Los chinos en Neuquén, o el antiimperialismo a la carta de Cristina

Por Pablo Esteban Dávila

p15-1¿Base espacial o base militar? ¿O ambas cosas? La polémica desatada en torno a las instalaciones que el gobierno de la República Popular China construye en el desierto neuquino recién comienza. En ella se entremezclan todos los ingredientes del ser nacional: chauvinismo, aislacionismo, independentismo o simple desconfianza. La novela promete entregar múltiples capítulos con los análisis más azarosos. Sin embargo, el tema plantea, en el fondo y una vez más, el doble estándar del gobierno nacional (y de buena parte de la prensa) en torno a los asuntos internacionales.
Es un hecho que la década kirchnerista se ha caracterizado por una pátina de antiimperialismo de cotillón. Primero Néstor y luego Cristina, sus administraciones se alejaron de los Estados Unidos y de Europa en búsqueda de aliados teóricamente emparentados con el modelo nacional y popular. De tal forma, la Argentina se convirtió en una especie de satélite geopolítico de la Venezuela chavista y, a través de ella, terminó por adherir con llamativa determinación al régimen teocrático de los Ayatolás iraníes.
La firma de un incomprensible Memorándum para “esclarecer” el atentado a la AMIA es la culminación más exótica de esta aproximación.
En los últimos años, Buenos Aires se sintió atraído por las posibilidades de la Rusia de Vladimir Putin y la China de Xi Jinping. Crecientemente aislado del mundo occidental por monumentales yerros en su política exterior y por un discurso esotérico (aún para los oídos más entrenados de la diplomacia mundial) el país fue decantándose hacia estos dos gigantes autoritarios que, a ojos vista, no parecen preocuparse demasiado por las incoherencias de la presidente Fernández.
Esta predilección argentina por Moscú y Pekín es extraña, toda vez que es evidente que aquellos gigantes no tienen en agenda ni los derechos humanos ni la movilización popular plebiscitaria, temas sagrados en la liturgia kirchnerista. ¿Será que Cristina se siente más cómoda entre regímenes no democráticos que entre aquellos que respetan a rajatabla la libertad y las instituciones? Todo hace pensar que, fronteras afuera, la presidente gusta borrar con el codo lo que dice escribir con la mano.
El hechizo de Cristina con China relega a la histórica fascinación ejercida sobre Marco Polo a una simple postal turística. Este hecho se explica, en buena parte, por las actuales penurias económicas de su administración. Pekín ha obrado como un financista del Banco Central argentino a través de swaps de monedas, una ayuda que contribuye a explicar la quietud del dólar por estos tiempos. Además, no puede olvidarse que el relato de “década ganada” ha sobrevivido tanto tiempo gracias a que los consumidores chinos demandan cada vez más proteínas, por lo cual los excedentes de producción nacionales terminan, sin mucho esfuerzo, en aquél mercado. Sin la demanda oriental y sin la soja de los productores oligárquicos y nativos, el cacareado modelo sería un recuerdo cercano al de los dinosaurios.
La advertencia presidencial sobre la importancia de aquella potencia fue verbalizada a principios de marzo, en oportunidad de su discurso de apertura de las sesiones del Congreso, cuando afirmó axiomáticamente que “son chinos, pero no son tontos”. Es posible que semejante descubrimiento antropológico la haya motivado a profundizar las relaciones con el gobierno del señor Xi Jinping a los niveles actuales, un umbral de dependencia que al fallecido canciller Guido Di Tella le hubiera provocado un rubor inocultable.
Como se recuerda, Di Tella fue el responsable de hacer famosa –con la didáctica política de la que solía hacer gala– aquella frase sobre las “relaciones carnales” con los EEUU. Durante años el progresismo vernáculo la utilizó como un símbolo de la subordinación nacional al imperialismo yanqui y otras tonterías por el estilo, ecos que todavía resuenan con fuerza en el discurso oficial. Sin embargo, la Casa Rosada no oculta su evidente subordinación a otras naciones que, dicho con elegancia, son infinitamente menos inspiradoras que el país del norte. Para muestra basta un botón: durante años Hugo Chávez les dijo a los Kirchner cómo debían de proceder en asuntos internacionales sin que aquí nadie se escandalizara; ahora le toca el turno a Pekín.
No es serio llamarse antiimperialista cuando el único imperialismo que se rechaza es el estadounidense, aceptando mansamente imposiciones extranjeras de dudoso altruismo. China se ha dado el gusto de establecer una sospechosa base en Neuquén con una protección legal inédita, del tipo que jamás gozó otro país dentro del territorio nacional. Podrá discutirse si los informes de Jorge Lanata se encuentran o no teñidos de alguna intencionalidad, pero existen aspectos que son insoslayables. En primer lugar, que la jurisdicción de estas instalaciones es china y no argentina, a la usanza de una legación diplomática; en segundo término, que la Agencia China de Lanzamiento y Control de Satélites (de la que depende la base que se construye en Neuquén) depende de la Dirección de Armamentos del Ejército de Liberación Chino y no de una instancia civil; finalmente, que el responsable de esta operación es un militar en actividad, no un científico. Estos datos relegan cualquier alineamiento menemista con Washington a una partida del TEG, aquél nostálgico juego de estrategia de nuestra niñez.
Nunca dejaremos de señalar lo patológico que nos resulta un gobierno nacional que desconfía de los Estados Unidos –al fin y al cabo, una democracia en la que buena parte del mundo le fascinaría vivir y trabajar, especialmente la más pobre– y que, por oposición, se encandila con regímenes políticamente autoritarios, en los que no existe prensa libre u oposición digna de tal nombre. El símbolo contradictorio de un canciller como Ernesto Timerman, capaz de abrir ilegalmente con un alicate códigos secretos de un avión de la Fuerza Aérea estadounidense pero dispuesto a firmar un acuerdo con cláusulas no menos confidenciales con Pekín, revela hasta qué punto la administración de Cristina consume un antiimperialismo a la carta, que indigesta al sentido común y que sólo satisface a un progresismo que detesta (sin decir exactamente por qué) a los países republicanos y liberales.