El PRO, limitado por la avenida General Paz

Por Pablo Esteban Dávila

0 ilustra macri cerrando telon a totaMauricio Macri tenía, seguramente, otras expectativas territoriales a comienzos de año. Imaginaba un claro triunfo de Miguel Del Sel en Santa Fe y la construcción de una alianza ganadora para enfrentar al peronismo de Córdoba. De paso, descontaba que el PRO se impondría con comodidad en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Este tridente le allanaría el camino hacia la Casa Rosada, toda vez que Sergio Massa comenzaba a flaquear en las encuestas. Las cosas, sin embargo, no salieron como las había planeado.
Sesenta días después de su triunfo en las PASO provinciales, Del Sel terminó perdiendo ante el socialismo de Miguel Lifschitz. Ayer el escrutinio definitivo convalidó los números del provisorio en la provincia invencible. El hecho que apenas unas décimas separen a ambos candidatos no es un consuelo: el PRO estuvo muy lejos de lograr avances significativos en la Legislatura y serán pocas las figuras del palo que, en adelante, animarán la política santafesina desde dentro del Poder Legislativo.
Los socialistas ganaron porque, de alguna forma, convencieron a los radicales que originariamente habían apoyado a Mario Barletta de permanecer leales al Frente Progresista Cívico y Social. El PRO perdió porque, en términos porcentuales, Del Sel no pudo mantener el 32% con el que triunfó en las PASO. Ese 2% de diferencia, por exiguo que parezca, fue el abismo que media entre la Gobernación y la nada.
Es cierto que los socialistas no deberían festejar demasiado. Entre la victoria de Bonfatti en 2011 y el triunfo pírrico de Lifschitz han perdido nada menos que ocho puntos, unos noventa mil votos. Han sido claramente castigados por el electorado aunque, paradójicamente, beneficiados por la autosuficiencia del PRO. Después de haber degustado el encanto de la novedad, se hizo claro que el candidato macrista no tenía las condiciones para retener aquél 35% que lo hizo famoso cuatro años atrás. También Del Sel ha cedido votos preciosos, algo que puede impactar negativamente en los designios de su jefe político.
No obstante esta derrota, lo que sucede en Córdoba por estos días eleva la experiencia santafesina a la categoría de epopeya. Como se recuerda, el propio Macri empeñó aquí sus más supremos esfuerzos para constituir una mega alianza entre la UCR, el Frente Cívico y el PRO. Costó sangre, sudor y lágrimas (casi literalmente) pero, al final, hubo acuerdo. Sin embargo, faltó un ingrediente fundamental: explicitar para qué se reunía gente tan diversa y que, incluso, tenían rencillas pendientes entre ellos.
Conforme la didáctica de su armador político, Emilio Monzó, no importaba tanto si los aliados se quisieran como si el conformar la entente les permitiese ganar. Era la hipótesis matemática de La Farolera, sobre aquello que “dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis…”. Llamativamente, lo recetado como gran solución por estos pagos no fue luego adoptado por el propio Macri. Al desistir de un acuerdo con Massa, su renuencia fue justificada en el viejo aforismo que señala que, en política, “no siempre dos más dos es cuatro”. Lástima que, en el caso de Córdoba, no reparó antes en el proverbio.
Debe confesarse que el postulado de Monzó tenía el encanto de House of Cards. Realpolitik extrema. Pero, a pesar de haber logrado que Luis Juez y Ramón Mestre convivieran bajo el mismo paraguas, esto no significó nada desde el punto de vista electoral, contrariando su hipótesis. Por el contrario, todas las encuestas señalan que la Triple Alianza se encamina hacia un fiasco, al punto tal de señalar que el kirchnerista Eduardo Accastello podría ser el segundo al momento de abrir las urnas.
Este error (de efectivamente producirse) también le costará caro al líder del PRO. Técnicamente Córdoba favorece sus aspiraciones presidenciales, por lo que una derrota humillante en el distrito lo dejaría mal parado un mes antes de las PASO nacionales. Si, como es de esperarse, la fórmula Aguad – Baldassi se despeña el 5 de julio, a la frustración santafesina deberá sumar la Cancha Rayada cordobesa. Esta posibilidad lo arrojaría a los brazos de una certeza largamente esquivada: que el PRO no puede salir de los límites de la avenida General Paz.
Prueba de esta incapacidad es que, al igual de lo sucedido en las presidenciales de 2011, el partido amarillo sólo puede vencer por sí mismo en la ciudad de Buenos Aires. Este es un hecho duro, comprobable. Además, el haber elegido a Gabriela Michetti como su vicepresidente es una confesión que, extramuros, Macri no tiene referentes de peso para integrar en una fórmula un tanto más federal.
Esta constatación hablaría más de las debilidades del armado PRO antes que las de su candidato; no por casualidad el jefe de gobierno se encuentra en una carrera cabeza a cabeza con Daniel Scioli. Este es un mérito que no puede ser desdeñado. Pero lo que resulta sorprendente es que el gigantismo presidencial de Macri se asiente sobre un partido enano, apenas mitigado por el acuerdo conseguido con el radicalismo de Ernesto Sanz. No sería extraño suponer que, si el porteño llegase a la Casa Rosada, tendría que gobernar con una estructura de poder que no le es propia y con la que debería negociar en forma permanente. Esto tendría sus riesgos. Los radicales distan de ser lo verticalistas que son los peronistas y, se sabe, no todos digieren con la misma pasión el maridaje con los muchachos amarillos.
Quizá desde un principio, y tal vez razonablemente, los estrategas del macrismo hayan supuesto que estaban condenados a un armado radial, desde el puerto hacia el interior, al estilo de los ferrocarriles ingleses demonizados por Scalabrini Ortiz. En esta idea, Santa Fe y Córdoba eran territorios próximos a colonizar, en donde el éxito político no era una quimera. Pero, ahora que la primera ya es historia y que la segunda parece volverles la espalda… ¿se replantearán las estrategias de alianzas? ¿Ganará más poder la línea interna basada en la aliteración “pro–pura–porteña”? ¿Monzó será privilegiado por sobre Jaime Durán Barba o se le facturará la potencial frustración mediterránea? Son todas cuestiones candentes, que serían perfectamente extrapolables a cualquier partido si no fuera porque, a estas alturas, el reloj ha iniciado la cuenta regresiva para decidir la sucesión de Cristina Fernández.