rocanrol, para atrás y para adelante. Millones de personas en el mundo son capaces de cantarla de memoria y a capella, incluyendo ese fragmento operístico incrustado en el medio de la pieza, que le da un toque épico y arrollador. Y seguramente son pocos los que pueden permanecer impasibles cuando el tema suena en la radio.
Gran parte del mérito está, también, en la voz de Freddie Mercury, que con su registro único conmueve hasta a las piedras con esa interpretación a la que, en su momento, supo reproducir en directo cuando Queen abordaba a “Rapsodia bohemia” en sus conciertos. Los coros perfectos y el potente solo de guitarra de Brian May completan esta joya musical. La mágica combinación de todos los elementos que conforman esta obra, la ha situado entre las favoritas de todos los tiempos y la ha catapultado como uno de los singles más redituables de los que se tenga memoria, con más de dos millones de copias vendidas desde su aparición.
Además, por su carácter indefinido en lo estilístico, “Rapsodia bohemia” se sale del molde donde suelen encajar las composiciones rockeras, para posicionarse como una canción ecuménica, universal, ilimitada. No es comparable, ni siquiera, con otros de los hits del repertorio de Queen, que son muchos y variados, pero que de ninguna manera se acercan a la originalidad de aquel single extraído hace casi cuatro décadas del disco “A Night At The Opera”. Una rapsodia que elevó al rock & roll a las alturas de la música clásica, sin que por ello se tiñese de esa solemnidad que suele rodear a las obras sinfónicas.
Nadie puede pensar seriamente que el cantante Kanye West no sabía lo que hacía el sábado pasado, cuando se largó con una versión de “Rapsodia bohemia” sobre el escenario principal del festival de Glastonbury. Que el músico hubiese sido elegido como número de cierre del tradicional encuentro rockero inglés, desató una ruidosa polémica, en la que hasta se elevó un petitorio a los organizadores para que revieran su decisión. Como ocurría a comienzos de los ochenta en el anfiteatro de La Falda, los habitués de Glastonbury también se arrogaban el derecho de vetar a un artista porque no les gustaba.
Kanye West hizo caso omiso a este conato de rebelión. Peor aún: sobre la grabación original de “Rapsodia bohemia” por Queen, insertó su propia vocalización, en la que se desnudó un caudal que parecía un arroyuelo comparado con el Paraná sonoro que brotaba de la garganta de Freddie Mercury. Muy suelto de cuerpo, cometió el pecado de olvidarse la letra, esos versos sentidos que la muchedumbre entona como un mantra, pero que el cotizado intérprete estadounidense no ha logrado retener en su memoria.
“Están viendo a la estrella de rock con vida más importante del planeta”, sentenció Kanye West ante la multitud, exhibiendo los pergaminos de una carrera jalonada por el suceso. Sin embargo, la provocación de su “Rapsodia bohemia” representa un exabrupto que, por el contexto amplificado, lo puso al borde del mamarracho. Menos mal que atinó a aclarar que él era la más importante estrella de rock “con vida”. Tal vez tuvo miedo a que el fantasma de Freddie Mercury se levantara de su tumba y se apareciera junto a él en el escenario de Glastonbury… con la única finalidad de humillarlo.