Literatura política: Otra vez Indiana Jones

Por Luis Alfredo Ortiz

Título: Ataque a Casa Rosada Autor: Horacio Rivara Editorial: Sudamericana Páginas: 320
Título: Ataque a Casa Rosada
Autor: Horacio Rivara
Editorial: Sudamericana
Páginas: 320

Se cumplen esta semana 60 años del bombardeo a la Casa Rosada y la Plaza de Mayo por aviones de la Aviación Naval y a la Fuerza Aérea, el 16 de junio de 1955, tres meses antes del alzamiento que terminó con la segunda presidencia de Perón. El tema ha sido tratado en las crónicas generales de este último hecho, como La Revolución del 55, de Isidoro Ruiz Moreno, en publicaciones ad hoc, como Bombardeo del 16 de junio de 1955, del Archivo Nacional de la Memoria, y en muchas otras obras históricas. También ha inspirado obras de ficción como las novelas El amor argentino, de Guillermo Saccomanno y la reciente El Bombardeo, de Jorge Coscia.
En la línea de crónica histórica pretende inscribirse el libro de Horacio Rivara, Ataque a Casa Rosada, cuya contratapa promete como novedad “el testimonio que los protagonistas directos callaron durante casi sesenta años y el acceso a documentación inédita”. Promesa incumplida: es muy poco lo que revela de nuevo, ya que la mayoría de sus fuentes son conocidas desde hace mucho por quienes se han ocupado del tema.
Lo novedoso del texto es su formato de guión cinematográfico, con breves pantallazos que saltan de un escenario a otro sin solución de continuidad. Esto no contribuye a facilitar la lectura de un texto histórico, aunque sí a disimular su falta de rigor y a crear un contexto propicio para insertar frutos de algunas libertades de novelista que se toma el autor. Uno de los más notables es el relato de una fantástica reunión, en el palacio presidencial, de Perón con los militares nazis Otto Skorzeny y Hans Rudel, y un muy joven commendatore Licio Gelli, para decidir un asunto de importancia cósmica: el lugar preciso de enterramiento, en la cima del volcán Llullaillaco, de una caja que contendría un objeto de supremo misterio, destinado a permanecer oculto hasta que llegara alguien con los merecimientos suficientes para desenterrarlo. Es inevitable que el lector infiera que tal objeto permitiría a su descubridor dominar el mundo, como mínimo. En fin, todos los ingredientes para una recreación de Indiana Jones en clave andina, con los condimentos usuales de cierta literatura muy difundida cuyo motivo recurrente suele ser el avistamiento de Hitler en alguna estancia patagónica.
Si esto no va muy bien con un libro subtitulado “La verdadera historia de los bombardeos del 16 de junio de 1955”, resulta leve en comparación con gruesos errores que el lector desprevenido puede tomar en un principio por erratas de impresión, pero cuya reiteración a lo largo de la obra indica otra cosa. Así, nos enteramos de que el vicepresidente de Perón en 1955 era el “almirante Gastón Lestrade, que llegó a declarar que servía al líder bajo amenazas …” (pg. 288, por ejemplo). Cualquier persona medianamente informada sabe que el vicepresidente en cuestión era el contralmirante Alberto Teisaire. El autor lo confunde con el secretario de la Marina, contraalmirante Gastón Lestrade. ¿Se habrá confundido el autor por sus apellidos de origen francés? Semejante posibilidad equivale a no tocar ni siquiera de oído en materia histórica o periodística, para no hablar de la falta de respeto al lector y a los hechos históricos.
Nos enteramos por este libro de que el inventor del sistema de identificación dactiloscópica es “Bucetich”, “de la Policia Federal”, y no Vucetich, que perteneció a la Policía de la Provincia de Buenos Aires. También se nos informa que en Mar del Plata, civiles antiperonistas habían quemado la casa “del empresario peronista Marco Antonio”, milagrosa transmutación en italiano del muy árabe y célebre Jorge Antonio.
En otro escenario, se nos informa que el contenido de la caja del Llullaillaco “podría estar relacionado con las excavaciones que el arqueólogo de las SS, Otto Hahn, realizó a pedido de Himmler en la zona de Montsegur, Francia.” (pg. 312). El arqueólogo en cuestión fue Otto Rahn, lo cual quedaría sólo en error ortográfico si no fuera que Otto Hahn fue un célebre químico y físico nuclear alemán de esa época, premio Nobel y ferviente opositor al nazismo y al uso bélico de la energía atómica.
No tenemos espacio para una enumeración detallada de todas las inexactitudes, inconcebibles en una época en que basta con un “clic” en Google, Wikipedia y hasta en “El rincón del vago” para informarse instantáneamente de estas cuestiones.
Tamañas inexactitudes conllevan un interrogante: si en cuestiones de dominio público exhibe el autor semejante ligereza, ¿qué será de aquellas que hacen al objeto principal del libro, como el ataque en sí y sus consecuencias? Como respuesta, basta el ejemplo del crucial problema del número de muertos por el bombardeo. El autor se limita a citar todo tipo de cifras en el capítulo “Mitos del 16 de junio de 1855”, sin optar por ninguna. La “verdadera historia”, que se hace en base a la compulsa de documentos y testigos, lo ha establecido en 308, según el exhaustivo censo del Archivo Nacional de la Memoria.
Un tema tan delicado de nuestra historia reciente merece un tratamiento serio. Si lo que se quiere hacer es ficción, novelística o cinematográfica, todo está permitido, pero el componente Indiana Jones es de pésimo gusto. Para ofrecer al mercado un posible guión cinematográfico no es necesario infligirlo antes al público lector. La urgencia comercial de editar un libro en coincidencia con fechas aniversario debiera detenerse ante el ridículo. Lo que no debe hacerse en ningún caso es vender gato por liebre, ni desacreditar a un género que ha tenido y tiene entre nosotros cultores serios y rigurosos. El nombre de Rodolfo Walsh viene, inevitable, a la memoria. Hay una pléyade de autores que abarca todo el espectro ideológico, de Horacio Verbitsky a Ceferino Reato. Difícilmente haya entre ellos lugar para perpetradores de olvidables chambonadas como la que nos ocupa.