El señor de los colmillos

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra crispher lee[dc]A[/dc]hora que los noticieros de televisión destilan violencia y sangre, a tal punto que antes de empezar muestran placas de advertencia por las dudas haya menores frente a la pantalla, el género del cine de terror debe realizar esfuerzos hercúleos para superar semejante despliegue de morbo. Y ni aún así consigue la ficción superar a una realidad atribulada por masacres que pueden ser más sofisticadas, pero que muchas veces nada tienen que envidiar a las practicadas por las peores hordas de la antigüedad.
Esa tendencia al sensacionalismo en los informativos de televisión se acentuó hacia finales de los años ochenta, en un proceso que en la Argentina tuvo su mayor lucimiento con la aparición en la TV por cable de la señal del canal Crónica. Antes de que esos formatos virasen hacia el amarillo, para ver la proyección de situaciones terroríficas había que sumergirse en la oscuridad de una sala de cine y esperar que comenzase una película, en la que los protagonistas iban a verse envueltos en acciones que transmitían al espectador una sensación desestablizante: el miedo.
La tradición del cine de terror se remontaba casi a los orígenes del séptimo arte y rescataba a algunos de los monstruos que habían salido a la luz por primera vez en relatos literarios. Los preferidos de los lectores, como Frankenstein o Drácula, iban a ser luego los favoritos del público que acudía a las salas. Y el expresionismo del cine alemán de los años veinte sería el encargado de rescatar a algunos de los más conspicuos dentro de esa galería de macabros personajes, a través de filmes como “Nosferatu” o “El gabinete del doctor Caligari”, que hoy son considerados clásicos de la cinematografía de todos los tiempos.
Hubo cientos de guionistas a lo largo de la historia que trataron de concebir fantasías atemorizantes que salieran un poco de los patrones tradicionales. Pero, tarde o temprano, se tomaba la decisión de volver a las fuentes. Y aquellas ficciones surgidas de la imaginación Mary Shelley o Bram Stoker volvían a ser filmadas, aunque en ciertas ocasiones se les practicaban cambios argumentales que hicieran más atractiva la propuesta. Hubo desde variantes en tono de comedia hasta variantes porno. Pero, por supuesto, predominaron las terroríficas.
Muchos fueron los actores convocados para asumir esos papeles emblemáticos. Pero para encarnarlos se ha requerido siempre un physique du rôle adecuado, algo no muy común en los repartos de las películas hollywoodenses. Sería la compañía cinematográfica Hammer Productions, especializada en el género, la que daría al fin con el prototipo del conde Drácula, ese legendario vampiro cuya leyenda alimentó las peores pesadillas de los cinéfilos. En 1958, el actor Christopher Lee encarnó por primera vez ese rol en un filme llamado precisamente “Drácula”. Y a partir de ese momento, su consustanciación con el señor de los colmillos lo iba a llevar al borde de la patología.
En una avalancha que parecía interminable, vinieron después “Drácula, príncipe de las tinieblas”, “Drácula vuelve de la tumba “, “El poder de la sangre de Drácula” y “Las cicatrices de Drácula”, entre otras producciones de Hammer que, gracias a la caracterización de Lee, tenían asegurado el éxito de taquilla. Por eso, ante la muerte del actor el sábado pasado, a los 93 años, el diario español El País –al igual que otros medios- tituló: “Adiós a Drácula”. Pero sabemos que el viejo conde nunca se tomó demasiado en serio su confinamiento en el otro mundo. Y sabemos que Christopher Lee sobrevivirá en los fotogramas de celuloide, donde hincará por los siglos de los siglos sus afilados incisivos en el cuello de una nueva víctima de su maldad.