Estrategia Mestre (13/9): nacionalizar municipales

Por Pablo Esteban Dávila

0 ilustra mestre doma a riutortDesde principios de año que Ramón Javier Mestre tenía un dilema: ¿cuándo convocar a las elecciones municipales? Razones no le faltaban para vacilar al respecto. Por un lado, estaba el tema de la valoración pública de su gestión. Muchos cordobeses coincidían (y aún hoy lo hacen) que su gobierno no resultó el que había prometido en la campaña de 2011. Si decidía presentarse a la reelección debía de mejorar aquella percepción negativa. El otro asunto era la interna partidaria. Oscar Aguad, convenientemente seducido por el Mauricio Macri, aspiraba a fundirse con el Frente Cívico de Luis Juez y el PRO. El intendente, por supuesto, no se oponía a la unión con los macristas, pero rechazaba enfáticamente hacerlo con Juez. No le perdonaba al senador haberlo denunciado penalmente por asuntos que, después de mucho aspaviento, fueron descartados por la justicia.
La mejor forma que encontró para mortificar a Aguad fue postularse él mismo como precandidato a gobernador. Esta pretensión tenía bases sólidas. Mestre es el que manda en la UCR, no el diputado nacional. No hace mucho tiempo atrás, todos los intendentes de la fuerza se manifestaron unívocamente a su favor lo que, de paso, bloqueaba el acuerdo con el Frente Cívico. A tal punto llegó la tensión que el propio Macri tuvo que bajar a Córdoba y anunciar, sin ocultar su fastidio, que el empresario y ex funcionario schiarettista Ércole Felippa sería el candidato “PRO puro” en el distrito.
El mensaje del porteño fue lo suficientemente fuerte como para colocar al intendente en una encrucijada. Si mantenía su candidatura echaba al traste la posibilidad de un gran pacto opositor pero, si aceptaba acordar, era obvio que debería dar un paso al costado. A mediados de abril, finalmente y en audiencias separadas, Macri recibió en su despacho de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a Mestre y a Juez. En ambas reuniones hubo fumata blanca. El senador aceptó desistir de su candidatura por amor al jefe de gobierno (más o menos fueron sus razones) y el radical para encabezar una alianza, aunque sin el Frente Cívico, en los futuros comicios municipales. Aguad sería el candidato a gobernador de la Triple Alianza así formada.
En realidad, existía además una razón de índole subjetiva para que Mestre insistiera en la porfía provincial. Como cualquiera de sus antecesores desde Germán Kammerath, se encontraba desgastado por la Municipalidad. Nadie en su sano juicio puede sostener que, actualmente, estar en la cima del Palacio 6 de Julio sea algo parecido a un privilegio o un trampolín para cosas mayores. Merced al inaudito poder del SUOEM, el peso de la nómina salarial sobre el total de los ingresos, la bajísima productividad de sus empleados y una burocracia reactiva a cualquier posibilidad de modernización, el municipio se asemeja a un enorme grillete para los planes de sus funcionarios políticos.
La combinación entre sus deseos de fugar hacia la provincia y abandonar, tan pronto como pudiera, la escorada nave municipal hizo que Mestre demorara algo parecido a una eternidad para relanzar su gestión. Pero, tan pronto como Macri lo convenciera de repetir en la intendencia, comprendió que estaba en una situación delicada. Ya sin las expectativas de la gobernación, debía convencer a vecinos escépticos que tenían que darle una nueva oportunidad de conducir los destinos de la ciudad. Y tenía poco tiempo por delante.
Puso manos a la obra. Intensificó la campaña mediática, afirmando que todas las vicisitudes sufridas hasta el momento habían sido dolores de parto necesarios para construir la Córdoba que sus habitantes merecían. “Ahora sí se puede”, aseguraba a quien quisiera escucharlo. Para probarlo, lanzó a las apuradas una serie de obras, algunas de trascendencia, como la culminación de grandes desagües, la prolongación de la costanera norte o los nuevos viaductos bajo los puentes de su traza. Como nunca antes en sus tres años en el poder, los carteles que anuncian obras municipales se multiplicaron por doquier.
La estrategia debía ser complementada con la fecha para elegir al nuevo intendente. Dada la frágil posición de Mestre, encontrar una que fuere consistente con su programa de reelección se transformó en una cuestión de Estado. Sus coroneles acometieron, por lo tanto, la difícil tarea de hallarle una que combinara tanto el tiempo que necesitaba para concluir lo que había iniciado como para usufructuar la benéfica influencia que podría tener Macri sobre su candidatura. Después de todo, sólo por esto (y no precisamente por convicción) aceptó la filípica que el porteño le dedicó en abril.
Una de las primeras alternativas que barajó fue pegarlas con las PASO, programadas para agosto venidero. Sin embargo, se acortaba en demasía su plan de obras, por lo que fue descartada. La opción de convocarlas junto con las elecciones a gobernador nunca estuvo en agenda. Mestre no es un entusiasta de la fórmula Aguad – Baldassi, mucho menos de la jefatura de campaña que ostenta Juez. En esto hizo lo que la mayoría de los intendentes radicales: abandonar a su suerte la fórmula provincial. La prueba está en que ayer se votó en la mayoría de los municipios gobernados por la UCR sin esperar el test del 5 de julio.
Utilizar la fecha de las elecciones nacionales previstas para el 25 de octubre tampoco resultó una opción plausible. La Carta Orgánica establece que, como máximo, las municipales deben hacerse sesenta días antes de que expire el mandato del intendente. Este interdicto legal le impidió atar directamente su suerte a la de Macri. Led sex dura lex. Quedaba, por lo tanto, septiembre. El día 20 debía ser descartado por la coincidencia con el día del estudiante y los potenciales problemas que el fasto podría generar. El domingo 13, finalmente, fue el elegido. El anuncio se efectuó el viernes pasado cuando caía la noche, un horario tan inusual como las circunstancias que vive el propio Mestre.
La fecha tiene el encanto de permitir la culminación de las obras que se realizan en la ciudad, pero posee el anabólico todavía más poderoso de nacionalizar su candidatura. Es un hecho que, para aquel entonces, la campaña macrista estará en su apogeo y que al porteño le interesará como a nadie mostrar un triunfo de su aliado cordobés en la transición hacia la primera vuelta electoral. De triunfar, será un buen momento para que Meste termine de convencerse que la decisión que tomó al bajarse de sus pretensiones originales fue la correcta y que el jefe de gobierno tenía razón. De paso, ratificaría su condición de líder del radicalismo cordobés.
Existe además un beneficio colateral. Su principal rival –Olga Riutort– estará despojada de cualquier paraguas nacional. Su mentor nominal, Segio Massa, probablemente se encuentre definitivamente desinflado para la fecha, si es que José Manuel de la Sota no termina siendo el candidato de UNA. En cualquier caso, la concejal deberá llevar adelante una campaña tironeada entre los mensajes del intendente y los que lleguen desde el plano nacional, lo que exigirá desmesuradamente tanto sus recursos como su poder de convicción. ¿Será tan fuerte su imagen de mujer de carácter, hacedora, como para inmunizarla ante semejantes amenazas? De lo que no hay dudas es que el escenario la obligará a estar prevenida.
Mestre recuperó la iniciativa. Recuperó la calle (literalmente) y nacionalizó las elecciones locales. No es poco para lo que está en juego.