Cazas chinos… ¿cuentos chinos?

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra xi jinpong y cristinaHa pasado poco más de un año desde que el gobierno nacional anunciara la compra de cazas Kfir Block 60 (una aeronave de origen israelí) para reemplazar a la vetusta flota de interceptores Mirage III (MIII) de la Fuerza Aérea Argentina. Sin embargo, los planes han cambiado nuevamente: ahora se habla de adquirir cazas chinos en el marco de los misteriosos acuerdos suscriptos por la presidente Cristina Fernández con el coloso asiático.
La historia del reemplazo de los MIII es un ejemplo del extravío de la Casa Rosada en materia de las Fuerzas Armadas. Este caza francés tiene ya 42 años en servicio en la FAA y prácticamente nadie toma en serio su capacidad militar. Muchos especulan que es más peligroso para sus pilotos que para un eventual enemigo. Los aviones que quedan en vuelo difícilmente lleguen a la decena, sólo pueden operar en condiciones visuales y es cada vez más difícil conseguirles repuestos. La necesidad de un recambio es, pues, imperiosa.
Esto lo sabe el gobierno desde los días de Néstor Kirchner. Sin embargo, nadie hizo mucho por remediar esta falencia. Durante algún tiempo el Ministerio de Defensa coqueteó con la idea de adquirir Mirage F1 todavía operativos en las fuerzas aéreas de España y Marruecos. Estos aviones estaban siendo radiados de servicio por obsoletos (fueron diseñados a finales de los ’60) pero, en comparación con los MIII, representaban una mejora. “Algo es algo”, fue el consuelo de los pilotos de la FAA al conocer la noticia.
Pero Néstor le dejó el poder a su esposa y los F1 nunca llegaron. Fue recién promediando el segundo mandato de la señora Kirchner cuando el tema volvió a la palestra, oportunidad en que se anunció la adquisición de 18 cazas Kfir para reemplazar a los venerables MIII argentinos. La solución tampoco parecía satisfactoria. El Kfir es, en esencia, un “Mirage con viagra”, desarrollado por Israel sin licencia de su fabricante (la Marcel Dassault Aviation) a inicios de los años ‘70. La verdad sea dicha: si prosperara la compra de este aparato el gobierno habría cambiado un sistema de armas de la década del ’60 por otro de los ’80, un negocio profundamente opinable.
Mientras el Ministerio de Defensa dudaba entre estos modelos, Brasil finalizaba el proceso de compra denominado FX-2. Esta iniciativa había sido lanzada originariamente por el presidente Fernando Henrique Cardozo pero Lula Da Silva, su sucesor, la archivó temporalmente para priorizar su mediático programa de “hambre cero”. Más de 10 años después y tras una cerrada compulsa entre los principales fabricantes del mundo, la administración de Dilma Russeff se decantó, un tanto sorpresivamente, por la adquisición de 36 aviones Grippen NG, una operación valuada en 4.500 millones de dólares.
El Grippen NG es, sin duda, un avión muy capaz, pero en la decisión brasilera primó la oferta de transferencia tecnológica comprometida por lo suecos antes que la capacidad ofensiva del aparato. Esto significa que la empresa SAAB (fabricante del caza) deberá invertir mucho dinero para ensamblarlos en el país, presumiblemente en el estado de Sao Pablo, siguiendo una política nacional denominada “Acuerdos de Compensación” o, técnicamente, off set. La noticia impactó de inmediato en la Casa Rosada. ¿Por qué no comprar el Grippen y complementarse tecnológicamente con el principal socio comercial de la Argentina?
La idea no es descabellada, pero en el medio existe un pequeño problema: este caza tiene alrededor de 30% de componentes de origen británico. Como Cristina ha transformado la cuestión Malvinas en una mera denuncia histérica sin ningún resultado práctico –que a menudo se confunde con una pasión belicista– David Cameron ha vetado cualquier posibilidad de transferencia a la Argentina. No deja de ser lógico. Nadie quiere ser responsabilizado de vender armas a quién exhibe una retórica de la confrontación en contra suya.
Sin los Mirage F1, sin los Kfir y descartados desde hace tiempo los estadounidenses Lockheed Martin F-16 Fighting Falcon –la opción más racional desde el punto de vista operativo– el gobierno se encuentra en una encerrona tecnológica y geopolítica. ¿A quién comprar un sistema de armas razonablemente actualizado y sin gastar centenares de millones de dólares? El último de los intentos que queda es China, aunque el ministro Agustín Rossi todavía no descarta las primeras opciones.
Conforme informaciones del sector de defensa, se habla de una negociación secreta con el gigante asiático para adquirir de 14 a 20 aviones. Los expertos Chinos aconsejarían, en este marco, la compra del Chengdu J-10B, un caza polivalente, todo tiempo y de cuarta generación, por su capacidad para enfrentar a los cazas Typhoon británicos desplegados en Malvinas, lo que no deja de ser una recomendación inquietante.
Consideraciones sobre su empleo militar al margen, puede que el Chengdu J-10B sea tecnológicamente de avanzada y que, incluso, los términos de venta sean beneficiosos para el país, pero adquirir un avión de combate no es lo mismo que comprar un auto importado, en donde uno paga y luego disfruta el producto con relativa liberalidad. Existen consideraciones logísticas, doctrinas de empleo militar e cuestiones de interoperabilidad que deben ser tenidas en cuenta. Un caza chino representa vérselas con una cadena de suministros totalmente desconocida y con parámetros previsiblemente diferentes a los occidentales. Tampoco es menor el hecho que su filosofía de empleo sea probablemente muy distinta a la que posee la FAA, ni que su operación sea incompatible con las características de los cazas de los países de la región o aún de los de la OTAN, la organización de referencia para cualquier fuerza aérea. De adquirirlas, se corre el riesgo de ser una isla tecnológica respecto a nuestros vecinos o no poder estandarizar doctrina alguna de defensa con países con intereses semejantes a los nuestros.
Lo que ocurre con el dilatado e inconcluso proceso de recambio de los MIII es una muestra del extravío geopolítico de la administración Kirchner. Distanciada con los EEUU y Europa, sin dólares ni amigos relevantes, la Argentina no tiene posibilidades de comprar nada bueno, bonito ni barato en materia de aviación de combate. Washington, que siempre ha estado dispuesto a vender excedentes a precios políticos a sus aliados, prefiere no ofrecer nada a Buenos Aires para no quedar expuesto a una negativa antiimperialista ni, mucho menos, armar a un país impredecible. Francia tiene el Rafale (un caza de excelentes prestaciones) y estaría dispuesto a venderlo con su panoplia de armamento completa, pero es una aeronave muy costosa. El ministerio de Defensa está obligado a mirar a quienes podrían proveerle algo razonable sin reparar tanto en el precio, por lo que sólo quedan dos opciones: o la Rusia de Putin o la China de Xi Jinping. Democracias liberales abstenerse; sólo los regímenes autoritarios parecen hacer negocios con Cristina.
Queda un consuelo: es altamente probable que el anuncio de los cazas chinos quede en la nada, porque al gobierno le queda poco tiempo por delante. En verdad, sorprendería si tomara una decisión después de tantos años de dilaciones y entre modelos tan poco atractivos para la defensa nacional. No obstante, y si a pesar de este dato se decantara finalmente por una máquina del tipo Chengdu J-10B, las contras serían mayores a cualquier ventaja que conllevara el aparato. En definitiva, podría tratarse de otro de los cuentos chinos con los que gusta regodearse la Casa Rosada cada vez con mayor frecuencia.