Intenciones y circunstancias

Por Gonzalo Neidal

Son muchos los analistas, políticos o simples ciudadanos interesados por la vida política del país, los que plantean que la próxima elección presidencial se puede resumir en la disyuntiva “continuidad o cambio”.
Entienden por “continuidad” la prolongación por cuatro años más del modelo actual, en sus aspectos políticos, económico y aún de estilo. El “cambio” estaría dado por un quiebre en todos esos aspectos.
¿Es válida esta forma de plantear el escenario político actual? Veamos.
No son pocos los políticos que una vez en el poder hicieron algo distinto o muy distinto de lo que se esperaba de ellos conforme a sus antecedentes, promesas, dichos, formación ideológica o historia previa.
Podríamos recordar, para empezar, el caso del propio Perón. El fundador del justicialismo, en su primer gobierno realizó una política económica nacionalista, expansiva, fuertemente asentada en el mercado interno y en los altos salarios. Luego, al cambiar las circunstancias, su política también cambió: convocó al capital extranjero mediante una ley que promovía la inversión externa, intentó disciplinar a los sindicatos e incluso intentó traer a una emblemática empresa estadounidense para que extrajera el petróleo que YPF no podía. En sus memorias, Cafiero se refiere a estos cambios como “neoliberales”. Por esta nueva orientación, Perón fue acusado de “entreguista”.
Entre los que le reprochaban este cambio, estaba Arturo Frondizi, que expuso su posición en su libro Petróleo y política, donde se mostraba ferviente partidario de la explotación petrolera a través de la empresa estatal YPF. Pero el propio Frondizi, una vez en el poder, cambió sustancialmente su punto de vista y realizó una amplia convocatoria al capital externo.
¿Qué había sucedido? Que tanto Perón como Frondizi tuvieron a la vista que la realidad era distinta a sus ideas previas. En este caso concreto, ambos presidentes llegaron a la conclusión de que YPF era incapaz de extraer el petróleo necesario para impulsar la economía del país. En consecuencia, abandonaron sus puntos de vista previos e impulsaron políticas completamente distintas, si no opuestas a los que pensaban antes.

De Menem para acá
Y hay más. Carlos Menem ha sido también alguien que desde el poder hizo algo muy distinto a su propia historia y sus dichos previos. Nadie esperaba su vuelco rotundo hacia la economía de mercado.
Muchos consideraron esto una traición. O un engaño. Dijeron que Menem había ganado los comicios engañando al electorado, que prometió tomar un camino y luego torció el rumbo burlando a sus votantes. Pero luego pasó algo que pocos pensaban: la nueva política de Menem (privatizaciones, libertad económica) recibió el apoyo del electorado en las dos elecciones legislativas siguientes (1991, 1993). Pero eso no fue todo: logró modificar la Constitución (1994) y la reelección al año siguiente.
También está a la vista el caso del matrimonio Kirchner. Néstor y Cristina apoyaron a Carlos Menem con énfasis desmedido durante su presidencia. Dijeron, por ejemplo, que era “el mejor presidente de la historia”, respaldaron con fervor la privatización de YPF y luego, durante su presidencia, cambiaron diametralmente sus puntos de vista.
Cambiaron incluso en su visión de la lucha entre el terrorismo y las Fuerzas Armadas durante los años setenta. En los años duros, los Kirchner se mantuvieron completamente al margen de todo, se negaron a presentar habeas corpus a favor de cualquier detenido y jamás se conoció, durante la gobernación de Néstor Kirchner en Santa Cruz, algún discurso o acción a favor de los derrotados en esos años de sangre. Luego, en el poder, comenzaron a pensar distinto.

El caso Scioli
Para muchos analistas, el candidato oficialista Daniel Scioli representa la continuidad del gobierno de Cristina Kirchner. Es el propio Scioli quien se encarga de ratificar esta idea cada día. La inefable Hebe de Bonafini acaba de decir que “Scioli no podrá ir en cualquier dirección porque está rodeado”.
Sin embargo, el condicionamiento más fuerte que padecerá Scioli no es el de Carlos Zannini, su vicepresidente, ni La Cámpora, tal como piensa Bonafini. Es la realidad económica que encontrará al asumir lo que dará el marco más estricto a las políticas de Scioli, en caso de su triunfo electoral.
Las políticas de arcas llenas ya se han ido, al menos por ahora. Scioli tendrá que lidiar con la inflación, el tipo de cambio retrasado, los altos subsidios, la falta de inversión, la ausencia en el mercado internacional de capitales y varios temas más, todos calientes.
En esas circunstancias, que son las actuales, es impensable que impulse una simple prolongación de las políticas vigentes hoy. Salvo que quiera llevar al país a una situación como la de Venezuela.
De igual modo, resulta poco creíble que el nuevo presidente, aunque fuere Scioli, continúe con políticas de intromisión en la Justicia, de desbaratamiento de las instituciones de la República y de descarada corrupción. Ni qué hablar del estilo chapucero y autoritario con el que hoy se ejerce el poder. También en esto, la continuidad a secas nos trasladará a escenarios de conflicto exacerbados.
En definitiva, son las circunstancias políticas y económicas las que constituirán el principal condicionamiento de las decisiones del nuevo presidente.
Más allá de las intenciones confesadas y la voluntad explícita que tenga quien asuma en diciembre próximo, es la realidad –siempre tozuda y desafiante- la que determinará hacia dónde irá el país.
Claro que si las señales de los hechos y las realidades no son tenidas en cuenta, si continúan prevaleciendo los criterios actuales (ideologizados y carentes de realismo), el país puede encaminarse hacia un callejón sin salidas fáciles.