Perón, Scioli y el entornismo

Por Pablo Esteban Dávila

2015-06-17_SCIOLI_webDicen que Zannini odia al peronismo. Tal vez sea cierto. Durante su regencia en las sombras al lado de la señora Cristina Fernández hizo lo imposible para vaciar de poder al partido fundado por el general Perón. En muchos aspectos tuvo éxito (casi en ningún lado el partido justicialista participa con su “Lista 2”) pero, aún así, los caudillos territoriales de la fuerza se resisten a abandonar el gentilicio político.
Dicen también que Zannini es un admirador tardío del maoísmo, justo cuando ni en China se toman en serio a Mao. Esta es la explicación, más política que genética, de su apodo –precisamente “el chino”– aunque el alias debería significar, mutatis mutandi, un hombre que adora el capitalismo autoritario, conforme a la realidad de la China contemporánea.
Desfasajes históricos al margen, lo cierto es que el Secretario Legal y Técnico de la Presidencia actualmente convive, más allá de sus tirrias, con muchos peronistas que, en los ’70, formaban parte de la “juventud maravillosa” que luchaba para que Juan Domingo Perón volviese al país desde su exilio español. Aquellos jóvenes querían creer que el viejo general se había transformado en un nacionalista contestatario, que deseaba franquearles las puertas para hacer la revolución socialista que tanto anhelaban.
Se equivocaron, como todo el mundo sabe. Perón regresó y, para desesperación de los Montoneros, no dio ninguna señal de sus intenciones revolucionarias. Por el contrario, prefirió rodearse de los dirigentes de la denostada burocracia sindical y los personajes más conservadores del partido. En el ranking de allegados, el líder de la UOM, Lorenzo Miguel, era mucho más influyente que el talentoso Mario Eduardo Firmenich.
Fue comprensible, por lo tanto, que los integrantes de la JP se sintieran desorientados. El mismo líder que, mediante cartas y cintas magnetofónicas (cuando no a través de emisarios), les había hecho despertar la ilusión de la patria socialista parecía ahora volverles la espalda. Fue entonces que, como una forma de exorcizar aquel desconcierto, acuñaron el neologismo “entornismo” para explicar que cosa andaba mal con el anciano general.
La tesis era sencilla: Perón era, efectivamente, un revolucionario, pero su entorno (Isabel, los sindicalistas, los miembros más conservadores del partido) lo mantenía dentro de una cárcel ideológica, de la que no podía zafar. Los entornistas eran los cancerberos del verdadero Perón, y la misión de Montoneros era liberarlo de aquella prisión reaccionaria. Esta ilusión colectiva duró hasta el 1° de mayo de 1974, cuando el viejo líder los echó de la Plaza de Mayo. Un rato antes de la expulsión, miles de Montoneros lo habían interpelado con el famoso cántico sobre “¿qué pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular?”. El Perón entornado era quien Perón quería ser.
Aquellos acontecimientos llegan ahora como ecos de un pasado que se resiste a ser olvidado y que tienen, como paradójico protagonista, al mismísimo Zannini. Al nominarlo como candidato a vicepresidente del Frente para la Victoria, Cristina Fernández ha decidido entornar a Daniel Scioli de la misma manera que López Rega y la burocracia sindical entornaban a Perón. Es un hecho que, para sobrevivir, la presidente ha recurrido a la táctica del cerco de los reaccionarios que, en su juventud, decía aborrecer.
Hay dos sutiles diferencias. La primera es ideológica. El entornismo que envolvía a Perón era de derecha y, por lo tanto, execrable, mientras que Zannini es de izquierda. Esto le confiere una autoridad moral ante el progresismo que, por ejemplo, el fallecido Antonio Cafiero no hubiera tenido. La segunda es que Scioli no es, ni por asomo, Perón. En privado, el gobernador temía una maniobra de este tipo, pero no hizo nada para evitarla. Podría haber designado un vicepresidente de su confianza (es parte de los usos y costumbres en la política argentina) pero decidió esperar la movida presidencial. Cuando llegó, fue una estocada directa al corazón de su hipotético gobierno. Zannini no es ni Cobos ni Boudou. Es un Kirchner con otro apellido.
Debe concluirse que, como Perón, Scioli también quiso ser entornado. Pero el general eligió a sus entornistas y, de hecho, los manipuló a su antojo, un antecedente contradictorio con lo ocurrido con el motonauta. Este eligió quedar preso preso de un entorno que le resulta ideológicamente extraño y cuyas ramificaciones se encuentra en todos los niveles del Estado a través de La Cámpora, condotieros de Zannini antes que de Máximo, el hijo presidencial.
¿Impedirá el entornismo de su eventual vicepresidente conocer al auténtico Scioli? Parecería que, por una causa o por otra, su verdadera identidad política está condenada a permanecer en el misterio. Estuvo a la sombra de Menem, Rodríguez Saa, Duhalde y los dos Kirchner y, por tal razón, siempre se especuló con que el Scioli real, imaginado como un liberal moderado, debía por fuerza camuflarse a la espera del momento apropiado. Sin embargo, ahora que tiene el poder al alcance de su mano, continúa con su táctica de caniche toy. Probablemente, fuera del entornador de turno, en realidad no haya gran cosa; Scioli es una substancia vaporosa que adopta el contenido del envase que lo contiene. Parece que al hombre le gusta, necesita, que lo entornen. Quedan pocas dudas al respecto.